miércoles, 16 de agosto de 2017

ETCHEBARNE (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 9 – 16/08/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

En el encuentro del miércoles anterior decíamos que en 1927 el joven Miguelito abandonaba “Martín Chico” para pasar a vivir pupilo en el colegio de Lavallol, donde cursaría el 5° y 6° grado y todos los años del secundario. Ese forzado desarraigo lo acongojó y le produjo un profundo desasosiego que le hizo aflorar al poeta que -aunque lo ignorase- ya lo habitaba, el que lo salvaría de esa soledad rodeada de compañeritos -muchos como él, del campo, con el mismo dolor por ese encierro forzado-, imposibilitado ahora de salir a corretear al campo, con su petizo colorado y su perro de compañía, muchas veces siguiendo el rumbo de los peones y su trabajo. Así lo refleja: “Al principio sufrí lo indecible…”.
“Lo primero que escribí fue un largo poema gauchesco en cuartetas, ‘Destino Gaucho’, que corría de mano en mano, subrepticiamente, en las horas de estudio”.
También lo ayudó la lectura, a la que ya era aficionado por influencia materna, abordando todo lo que en la biblioteca escolar estaba a su alcance, incluso, algunas novelas que los mismos alumnos ingresaban de contrabando.
Terminado el internado allá por fines de 1933, tiene la desgracia de no poder volver a “Martín Chico”, pues la familia ha abandonado el arriende de la estancia para volver al campo de “San Eladio” al que estará vinculado hasta 1936.
Ya no volverá más al Viejo Pago de la Magdalena. Se concentrará en los estudios (donde se lo considerará brillante), y en la literatura que lo ha ganado por completo, al punto que a los 22 años, o sea en 1937, da a conocer su primer libro: “Poema de Arroyo y Alma”, al que escribió y “de un tirón” en el campo de San Eladio, y si bien consideró que el mismo “se quedó en el propósito” (…)  “tuvo el mérito de indicarme el rumbo del pasado, donde después se ha gestado toda mi obra”. Por ese primer libro y por el segundo “El Arroyo Perdido” de 1941, es que ingresa a ese grupo conocido como “Generación del 40”, grupo en el que los “poetas reflejan el amor a la tierra y al paisaje nativo (…) evidenciando una poesía de ‘raigambre nacional’ (…), y es que “en esta línea criollo-nacional, Etchebarne, da una nota distinta a la de los compañeros del movimiento”, según afirmación del investigador y crítico Adolfo Pietro. Y ocurre que el propio poeta lo había advertido, por lo que escribió: “…yo ya sabía que mi mensaje era distinto al de todos”.

Ya que en el espacio de la semana pasada remarcamos los fieles recuerdos que por el casco de “Martín Chico” conservaba, compartimos ahora las sonoras y muy bien logradas décimas que le dedicara a ese campo.
(Se ilustró con las 15 décimas de "La Estancia o Martín Chico" que se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

lunes, 14 de agosto de 2017

RASTRA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 39 – 13/08/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
La “rastra” es la prenda que une los dos extremos del tirador y se lleva sobre la faja de cintura, quedando al centro y al frente, luciendo casi, como un escudo heráldico, orgullo de quien la luce.
Pero la rastra no siempre fue como hoy la conocemos, ya que en tiempos del “gauderio” y en los orígenes del gaucho, se limitaba la prendedura del tirador a una “yunta de monedas”; y así aparecieron dos “yuntas” y hasta tres, hasta que se agregó un centro, que supo ser una moneda de mayor tamaño que las que oficiaban de botones de prender, y luego las habilidades y creaciones de los plateros las llevaron a la gran variedad de motivos que hoy conocemos como centros de “rastras”, mayoritariamente de tres ramales a cada lado, aunque suelen verses algunas de solo dos.
En los centros de “rastras” se utilizaron algunas representaciones ajenas a nuestros usos y costumbres, pero que fueron transmitidas por plateros que las traían incorporadas en su formación europea, y así tenemos el motivo del “águila” y “águila bicéfala” (o sea de dos cabezas), el “ancla” -claro motivo de la marinería-, y hasta representaciones de la mitología, sin olvidarnos de la representación de un ángel.
En “Equitación Gaucha”, Sáenz (h) define: “Placa o aderezo de plata labrada y a veces con incrustaciones de oro, que por medio de seis cadenas u otras tantas piezas enteras del mismo metal llamadas ‘brazos’, une los dos extremos del ‘tirador’ o ancho cinto de cuero recamado de monedas (botones) y provisto de bolsillos, que se usa en nuestra campaña, es común que se llame ‘rastra’ al conjunto de ambas prendas, pero es una equivocación, pues una cosa es éste adminículo y otra el ‘tirador’”.
En 1945 (hay que tener en cuenta la fecha), aparece el famoso “Vocabulario y Refranero Criollo” de Tito Saubidet, hombre de la zona de Tapalqué, lugar del que recabó mucha información para su trabajo, y allí apunta -y es bueno para desasnarse-: “Nunca he visto (se refiere a antes del ‘45) usar a los paisanos en el campo una rastra en forma de herradura de caballo como comúnmente lo hacen cantores nacionales y actores disfrazados de gaucho, pues la herradura es un artículo que el paisano nunca se ha visto obligado a colocar a sus caballos y que solamente se usa en las ciudades o en lugares donde el suelo obliga a llevarlas, pero no en estas pampas”.
Ya a partir del 1900 gana un lugar en el diseño, el uso de las iniciales del dueño en un elaborado monograma, e incluso el dibujo de la marca de hacienda del estanciero.
Entre los motivos más usados a lo largo del tiempo, destacamos la rastra “del caballito”, la “flor de cardo”, la “pluma de ñandú”, la “de corazón” y la “de estrella”.
Como ocurre con otras palabras, no hay certeza respecto al origen de la voz “rastra”, que quizás derive de “ristra”, y que se refiere a una serie de elementos unidos unos a otros,  como ocurría con las primitivas que carecían de centro.
(Se ilustró con "De Cabeza'e Basto", décimas de Santiago Vaquero que se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero)

miércoles, 9 de agosto de 2017

ETCHEBARNE (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 8 – 09/08/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Es importante escuchar al propio poeta cuando nos dice: “Mi madre me enseñó las primeras letras y me transmitió su amor por la naturaleza. Mi padre, su afición por el campo; los dos, el cariño intenso por las cosas, por su presente, por su historia”. Repito: Mi padre, su afición por el campo”. Y este se llamaba Hugo Miguel Etchebarne.
Fue un hombre, si se quiere reservado, por lo que poco conoceríamos de su vida, pero… estas cosas que hoy podemos contar, tienen su razón de ser. Ocurrió que posiblemente por 1945, Don León Benarós y César Fernández Moreno trabajaban en un proyecto de libro que se iba a llamar “Espejo de la joven poesía argentina”. Para él, a cada poeta elegido, le habían solicitado una breve autobiografía, donde -cuenta Benarós- la de Etchebarne resultó “informativa y sabrosa”.
Allí, con respecto a la estancia “Martín Chico”, recuerda: “Vivíamos en una casa grande, oculta en un monte de plantas añosa. El campo, quebrado y virgen, estaba cruzado de arroyos que corrían mansamente en verano y se desbordaban en los meses de invierno. Aún los veo platear a lo lejos, después de las lluvias. Allí tuve un perro negro cuyo nombre evocamos siempre en nuestras charlas, un rifle del 9 y un petizo colorado, que todavía vive, gordo y bichoco, pero aún con mañas”.
Más adelante nos da otros interesantes testimonios: “Nunca olvidaré las personas que pasaron por mi casa. Ellos fueron mis amigos y maestros en cosas de campo y hasta en filosofía de la vida: Juan Paniagua, Heriberto Bello, Aristóbulo Velázquez, Florencio Dorado, tantos otros. Los tengo presente a todos, con sus rostros serios o taimados. Más que ninguno al que creció conmigo, Juan Chiclana, de recuerdo y amistad imborrables”.
¿Por qué repito textualmente estas cosas que escribió? Porque, aunque la comparación sea bruta, esa fue la yerra que él vivió de la que salió marcado a fuego para toda la vida que tenía por delante, y aunque mayoritariamente transcurrió en ámbitos citadinos, nunca perdió de vista el campo, ese en el que vivió los mejores años de su vida.
Ya contamos que en 1922 había llegado a “Martín Chico” y allí vivirá ininterrumpídamente por un lustro, o sea hasta 1927, cuando sus padres lo internan pupilo en el famoso y prestigioso colegio de la colectividad vasca, “Euskal-Echea”, de Lavallol, en el gran Buenos Aires.

