domingo, 28 de mayo de 2017

APERO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 29 – 28/05/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Apero: llamase así, a todas las pilchas que se usan para ensillar un caballo, la suma de lo que comúnmente llamamos “juego de cabeza”  y “lomo o recado”.
480 años atrás, en nuestros orígenes, solamente ensillaban los conquistadores, y estos habían traído de la vieja Europa los dos estilos -o las dos escuelas-, en uso por esos pagos: “la silla de jineta” y la de “brida o estridote”. La primera, que era cuadrada y muy fuerte, contaba de altos borrenes o arzones adelante y atrás, lo que hacía que el jinete quedaba como encajado en la misma, con una estribada muy corta; “la de brida”, según Don Justo P. Sáenz, tenía bajo el fuste posterior, un pequeño pomo de arzón, el asiento bien mullido y los estribos largos, de manera que el jinete estribaba como nuestros criollos.
Dice Agustín Zapata Gollán en su historia de “El Caballo y el Recado”, que la silla de altos borrenes fue, “la silla de cabalgar de los conquistadores; y fue también la jineta la silla usada por los mancebos de la tierra (o sea los primeros criollos) que con Juan de Garay bajaron del Paraguay en 1573, a fundar la ciudad de Santa Fe…”, que luego se allegarán hasta las costas del Plata para fundar definitivamente a Buenos Aires trayendo los primeros arreos.
Ciento y pico de años después, ya definida la figura del gaucho, compondrán el apero: cabezada, riendas, freno, bozal, cabresto, y todas las pilchas necesarias del lomillo: bajeras, matras, caronas, casco o silla, estriberas y estribos, encimera y cincha, cojinillo, sobrepuesto y cinchón; debiendo sumarse la manea, maneador, lazo, boleadoras, espuelas y rebenque. Todos elementos necesarios para cabalgar, sobrevivir en grandes extensiones, y poder hacer la noche.
Según Octavio P. Alais (n. 1850 – m. 1915), lo apuntado corresponde a “un apero sencillo, aunque también los hay de mucho lujo, de grandes chapeaos, como antes solía decirse, esto es, cubierto de plata pura, con grandes pretales también de plata, y espuelas inmensas del mismo metal que se llamaban nazarenas. (pero) basta conocer el apero sencillo, el que el gaucho necesita para sus trabajos del campo y que le es indispensable”. “El apero es la montura de trabajo; y hay que dejar establecido que tiene su originalidad americana, su sello propio”.
Con el paso del tiempo y la mestización del caballo, el lomillo se reemplazó por los bastos partidos, sistema que permite ajustar la separación a los bastos, adecuándolos al ancho del lomo del caballo a ensillar.
Los otros dos cambios importantes son el achicamiento de las caronas, y el reemplazo de las matras por los mandiles, esto porque ya el hombre no necesitaba tender el recado para hacer cama.

Para ilustrar poéticamente algo de lo que hemos contado, recurrimos a Borís Elkin: 

("Recado" de Boris Elkin, se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

jueves, 25 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 8)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 8 – 24/05/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