De ahora en más sus días en la estancia se limitarán al período de vacaciones, cuando recobraba la presencia y palpaba la cercanía de todas esas cosas de la vida rural que lo atrapaban intensamente, para volver al dolor de perder ese encanto cuando el período de descanso llegaba a su final.
(Se ilustró con las décimas de "La Yerra", las que se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 6 de agosto de 2017

RIÑA DE GALLOS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 38 – 06/08/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
En plena época del gaucho, allá por la centuria del 1800, “la riña” era uno de los entretenimientos más afianzados en la campaña, junto con las corridas de sortijas, la taba y las cuadreras; se ha dicho que fue “pasión y vicio, en el que se dejaba la plata con ganas, mucho más que en la taba y las cuadreras”.
Es una manifestación milenaria, difundida -por lo menos- en Asia, Europa y América. Por ejemplo en Europa, más precisamente en lo que hoy es Gran Bretaña, la cría de los gallos de combate fue introducida por el año 50, y en el período medieval (época que ya hemos señalado marca el tiempo que va entre el año 300 y el 1500), las riñas fueron muy difundidas y populares.
En nuestra América, el conquistador español Hernán Cortes fue uno de los que introdujo la especie, y dedicó tiempo a su reproducción, ya establecido en México.
Para saber que pasó entre nosotros, recurrimos a un ejemplar de la Revista “Martín Fierro” de Avellaneda de 01/1951, y allí leemos: “Desde la época colonial, las riñas de gallos fueron una de las diversiones favoritas del pueblo. En Buenos Aires eran contadas las casas de los suburbios en las que los propietarios, a manera de potrillo de pura sangre, no tuvieran su correspondiente gallo atado de una pata y en condiciones de enfrentar y ‘darle cara’ al del vecino en el reñidero del barrio. Muchísimos eran los hombre que como única ocupación tenían la de ser galleros. En los ‘circos’ se jugaban miles de patacones, y no pocas veces corría tanta sangre humana como de los aguerridos gallos, a raíz de disputas y grescas originadas por un mal fallo del juez”.
Hay constancias que “el primer reñidero público de Buenos Aires fue instalado en el actual barrio de Montserrat, por José Alvarado, en el año 1767”.
Básicamente las razas originarias son: la “Aseel o Calcuta” de la India, criada en sus orígenes por la nobleza de ese país, de donde pasó a China e Indochina; otra es la llamada “Brujas”, propia de Bélgica y norte de Francia; y otra más, la “Inglesa”.
En la India, hay documentos que hablan de los gallos de riña 1400 años antes de Cristo, o sea unos 3400 años atrás.
Al lugar donde se desarrollan los combates se lo denomina “reñidero”, y consiste en un redondel “construido en madera o chapa, desarmable, forrado en arpillera o paño, de tres metros y medio de diámetro por ochenta centímetros de altura”.
Un reconocido personaje de nuestra historia, el Brig. Gral. Manuel Hornos, fue un entusiasta criador, al punto de haber logrado su propia raza de gallos de combate.
En uno de los libros más criollos de Uruguay, “Diez Años Sobre el Recao”, don Wenceslao Varela incluye y describe un personaje que anda los caminos con sus gallos de riña.

Para ilustrar lo hablado recurrimos al poeta entrerriano Daniel Elías, y sus décimas "El Batará".
(Las décimas se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

miércoles, 2 de agosto de 2017

ETCHEBARNE (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 7 – 02/08/2017
Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Tengo el convencimiento que el gran público del tradicionalismo recién supo de éste poeta de la llanura cuando Alberto Merlo -hacia 1981- grabó “Capataz de Arreo” y posteriormente “Mensual de Campo”, letras de su autoría, pero para entonces ya se había ganado un lugar destacado en la literatura argentina, al ser considerado uno de los nombres más importantes en el movimiento conocido como “Generación del 40”, que remite a aquellos autores que al despuntar los años de esa década vieron publicados sus primeros libros.
Para mi orgullo personal siempre se lo consideró un hombre vinculado a Magdalena, a tal punto que en 5/1971, el Instituto de Literatura de la Provincia de Buenos Aires, con la firma de Ángel Mazzei, publicó el libro “Etchebarne y La Magdalena”.
Para ubicar a los oyentes sobre la historia de su vida, debemos decir que Miguel Etchebarne nació en Tigre, el 29/01/1915; al año siguiente la familia se establece en el campo, en vecindades de la Estación San Eladio, partido de Mercedes, donde permanecerán hasta sus 7 años de vida.
En 1922, su padre y un hermano -o sea su tío-, arriendan y comienzan a explotar la estancia “Martín Chico” en Pagos de La Magdalena. Tiene 8 años, y con el tiempo recordará que allí transcurrió “la época más dichosa de la infancia”, recordará también a aquel sitio al que definirá como “zona de campos largos, donde todavía se salva el paisano frente a la soledad y a la lejanía”.
Y como le ocurrió a muchos estancieros establecidos en el propio campo con hijos chicos, estos se “prendían” como sombra a los quehaceres de algún peón, de allí que el joven Miguelito guarde en su memoria que ellos le resultaron “…maestros en cosas de campo y hasta en filosofía de la vida (…). Junto a ellos aprendí a mirar el campo, a conocer sus trabajos y sus secretos; el nombre de los yuyos, los pelos de los caballos, la gracia de las comparaciones. También a sufrir y a conformarse con lo que venga”.
Opinamos nosotros: ¡Vaya si aprendió! Mucho y muy bien.
Ni él ni su hermana fueron a la escuela, fue su madre la encargada de la educación, quien una vez al año los llevaba a Buenos Aires a dar los exámenes que revalidaban lo aprendido. Fue su madre también quien lo introdujo en los misterios y encantos de la literatura, siendo quien, cuando aún no sabía leer y escribir, le leía en voz alta “Los Caranchos de la Florida”, de ese otro más que grande escritor, Benito Lynch, de quien algún día deberíamos decir algo.
Cerramos este primer encuentro con Etchebarne, con la lectura de “El Poncho”
(Las 4 décimas del verso se pueden leer en "Antología del verso campero")

domingo, 30 de julio de 2017

CINA CINA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 37 – 30/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En este ciclo, en cuanto a la vegetación de la campaña, ya nos hemos referido al ‘tala’ y al ‘cardo’, hoy agregamos a la “Cina cina”, tan presente en la zona rural, y que antaño fuera tan útil para formar los llamados ‘cercos vivos’.
A esta especie propia de la flora nativa, se la puede definir como un arbusto o arbolito, que en buenas tierras y mejores condiciones puede llegar a una altura de 5 mts., aunque no es lo común. En botánica integra la familia de las plantas leguminosas. Nace en forma espontanea en amplias zona de Sudamérica, Méjico y sudoeste de EE.UU.
Es una espinosa de hojas muy delgadas y menudas, que da una florcita amarilla manchada de rojo, con un suave perfume, siendo el período de floración los meses de diciembre y enero. Fructifica en chauchas finas y largas que tienen marcadas las semillas, su color verduzco opaco es parduzco al madurar, de las que generalmente salen de 1 a 3 semillas.
Desde EE.UU a nuestra región, recibe diversos nombres populares, como -entre otros- ‘palo verde’, ‘espinillo’, ‘espina de Jerusalén’, ‘bacaporo’, ‘huacaporo’, ‘parkinsonia’, ‘retama’,’ azote de Cristo’ y simplemente ‘cina’.
Ya citamos al principio que antiguamente fue muy usada para la formación de cercos vivos para dividir potreros e inclusive para conformar precarios corrales, ya que creciendo muy cercas una de otra, se vuelven infranqueables. Y pasó que al extenderse el uso del alambrado, muchas veces se la usó para reforzar el mismo, plantándolas a su vera.
Si bien su madera no es útil para extraer postes ni para trabajos de carpintería, su leña, bien sazonada, brinda muy buena brasa, que en aquellas épocas de las ‘planchas de carbón’, sirvió también para calentar las mismas.
En cuanto a la medicina campera, el saber popular le ha encontrado utilidad contra la fiebre intermitente y también el paludismo, preparando una tisana con sus hojas, flores y semillas, usando unos 20 grs. de éstas en un litro de agua, infusión que se tomará fría y con azúcar. Vale aclarar que se llama ‘tisana’, al proceso de calentar el agua y en el momento que suelta el hervor recién se echan dichos insumos que se dejan cocer durante 5 minutos.
Se le ha encontrado valor para parquización y así emigró hacia Europa y Oceanía. Casualmente en Australia se transformó en una planta invasora, una plaga, que se extendió “en densísimos matorrales, inaccesibles para el ganado y para la fauna salvaje”.
A pesar de eso, para nosotros sigue siendo el simpático arbusto siempre presente en nuestra campaña.

Ilustramos ahora -y me tomo el atrevimiento-, con unos versos que me pertenecen, titulados, simplemente “Cina cina”:
(El verso se puede leer en el blog "Poeta Gaucho")

domingo, 23 de julio de 2017

ALPARGATA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 36 – 13/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Si la bota de potro fue el calzado por antonomasia que caracterizó al gaucho de chiripá durante el siglo 19, hubo un calzado introducido por la inmigración temprana, que poco a poco fue ganando su propio lugar, y hasta la actualidad ha llegado vigente, usándosela no solo en el ámbito rural, sino también en el pueblo, y ese calzado es la “alpargata”.
Todos sabemos que la misma ingresó al país de la mano de los vascos -quienes también aportaron la boina-, y esto habría ocurrido -aproximadamente- en la década de 1830, pero… curiosamente, el historiador Don José Luis Busaniche, en su libro “San Martín Vivo”, recuerda aquella famosa anécdota del Padre de la Patria, que relata sobre el día en que violando las normas quiso ingresar a un taller de explosivos y polvorín, de uniforme y botas granaderas con espuelas, siendo impedido de hacerlo por el centinela allí apostado, quien por dos veces le negó la entrada; tras retirarse, el General mudó su uniforme por ropa civil y calzando “alpargatas” se presentó ante el mismo centinela quien ahora sí le facilitó el ingreso. Lo curioso de este recuerdo que nos trae Busaniche, es que esto ¡ocurrió en 1816! Se podría pensar que Don José ya tenía de su vida en España la costumbre de usar dicho calzado, y que quizás entre sus petates trajo a su regreso pares de “alpargatas” para su uso.
En definitiva, la “alpargata” es un modesto calzado confeccionado en loneta, con suela de yute, esparto o cáñamo, históricamente de color negro, azul y blanco, las dos primeras de uso diario, para el trabajo, siendo las blancas, las de dominguear o andar ‘paquete’. También existe un modelo con cordones, por lo general azules y ribetes blancos con cordones del mismo color.
Su origen sería una derivación de una sandalia egipcia, luego modificada por los romanos, y llevada más tarde en España, al formato que le conocemos conociéndosela también con el nombre de “espardenya”. La expresión que nosotros conocemos deriva de la voz pre romana “abarca”, y de ahí al árabe hispano “alpargát”.
La primera gran inmigración vasca se produjo hacia 1835 y hasta 1853, y a partir de entonces comenzó el abastecimiento del citado producto que venía de la vieja España, y poco a poco, al ir desapareciendo las manadas de yeguarizos cimarrones, al no resultar tan fácil hacerse de unas botas de potro, agregado a eso el bajo costo, poco… a poco… la “alpargata” comenzó a calzar las patas del hombre de campo… y a veces también del indio. Y si no, veamos…
Dice el historiador azuleño Don Alberto Sarramone en su libro “Catriel y los indios pampas”: “…en Mayo de 1857 se resuelve trasladar, militarizada, a su nueva ubicación, a la tribu de Juan Catriel, a quien se le confiere el título de coronel uniformado y a Cachul, el de capitán, igual que a todos los capitanejos, uniformándeselos de la siguiente manera: bombacha grancé o chiripá, blusa azul con las insignias de su clase, quepis de guardia nacional y botas. Se los armó de sable y la tradicional lanza. A la tropa se la vistió con chiripá azul, camiseta de grancé, poncho, alpargatas y sombrero, con una insignia que indicaría su clase”.
Pero también los soldados supieron de uso, y es así que don Justo P. Sáenz (h), nos cuenta que en 1861, la infantería porteña en la batalla de Pavón, iba calzada de “alpargatas”.
Y esto no debe extrañarnos porque ya antes, en España y en 1694, por real decreto se impuso su uso a las tropas de la corona catalanoaragonés.
Allá por 1870, nos cuenta el oriental Fernando Assuncao, el vasco Juan Etchegaray comenzó con la producción local instalando su fábrica en Buenos Aires sobre la Calle Larga, y en 1890 extendió su fabricación con una planta instalada en Montevideo.

En nuestra campaña fueron también populares las “alpargatas bordadas”, y éstas, según alguna vez leí o escuché no recuerdo ahora a quién, eran producto del trabajo de bordado que hacían los presos de la cárcel de Dolores. 
(Las décimas de "Las Alpargatas" se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

jueves, 20 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 5)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 5 – 19/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Con las palabras de hoy le estamos poniendo punto final a ésta evocación sobre Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, poeta -como ya dije al inicio- que marcó mi destino con los versos.
Allá por 10/1999 tuve la suerte de ser recibido por Don Omar Menvielle (h) -“Moro” para la familia y los amigos-, y en las casi dos horas que estuvimos trenzando palabras cayó “Charrúa” al rodeo de la conversación.
Me contó que había sido amigo de su padre, y que visitaba frecuentemente su casa, al punto que cuando él era chico, pasaba algunas tardes a buscarlo y lo llevaba a una confitería céntrica  tomar el té.
Me informó también que su vida había estado ligada al campo, como administrador de establecimientos rurales, y en la atención de su propio campo sito por Gral. Las Heras.
En el ámbito ciudadano y cultural, participaba de las reuniones en el Centro Tradicionalista “El Ceibo”, que funcionaba en el subsuelo de la Confitería América, ubicada en Avda. Santa Fe y Pueyrredón, en la Capital Federal. Allí llegó a ser presidente de dicha agrupación cultural.
En provincia, estuvo muy vinculado desde la década del ‘30, al Círculo Tradicionalista “Leales y Pampeanos”, formado en 1932 cuando la unión de “Los Leales” y “Los Pampeanos”, ambas agrupaciones de principios del Siglo 20. Allí, Virginia Vera, era cantora mimada, y supo incorporar a su repertorio “Lo que quisiera tener” -que grabó en 1937- y también “Amanecer”. Con ella supo cultivar una franca amistad. En unas décimas que le escribiera al Círculo, le dedica a ella: “Del Círculo a la ‘patrona’, / le apreto fuerte la mano, / mientras le ofrezco del llano / alguna flor cimarrona;”.
Gracias a Julio Vera, hijo de Virginia, que un día facilitó una foto tomada en su casa en el año que cumplía con el servicio militar, en la que junto a su madre aparecían otros famosos como Ochoa y Fleury, ¡pudimos conocerle la cara a “Charrúa”!
Ya dijimos en la primera charla que el poeta falleció a los 86 años de edad en el Hospital Alemán, en las primeras horas del día 31/10/1962. Dos meses antes, en agosto, había aparecido su último libro, “Rastrilladas”, en él se dedica un verso al que titula “Dentrau en años”, y por allí dice: “Cargar años es haber / rejuntau mucha esperencia, / cosa que la mesma cencia / no duebla con su poder,…”.
Este “nativo uruguayo” por nacimiento, pero que era argentino hasta “el tutano” como el que más se precie, tuvo como héroes admirados a San Martín y Belgrano, y todas las proezas de las luchas por la independencia.
Y a los amantes del verso gauchos nos ha legado una cantidad de poesías, que a 55 años de su partida se encuentran más vivos que nunca, sazonados de saberes brindados por la experiencia de haber vivido las cosas que volcó en versos y adornó de armoniosas rimas.
 Don Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, esta ha sido nuestra evocación.
(Quienes quieran leer "Lo Que Soy", deben entrar al blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 16 de julio de 2017

TRANQUERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 35 – 16/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
La palabra “tranquera”, es para el Diccionario Español, un "americanismo" que designa a una puerta rústica hecha generalmente con trancas; y de esta palabra, “trancas”, devino en la antigüedad la voz “taranquera” que en realidad designaba a una valla o pared de defensa, y de esta palabra, simplificando su pronunciación, apareció la voz “tranquera”, que entre nosotros designa a la puerta de un corral o un alambrado.
A pesar de que en la campaña pampeana al alambrado se lo conoce recién después de 1845, Don Juan Manuel de Rosas, en su reconocido “Instrucciones a los mayordomos de estancias”, que según parece corresponde a 1825 -20 años antes del suceso señalado-, en la sección “El Campo, Las Poblaciones y El Personal”, recomienda que “Las puertas de las tranqueras  deben cerrarse de noche donde puedan entrarse animales”.
A medida que el campo, ganado -dicho así, entre comillas- por la “civilización”, comenzó a alambrarse a partir de 1855, empezó a difundirse el uso de las “tranqueras”, pero entonces, con su respectivo candado y “a llave muerta”, como se denominaba a aquellas que permanecían cerradas y cuya llave solo portaban el mayordomo y/o el capataz. Esto originó la indisposición de los gauchos acostumbrados a rumbear a campo a su gusto, quienes en muchas ocasiones procedieron a cortar los alambrados para seguir el camino que llevaban. Evoca Martín Castro esta situación en su verso “Hachando Alambrados”.
El “Tata” Hernández, en su meticuloso y didáctico “Instrucciones del Estanciero”, nos da algunas particulares e interesantes referencias, en aquellos años que los alambrados comenzaban a tenderse aceleradamente. Nos dice: “Las puertas tranqueras para caminos vecinales son en general de cadenas y varía su anchura de 6 hasta 15 varas (o sea 5 hasta 13 mts.), y de 60 varas (o sea 52 mts.) las de los caminos reales ”, y explica que “El número de cadenas que se coloca es de 4 o 5”. Queda claro que al hablar de cadenas, Hernández no se refiere a las “tranqueras” de madera y grampas de fierro que han llegado hasta nosotros. Lástima que no nos da otra explicación.
Una cosa sí queda bien definida, y es que en esas aberturas de 13 mts., posteriormente fue común cubrirlas con dos tranqueras que se unían al centro, abriendo una a derecha y la otra a izquierda, y eran muy útiles para salir con tropas de hacienda, y más tarde lo serían para el paso de las maquinarias agrícolas.
A la “tranquera” que está próxima a la casa principal o que da acceso a la misma, la llamamos habitualmente “portón”, palabra que es aumentativo de “puerta”, y que para el caso funciona como sinónimo de “tranquera”.
Curiosamente cuando hablamos del corral nunca se nombra la “tranquera”, porque si hay yerra y se va a volcar el lazo, la costumbre señala que ha de ser “puerta ajuera del corral”.
 Artemio Arán, ese escritor al que siempre recurrimos por una impresión distinta, poéticamente sentenció: “Si está cerrada parece, que la calumnia ha llegado o que la huella uno ha errado y que nada la enternece. / En cambio si está entreabierta, es espera de un ausente, anuncia que está presente, y un mate lo aguaita alerta”.
Las “tranqueras” de mayor tamaño necesitan, para no vencerse, de  una rienda sujeta en la parte superior del lado que lleva el cierre, sujeta al poste alto al que está engrampada la misma.
Hay también “tranqueras” confeccionadas de alambre y varillas, conocidas como “tranquera de cimbra”, “chacareras” o simplemente "tranqueras de alambre".

Con una composición de Berho dedicada a una de éstas, ilustraremos sobre este tema.
(En el blog "Antología del Verso Campero", se encuentran las décimas de "Tranquera de Alambre" de don Luis D. Berho)

miércoles, 12 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 4)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 4 – 12/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Si bien a Menvielle se lo apodó “el poeta del caballo”, “Charrúa” escribió muchísimo sobre el noble animal, compañero imprescindible e inseparable en la vida del hombre de campo, a raíz de eso, escribí un trabajo que titulé “El caballo en los versos de Charrúa”, que está incluido en mi libro “Cinco Poetas Gauchos” que apareció en 2014.
Allí pude agruparlos por pelajes, cualidades, condiciones, trabajos, cuadreras y tropillas. De una manera u otra siempre estuvo el caballo presente en la poesía de “Charrúa”; por eso será que en los versos con que ilustramos las charlas de los dos miércoles anteriores, el caballo ocupó un lugar de privilegio, ellos fueron “Carta Gaucha” (hablaba de un caballo en amanse), y “Mis Pingos”.
Si bien en mi entender el poeta sobresale cuando el verso no solo es campero desde el tema sino también desde el lenguaje, supo “Charrúa” escribir en el estilo, que a veces para hacernos entender denominamos “culto” -porque en ellos se respetan las normas del lenguaje español, aquel que tiene que ver  con lo que se enseña en la escuela), pero sí respeta la precisión de la cuestión criolla que relata o describe; por ejemplo: “Quiero allí un pingo alazán / que galope alto y tendido / que trote bien recogido / y que sea un huracán. / Que tenga, por si le están / ponderando su lindeza, / suelto juego de cabeza / para que luzcan las prendas, / y que haga jugar las riendas / con elegancia y limpieza”. Habrá notado el oyente, que ni siquiera un “pa´” utilizó el poeta, y sin embargo el verso es gauchito.
De sus cuatro libros, el primero -“Pampa y Cielo”-, al igual que el último -“Rastrilladas”-, son prácticamente inhallables. El que suele aparecer, quizás porque originalmente se hizo una gran tirada, es “Sentir lo Argentino”, el más voluminoso de todos.

En él hay una poesía que puede considerarse emblemática, pues su mensaje ejemplificador lo ha hecho propicio para dar un integral consejo criollo, y por eso fue tomado por muchos recitadores, para decirlo en ese momento en que se quieren gritar cuatro verdades. Su nombre? “Aprendan Muchachos”. Por supuesto vamos a dar la versión original tal cual apareció en el libro.
(El verso aludido se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 9 de julio de 2017

PONCHO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 34 – 09/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Fundamentalmente para las culturas indígenas de esta parte de América, el “poncho”  (prenda de forma rectangular -aunque puede haber excepciones- y de medidas variables), es realizado por mujeres y para el uso exclusivo de los hombres. Es prenda masculina por excelencia,  con una abertura en el centro, la boca. Aquellos que no la tienen se denominan “manta”.
Graciela Suárez, investigadora y experta en textiles, dio esta explicación: “Entre las diferentes prendas hechas en un telar, el poncho resulta especial, ya que, al ser vestido, establece una frontera entre lo externo y lo interno: resguarda a quien lo lleva, manteniéndolo en íntimo contacto consigo mismo, y solo proyecta hacia afuera su representación”. Vale decir que Graciela Suárez, entre 1995 y 2000 realizó el estudio, la clasificación y el fichado de los tejidos del Dpto. Científico de Arqueología del Museo de La Plata.
Esta pilcha, tan criolla para todos nosotros, quizás viene siguiendo el devenir del hombre desde que el mismo necesitó vestirse. O sea que nos remitimos a los orígenes de la humanidad.
Pero entre nosotros, en lo que podemos definir como ambiente o cultura gaucha, el “poncho”, ha resultado una pilcha siempre presente en los atavíos criollos.
Como muchas otras veces, para conocer nuestro ayer, debemos hurgar en lo que escribieron los viajeros que visitaron el país en la centuria del 1800 a 1900; allí encontramos a Arsene Isabelle (famoso naturalista), quien testimonió: “El poncho es una prenda de vestir indispensable para viajar por estas llanuras, pues él proteje de las lluvias, del polvo, del calor y del frío”.
En aquellos años, los hombres de nuestra campaña, entonces llamados ‘gauchos porteños’, con mayor asiduidad gastaban ponchos “arribeños”, denominación que se daba a los “ponchos” tejidos en las provincias andinas de Catamarca y La Rioja, la más de las veces, listados, o bayos lisos o con un listón de un color más oscuro a cada costado; de los telares de santiagueños provenían unos “ponchos” más vastos, predominando los colores grises y azulinos, lisos y a veces también listados.
Mucho antes de la llegada del conquistador, para ser más preciso 3000 años atrás -con lo cual se demuestra que no es pilcha introducida por la nueva cultura dominante-, ya se conocía el “poncho” en el Imperio Incaico, lo único que en quechua la denominación era “unku”, y tenía además finalidad de manta fúnebre.
No está claro el origen de la palabra “poncho”, hay quienes sostienen que proviene del quechua “ponchu”, y otros dicen que del araucano “pontho o poncho”, pero en esa lengua el vocablo correcto es “macum”; aunque tampoco faltan quienes dicen que al igual que la voz “rancho”, “poncho” proviene del lenguaje de la marinería española; dejamos la duda…
 Después de 1820 y merced a la explosión industrial en Gran Bretaña, comenzaron a llegar a las pulperías de nuestra campaña “los ponchos de paño o ingleses”, a muy bajo precio, lo que jugó de manera perjudicial a los ponchos artesanales de nuestros telares criollos. Duele a veces cuando hoy, los coleccionistas pagan ‘fortunas’ por sumar un poncho inglés.
Hay un “poncho” que a diario todos usamos, puebleros y paisanos, y ese es el “poncho de los pobres”: ¡el sol!
(en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista" se pueden leer las décimas de "Poncho" de José Juan Bianchi)

miércoles, 5 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 3 – 05/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

A lo largo de su vida, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, publicó cuatro libros: “Campo y Cielo” en 1938, “Sentir lo Argentino” en 1943, “Con Todo el Lazo” en 1948 y “Rastrilladas” en 1962. A excepción de “Sentir lo Argentino”, todos los demás estuvieron ilustrados por el pintor criollo Jorge Daniel Campos (primo hermano de Florencio), y, salvo el primero que contó con unas palabras introductorias del propio autor,  los tres libros restantes tuvieron prólogo, y el mismo siempre fue redactado por Amancio González Paz, quien solamente una vez lo llama por su nombre y apellido en “Sentir lo Argentino”, por lo que mayoritariamente siempre se habló de “Charrúa”, así a secas.
Es bueno enterarnos de cómo llegó a su primer libro, y para saberlo recurrimos a sus propias palabras y así nos dice que: “Jamás pensé en compilación alguna, pero debí ceder a las insistentes exigencias de mis buenos amigos Alejandro Lanús Montes de Oca y Pastor N. Lindquist (…) Éste último se entregó a la tarea de recopilar (…) y así mis versos tomaron forma escrita…”.
También habla de quien fuera la madrina de “Campo Cielo”, la poetisa Laura Piccinini de de la Cárcova, de quien dice recordar que le dijo: “Acérquese, Charrúa, a este fogón amigo desde ya, que la leña está bien seca y no ha de hacerle llorar la vista. A su calor pueden dorarse sus estrofas, que para mí son bellas y no deben quedar ignoradas”.
Y finalmente, concretando esa intención, “…un grupo de entusiastas amigos que me escuchaban siempre me transmitieron su propósito de obsequiarme con la edición de este libro, para que mis versos cumplieran su destino…”.
Ese primer trabajo -que apareció con el sello de “Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez”-, contenía tres de los versos que lo trascenderían porque fueron musicalizados y los cantores los llevaron por distintos caminos, me refiero a: “El Desafío”, “Temblando” y “Tata no quiere”.
Curiosamente, de ese libro -que se integraba con cuarenta y cinco composiciones poéticas-, veinticinco se repitieron en el segundo, que totalizó setenta y un temas.
Como siempre estas charlas la cerramos con un verso, tentado estoy ahora de ofrecerles los ocho cuartetos de “Temblando”, bello y delicado poema que nos habla del amor, de la pureza del mismo en un marco de total naturaleza.
Le rogamos a los oyentes que se olviden del vals, para escucharlo ahora como fue en un principio: un poema, y notarán también algunas diferencias con las versiones grabadas.

Dice entonces:
(el poema se puede leer en el blog "Antología del verso campero")

domingo, 2 de julio de 2017

BOLEADORAS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 33 – 02/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Para el aborigen de esta parte de América, la boleadora era un instrumento de caza y un arma de pelea. Así fue que Luis Ramírez, integrante de la expedición de Sebastián Gaboto, en una carta fechada en 1528 -hace 489 años-, testimonió: “Estos querandis son tan ligeros que alcanzan un venado por pies, pelean con arcos y flechas y con una pelotas de piedra redondas… y tan grandes como el puño, con unas cuerda atada que las guía, las cuales tiran tan certero que no hierran a cosa que tiran…”. Describe el elemento pero no lo nombra, porque era algo desconocido para el conquistador.
El gaucho hará de ellas una pilcha inseparable en su permanente vida de campo, útil -como se dijo al principio-, en el trabajo y la pelea, más bien imprescindible en las travesías por la inconmensurable llanura, donde (se ha dicho muchas veces), quedar de a pie, era estar en la antesala de la muerte. Así es que Don Justo P. Sáenz (h) ha testificado: “Las boleadoras de potro, llevábanlas nuestro antiguo hombre de campo ceñidas a la cintura con dos o tres tipos de nudos que permitían desatarlas al más leve tirón. Es así que he conocido criollos que en contados segundos las tenían en el aire, revoleando, casi con la rapidez con que se arranca un revolver de la pistolera. (…) y conjurábase con su oportuno empleo, el grave riesgo que suponía quedar a pie en una rodada”.
Existen dos tipos de boleadoras: “las potreras”, con bolas grandes de piedra o madera dura, retobadas en cuero, unidas por tres ramales confeccionados en cuero crudo torcido de una extensión no menor al metro ochenta.
El otro tipo se denomina “avestruceras o ñanduceras”, y acá la diferencia fundamental es que las bolas son de un tamaño bastante menor, también de piedra e incluso confeccionadas en plomo, pudiendo ser de dos o tres ramales. El mismo Sáenz ha afirmado que desde un caballo a la carrera “…circunstancia que les confiere un mayor alcance, que suele aproximarse, cuando son lanzadas por un brazo poderoso, a los cincuenta metros”.
En las “potreras” de 3 ramales, uno de estos lleva una bola un poco más chica y ese ramal es apenas más largo, más o menos el tamaño de una bola; a ese ramal se lo denomina “manija” y es la bola que se agarra para revolear; justamente, en 1845, Francisco Javier Muñiz describió: “Las usan tomando la más pequeña, que llaman manija; y haciendo girar sobre la cabeza las otras dos voladoras las despiden a las patas del caballo…” o animal que quieren apresar.
Antecesora fue la “bola loca o bola perdida”, arma arrojadiza formada por una piedra sujeta a una lonja de cuero de más o menos un metro, que el indígena tiraba con mucho acierto.
El siempre poético Artemio Arán la definió: “Serpiente de tres cabezas que se enrosca a las patas del bagual o el (cogote del) ñandú en gambeta”. En la actualidad, en nuestra campaña, se llevan más que nada conformando grupa en la cabeza de los bastos, armando el recado. 
(En el blog "Poesía Gauchesca y Nativista", se pueden leer los versos de "Las Boliadoras" de Martín Castro)

miércoles, 28 de junio de 2017

CHARRÚA (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 2 – 28/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
En charlas entre amigos y muchas veces también cuando he hablado en público sobre poetas gauchos y literatura costumbrista, suelo hacer mención de que “Charrúa” ha sido ‘mi maestro’ en los versos. Y si bien no tuve la suerte de conocerlo ni recibir indicaciones de su experiencia, insisto, ha sido ‘mi maestro’. (Lo cual no significa que yo haya sido buen alumno).
¿Por qué mi maestro? Pues viene el cuento: en la ya lejana infancia, cuando tenía 3, 4 años, mi padre tenía la costumbre de decirme los versos que sabía de memoria, porque era muy aficionado a recitarlos en reuniones familiares o entre amigos. Por suerte tuvo el buen tino de nutrirse de claros autores como el aludido “Charrúa”, Evaristo Barrios, Martín Castro o Francisco Bianco. A poco de iniciada esa costumbre resultó que “el nene”, como un lorito repetía varias de aquellas composiciones, con la curiosidad que prevalecía la memorización de los versos de “Charrúa”, por qué?, porque supongo que con mucho de lo que él decía, estaba en contacto prácticamente a diario, porque su vocabulario me sonaba a conocido ya que a muchas palabras las escuchaba en boca de mis abuelos, de los tíos viejos, de los vecinos. Esta identificación me llevó distinguir esos versos como cosa auténtica, y en contraposición no entendía el “Martín Fierro”, al punto que al gran poema recién lo leí completo y lo interpreté, después que conocí determinados asuntos de la historia.
Ya que estamos  con el “Martín Fierro”, vale decir que después de su aparición, del éxito que representó, nada de lo que se seguía componiendo estaba a su altura, y por consiguiente se produjo un vacío que dura unos 30 años, en los que los poetas desarrollaron dramas tremebundo, el gaucho siempre era un matrero, con pulperías de escenario y peleas de por medio, situaciones muchas veces lúgubres… y esto dura -según mi ver- hasta que en el escenario de los versos aparecen, ¡justamente!, los versos de “Charrúa”.
Ya a inicios de la centuria de 1900 la situación y la vida de campo han cambiado dástricamente: el llamado ‘problema del indio’ está apaciguado sino, solucionado; los campos se han alambrado por lo menos en su contorno, la hacienda chúcara y cimarrona va siendo mejorada, ya no se puede recorrer distancias cortando campo (si no, se comete un delito), el hombre de campo, el personal de las estancias se ha mensualizado, y comienza a ganar terreno la vida de la chacra, se expande la agricultura, que no era justamente el escenario del gaucho.
Y allí corta grande “Charrúa”, comienza a cantarle al caballo, al domador, a la casa de la estancia, al galpón, al jagüel, a la tropilla, a sus caballos de andar, a la yerra, a la tropa, al cencerro, a la carreta que va cediendo terreno en su existir, al trabajo de recorrer, a la circunstancia de bolear un ñandú, al rancho, casualmente… a todos los temas que le siguieron cantando los poetas del Siglo 20, lo que a mi entender da nacimiento a la poesía campera, que no es lo mismo que lo que comúnmente llamamos -aunque mal- poesía gauchesca.

Un verso que mucho me llegó en la niñez, fue “Mis Pingos”.
("Mis Pingos" se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 25 de junio de 2017

REBENQUE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 32 – 25/06/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Artemio Arán, aquel escritor y político “sampedrino” que por largo tiempo vivió radicado en Córdoba y que estuvo muy vinculado a la Agrupación Bases y a los orígenes del Día de la Tradición, dijo del rebenque: “En las pulperías hizo percha del facón y fue el primero en responder al insulto del borracho insolente. Es una adhesión permanente a la hombría y muchas veces evitó una desgracia. En las domas amansó rebeldías y en las cuadreras salvó la fama del parejero a puro chasquido de aliento”.
El rebenque forma parte del apero y está asociado a la ensillada, como que no se sale a caballo sin llevarlo pendiendo de la manija en el dedo pulgar de la mano derecha, o del índice y medio; esto… si la persona es diestra, ya que la zurda se ocupa de llevar las riendas.
Antiguamente, en la centuria del 1800, o sea Siglo 19, fue muy usado el “rebenque de argolla”, y al respecto explica y aclara don Justo Sáenz (h): “El antiguo ‘rebenque porteño’, notable por su gran argolla de hierro o plata, terminado en un cabo hueco a modo de pasador o ‘caño de estribera’, de no más de veinticinco centímetros de largo y lonja ancha y doblando las dimensiones de éste, no es exclusivamente original de la provincia de Buenos Aires, pues antes de 1880 era popular en la Mesopotamia y otras regiones del país. Su azotera se hacía de dos guascas cosidas y a veces enterizas, las que solían abrazar el aro referido a través de dicho ‘caño’ y llevaba manija: de tiento o cadenilla de plata, pasada por la argolla”.
En general y normalmente el rebenque se compone de cuatro partes, a saber: manija, cabo, paletilla y lonja.
El rebenque que reemplazó al “de argolla”, y que es el que actualmente se usa, tiene el cabo más largo que aquel, por lo general de entre 35 y 45 cm. siendo la lonja de la misma medida o un poquito más.
El cabo del rebenque de trabajo, el de todos los días o todo andar, por lo general está retobado con el cuero de una cola de vaca sacada en bolsa y bien lonjeada, que se coloca húmeda sobre el palo elegido, y una vez seca queda firme dando una buena terminación con un frunce en la cabeza del rebenque, y alguna sortija que pone la terminación en la paletilla.
Para la construcción del cabo se suele usar madera de membrillo o naranjo, aunque muchas veces por ser planta típica se ha usado la madera de tala, y si bien no todos los investigadores coinciden, de allí proviene la denominación de “talero” como sinónimo de rebenque rústico.

Del mismo modo que no todos coinciden con el uso correcto de la manija, nos quedamos -porque tenemos esa misma interpretación-, con la opinión de Tito Saubidet y Miguel Etchebarne, que afirman que el rebenque no se cuelga de la muñeca, ni se agarra del cabo para castigar. Por eso mismo, D. Bartolomé. Gutiérrez, cuando evocó al escoses gaucho D. Roberto Cunninghame, dijo: “Mano de hombre de a caballo / la que saluda cordial, / la manija del rebenque / suspendida en el pulgar”.
(Las décimas de "El Rebenque" de Miguel D. Etchebarne, se pueden leer en el blog Antología del Verso Campero)

domingo, 18 de junio de 2017

FACÓN

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 31 – 18/06/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

FACON
“Remotas huellas de llama / y de martillo lo azulan / con brillos que confabulan / los cruces de la amalgama; / con reverberos de escama / el resplandor lo sonroja / y si en el mango se moja /  la luz en candor de plata, / entre hielos se amorata / la línea cruel de la hoja.”, así comienza a describir el cuchillo la excelentísima poesía de Don Miguel Etchebarne.
Tenemos por costumbre denominar “facón”, a todo aquel cuchillo de cintura que usamos atravesado en la espalda, pero en realidad aquellos que son de forma triangular, por más que sean largos, siguen siendo “cuchillos de cintura” con la característica de que nunca llevan ningún tipo de defensa para la mano; en cambio el “facón”, según el saber de Don Mario Aníbal López Osornio, tuvo su origen al ser construido con restos de sables; esto hace que su espiga coincida con el centro de la hoja, siendo ésta angosta y muy fuerte a pesar de su extensión, caracterizándose por tener filo de un solo lado (aunque a veces los primeros 10 cms. del lomo, pueden estar rebajados), muchas veces con sangrador (la canaleta central), y generalmente con defensa contra la empuñadura, siendo ésta en forma de “S”, de “U”, o un simple “crucero” recto.
Dijimos que para la construcción, en sus orígenes se usaron hojas de sables, agregamos entonces bayonetas, espadas y hasta aún de limas chatas y gastadas. Posteriormente las fábricas comenzaron con la provisión de hojas ya construidas de exprofeso y a estrenar, las que hoy son buscadas por coleccionistas, ya que hay registros de marcas y procedencia.
La voz “facón” deriva y es aumentativo de la palabra “faca”, que significa “cuchillo corvo”, y ésta a su vez viene del árabe “farhah”, palabra que designaba al “hierro de la lanza”, y que pasó al español en el largo dominio de 8 siglos que los moros tuvieron sobre media península ibérica a partir -aproximadamente- del año 700.
Citamos “cuchillo corvo”, y esto nos trae al recuerdo una palabra caída en desuso, con la que el gaucho designaba al cuchillo largo o al facón, y ésta es la voz “alfajor”, curiosa porque parece que remite a un postre, pero que en cambio era la transformación amañada que se le dio a la voz árabe que designaba un largo cuchillo corvo, “el alfanje”, de allí pues: “alfajor”.
Si bien puede decirse que el “facón” es arma de pelea, en las manos ingeniosas del gaucho también fue herramienta de trabajo, con la que supo hachar un gajo, cortar pasto o paja, hacer un pozo, cuerear, etc.
En cambio el “facón caronero”, prácticamente una espada, fue arma de defensa y pelea, que nunca se portaba en la cintura, sino entre las caronas del recado, fundamentalmente en la vida del siglo 19, cuyo uso desaparece cuando la estancia se expande, los campos se alambran y los recados largos se acortan.

Evocamos ahora al “facón” con los versos de Carlos López Terra: "Viejo Facón"

(Los versos se pueden leer en el blog "Antología de Versos Camperos")

miércoles, 14 de junio de 2017

CHARRÚA (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 1 – 14/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Nuestra primera intención es desmitificar respecto de su nacionalidad, porque al identificarse como “Charrúa”, siempre se lo asociaba al país oriental.
Sobre el final de la década de 1930 apareció su primer libro, y durante las décadas del ‘40 y ‘50, fue muy difundido, al punto que sus temas “El Desafío”, “Tata No Quiere” y “Temblando”, fueron grabados y muy populares. Ahora, respecto de su persona y su vida, prácticamente nada se sabía, ni se mostraba alguna imagen suya. Y no había quien supiese dar información sobre el particular.
Por el año 1991/92, Ismael Russo (quien fuera un reconocido guitarrista que supo integrar el elenco de guitarras de Edmundo Rivero, y era un apasionado recolector de datos sobre personas del ambiente artístico criollo), conjuntamente con el poeta Horacio Bazán, me acercaron copia de unos datos que acababan de recabar en un Registro Civil de Capital Federal. Por los mismos nos enteramos que en las primeras horas del 31/10/1962, víctima de un sincope cardíaco, había fallecido en el Hospital Alemán porteño, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, la edad de 79 años.
Muy poco después, el mismo Bazán aparecía con otra novedad: un libro de “Charrúa” que desconocíamos y que casualmente apareció el año de su fallecimiento: 1962. En el mismo, tanto el prologuista como el propio autor, informan que su edad es de 86 años. Una pequeña diferencia de 7 años con la anotada en su defunción. A partir de este dato, por una cuenta inversa, estimamos que su año de nacimiento rondaba 1876.
De un análisis detallado de todos sus versos, rescatamos aquellos donde dice: “Yo soy nativo uruguayo / siendo mi madre porteña,…”; y reafirma en otras rimas: “Nací en la Banda Oriental / criándome en la argentina”. Y en cuanto a su padre, apunta: “Soy el hijo de estanciero / de aquella estancia primera…”.
En aquella información del Hospital Alemán aparecía como responsable del trámite Conrado Eduardo Márquez, y, un poco a su pedido, en 2007, su hija Ángela Márquez -sobrina nieta del poeta-, encaró la re edición de todas las obras de “Charrúa”, en un solo tomo. Allí confirma que nació en Mercedes, Uruguay, el 17/11/1876, y que realizó toda su vida desde la escuela primaria, los estudios medios y los de escribano que no concluyó, en Argentina; y en su obra siempre se tuvo como tal, y dijo que era capaz de jugarse “como el mejor argentino”.
Si uno recurre a las antologías de poesía gauchesca o nativista uruguayas, se encontrará que nunca lo incorporan, o sea, no lo tienen en cuenta, no lo reconocen como un poeta de esos pagos más allá de que haya nacido en la tierra oriental.
Del famoso escritor Julio Cortazar, nacido en Bélgica, a nadie se le ocurrió nombrarlo como extranjero y siempre se lo trató como el argentino que era.

En conclusión, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, más allá de su seudónimo nunca dejó de ser argentino nato.

(Los versos de "Carta Gaucha" se pueden leer en el Blog "Antología del verso campero")

domingo, 11 de junio de 2017

RASTREADOR

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 30 – 11/06/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En “Facundo”, Sarmiento -él, que no quería al gaucho-, hace  una encendida exaltación del rastreador Calibar, y reflexiona: “¿Qué misterio es este del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime criatura es la que hizo Dios a su imagen y semejanza!”.
Este Calibar era sanjuanino, y siempre se sostuvo que los más sabios rastreadores han sido de las provincias andinas, destacándose además a los sanjuaninos a los riojanos, y esto lo aseguraba y afirmaba el mismísimo Gral. Mansilla, aquel que se adentró al desierto y reflejó su incursión en “Una Excursión a los Indios Ranqueles”, quien en sus tropas siempre tuvo alguno y sostenía por su propia experiencia, que en San Juan y La Rioja estaban los mejores.
El poeta oriental Wenceslao Varela -quien sobre este tema recibió muchas enseñanzas de un paisano entrerriano-, escribió unas magníficas décimas repletas de detalles y minucias, en una de las cuales canta: “Sé en un rastro de baguales / si va madrina o padrillo / y sobre el renglón de un trillo / leo signos desiguales; / destingo en los arenales / la ranilla con tramojo. / Y marco, en cualquier rastrojo / o ande se hunda la pisada, / vejigas, taba cargada, / cuerda tensa o ñudo flojo”.

El ingeniero francés Alfredo Ebelot, que permaneció entre nosotros de 1870 a 1908 y tuvo a su cargo la construcción de la “Zanja de Alsina”, y dejó reflejos de su experiencia fronteriza en varios libros, en uno de ellos, “Pampa”, dejó noticias de lo que le tocó vivir en este aspecto. En síntesis: cuenta que anoticiado de que al parapeto de la zanja se le había practicado un boquete de unos dos metros, por el que habían  penetrado y salido un grupo de indios, mandó ensillar y partió con un piquete a inspeccionar el agujero, ordenando se le mande un rastreador. Ya en el sitio, en un día muy frío y ventoso que levantaba tierra, describe la llegada del “rastreador”: “…un sujeto de pura sangre arribeña (aclaramos: Córdoba y las  provincias andinas), lacio el pelo, saliente los pómulos, torvos los ojos a la par que penetrantes, y, para más señas, soldado viejo y milico irreprochable.”. Tras mirar largo tiempo, callado, las intrincadas pisadas a uno y otro lado del parapeto y la zanja, como con indiferencia, sentenció: “Han pasado seis caballos montados, quince sueltos, y una yegua madrina con un potrillo de seis a ocho meses”. Señalando que tomaron con rumbo a los valles de Sierra de la Ventana. Al día siguiente fueron capturados, y todo coincidía con lo que dedujera el “rastreador”, salvo… que no había tal potrillo…, pero más luego, los soldados que rastrillaban la zona, lo encontraron extenuado, rendido de cansancio, impedido de seguir el ritmo frenético impuesto al viaje por los indios. Y la relación quedó demostrada cuando lo reencontró la yegua con las efusividades de madre.

(Los versos de "El RASTRIADOR" de GABINO EZEIZA, se pueden leer en el Blog "Antología del Verso Campero")

miércoles, 7 de junio de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 10 - final)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 10 – 7/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

Con estas palabras comenzamos a dar el postrer tranco de los 10 que le hemos dedicado al “poeta de América”, deseando haber aportado alguna cosita para el conocimiento de su persona y su obra.
El gran Abel Soria, cuando el 18/02/1989 se le realizó un homenaje en el 16° Festival de Durazno, expresó: “No hay dudas que Don Wenceslao es el primero de los poetas gauchos, siendo también paradójicamente, el último”; respecto de esto último -valga la redundancia- podemos no estar de acuerdo con Soria, pero sí compartimos que haya sido quizás el último tan grande.
Otro gran oriental, Sandalio Santos, versificó en la Revista “El Fogón” N° 1, de 3/1956, cuando el poeta no había cumplido aún 50 años: “Que siga firme Varela, / con su ronda de canciones / dándonos criollas leciones / en esa su gaucha escuela, / y que aflore en su espinela / el encanto del relato, / al par que el ensueño grato, / y la verdad del consejo / y aprenda el niño y el viejo / con el cantor maragato.”.
Y si lo dicho no alcanza, recurramos entonces a su autodefinición, cosa que no podemos discutir: “Yo ensillo con mi recao / pilchas sin plata y sin oro / y como que ando en mi moro / ando siempre bien montao! / Ni poncho pido emprestao / aunque me muera de frío, / mi listao, hasta en estío / lo está pasando el sereno, / más prefiero a poncho ajeno / andrajos del poncho mío”.
Más allá de conocer su pensamiento, hemos traído estas rimas para compartir una reflexión: no sabemos en realidad si tuvo un “moro” para su silla, pero siempre habla de él como si lo tuviese allí a mano, en el palenque, o atado a la sombra del árbol más próximo al rancho. Ahora bien, Varela era un ferviente admirador de Hernández y su canto reivindicador del gaucho, y, pregunto: ¿en qué pingo andaba Fierro cuando lo destinan a la frontera…? En un “moro”! ¿Casualidad o intencionalidad de identificarse con el poeta argentino?
Muchas distinciones y homenajes recibió Varela en vida, uno ya lo citamos al remitirnos a Soria, pero vale recordar que el 6/05/1965, en el Estudio Auditorio del Sodre, Osiris Rodríguez Castillo ofreció un recital “sintetizando un movimiento popular en homenaje al poeta Wenceslao Varela”.
En su San José natal, en la década del ’70 se había constituido la “Peña Nativista Wenceslao Varela”, creada en su homenaje y con la “principal finalidad, la edición de (el libro) ‘Diez Años Sobre El Recao’”, objetivo que -por suerte para nosotros-, alcanzaron.
En 05/1988, el Honorable Senado uruguayo había aprobado por unanimidad un gran homenaje al poeta, la edición oficial de todas sus obras publicadas hasta entonces, y el otorgamiento de una pensión graciable, pero… tenemos la sensación que tal resolución quedó boyando en aguas de borrajas.
Si bien en la primera charla lo apuntamos, recordemos que había nacido el 25/05/1908, falleciendo en el sanatorio de su pueblo, aproximadamente a las 20hs. del sábado 25/01/1997, a los 88 años de edad, siendo sepultado en el Panteón Policial del Cementerio de la Ciudad de San José, siendo acompañado hasta allí por un cortejo de gente del pueblo e instituciones de a caballo.
Tras su muerte, la Intendencia Municipal de San José adquirió la casa en la que vivió el poeta y la transformó en el Museo Tradicionalista Wenceslao Varela, designando también con su nombre, la calle que pasa a su frente, siendo entonces la dirección: Calle Wenceslao Varela N° 267, con horario de visita, de martes a domingo, de 10 a 12  y de 15 a 19 hs..
También en la vecina ciudad de Florida, por Decreto Municipal N° 22 del 7/08/1988 se designó con su nombre la vía pública que va de Maestra Ana Fonsalba hasta la Avda. José P. Varela; y por si lo dicho no alcanza, el escenario de la “Sociedad Criolla Manuel Artigas”, sobre Ruta 3, en San José, también lleva su nombre. Todos testimonios, estos, de la valorización de un pueblo que lo ama
En su último libro, “Albardones”, presentado en un acto homenaje del Gobierno Nacional y Municipal, expresó: “…lo único que siento como propio es el gaucho y su destino. Y, cuando un poco cansado ya, de andar entre albardones, hago un repaso de lo pasado y pienso que, quizás pueda dar éste mi último homenaje al que, con humildad y coraje, contribuyó a forjar esta Patria que hoy tenemos.”
Agradeciendo a Daniel Líneas y su programa “Campo Afuera” por esta oportunidad de comunicarme con su audiencia, disculpen la vanidad, pero quiero cerrar éste ciclo con la última décima del verso que escribí y feché  el 29/01/1997, al enterarme de su desaparición:

Pienso al fin… que no se jué…
sacó a retozar su empeño
pa’encontrar el duro ceño
de aquel indio “Yyazuiré”…
Por siempre en su San José
su nombre… será un anhelo,
y cada vez que’n mi suelo
busque’l sentir de Varela
“Mis Manos” se hará vigüela
y canto, con Claudio Agrelo.


(Los versos de “Déjenmé en Tierra” se pueden leer en el blog “Antología del Verso Campero”)