Casualmente nos toca hacer este comentario casi en el día del nacimiento de Wenceslao, por lo que debemos comenzar por decir que mañana cumpliría 109 años.
Muy someramente vamos a desandar el trillo de las creencias, la religiosidad, la fe del poeta.
Desde lo personal siempre anidaron en mí las dudas respecto de la religiosidad del gaucho; éste supo de Dios y lo respetó, pero fue poco afecto a los ritos de la iglesia; no obstante en cada rancho por lo general no faltaba una imagen de la Virgen, aunque la atención del rezo -cuando se lo conocía-, era éste patrimonio de las mujeres de la casa; y cuando por casualidad se asistía a una parroquia, a no ser por el casamiento o un bautismo, ingresaban las mujeres y el hombre esperaba afuera que terminara el oficio.
Más allá de lo referido, el hombre practicaba ciertos formulismos, como persignarse ante una tumba, o expresar “Dios lo ampare” ante un muerto o alguien que se “desgració”, o aquella rutina presentada con sentimiento cuando un niño ante el abuelo o una persona mayor y de respeto, hincándose le pedía “La bendición, Tata”, recibiendo por respuesta. “Dios lo haga güeno”.
A estos ritos se limitaba, a mi entender, la religiosidad del gaucho.
Creo que con Wenceslao pasaba lo mismo, pero siendo éste un poeta de fina inspiración lo reflejó en versos profundos y sentidos.
Uno de ellos es “Me Visitó la Virgen”, delicadísimos ocho cuartetos alejandrinos (o sea de 14 sílabas, el verso más largo), donde casi que hincado canta a esa supuesta aparición milagrosa, y dice que al verla se “santiguó”, y que después, en señal de respeto y admiración  “me puse pa’adorarla el chiripa más nuevo, / y mozo por ajuera y por adentro niño / la contemplé con todo mi proverbial respeto. // Qué linda estaba, llena de celestial belleza…”, y cuenta que después de esa visita, “…sin saber la causa me siento más contento…”.
Otro verso muy puntual como el recién mencionado, es el que titula “La Misa” dentro de la obra “Diez Años Sobre El Recao”. En él nos cuenta que estaba en pareja con una entrerriana, y que en una ocasión al llegar al rancho, ella le avisa: “Compañero, viene un hijo / a alegrar el rancho suyo…” y le comenta que le ha prometido a la Virgen “Ir los dos, mañana, a misa…”, y él consiente diciendo “…Si el moro quiere que usté / se le siente sobre’l anca…”.
Al otro día, cumpliendo con lo prometido nos cuenta: “La misa había empezao / y tal silencio reinaba, / que se óia si se cortaba / una tela en el quinchao; / busqué un rincón apartao / pa’ hincarme con mi entrerriana. / Blanca melena lozana / el sacerdote lucía / y el chiripá se le vía  / al abrirse la sotana.”. Agudo detalle describe: el cura estaba de chiripá.

Cerrando este aspecto, y como homenaje al amigo Manuel Rodríguez que está cumpliendo 93 años y siempre tuvo este poema en su repertorio, nos vamos con los versos de “Ruego”:

(Los versos de RUEGO se pueden leer en el blog "Antología de Versos Camperos")

domingo, 21 de mayo de 2017

PALO A PIQUE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 28 – 21/05/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.


Hasta la aparición del alambrado, el hombre de campo se las tuvo que ingeniar bastante para la construcción de: las poblaciones, los cercos, los corrales, recurriendo a los elementos que le brindaba la naturaleza de su zona: piedras, tierra, cinas-cinas, talas, tunas, cueros, etc.
En anteriores oportunidades nos hemos referidos a la escases de montes naturales para la obtención de buena madera, y lo mismo expresó José Hernández en su “Instrucción del Estanciero”, cuando escribió que en los campos de pa’juera “allá faltan las maderas, no hay medio fácil de proporsionárselas, y por lo tanto los corrales son de zanja; y por cierto muy buenos y seguros”.
Por eso a medida que el hombre fue adaptándose, afianzándose y dominando el ambiente, se encargó de llevar lo que necesitaba de los campos de pa’dentro, y en este caso puntual la provincia de Entre Ríos fue la principal proveedora de palos de ñandubay, los que bien pelados, y enterrados adecuadamente, se decía que podían aguantar siglos sin deteriorarse.
¿Por qué puntualmente hablamos del ñandubay? Porque fueron los postes casi exclusivamente usados para la construcción de corrales de ‘palo a pique’, y a veces hasta de paredes de ranchos para hacerlos más fuertes.
Y… qué es el ‘palo a pique’? cualquier diccionario explica que es un palo o poste enterrado perpendicularmente en tierra y bien apisonado, y muy junto un poste de otro.
Siguiendo con Hernández, que ha sido muy puntilloso y detallista en todo lo que apuntó en su libro ya citado, nos dice que los postes de ñandubay se preparaban en 4 categorías: “postes, medio poste reforzado, medio poste liviano y estacones”. Luego da el largo y grosor de cada uno, y de los postes, que juegan un papel principal en la construcción de los corrales, explica: “El poste debe tener 14 cuartas de alto (aclaramos: unos 3.60 mts.) (...y…) debe tener 18 pulgadas (casi 46 cms.) cuando menos de circunferencia a una vara (o sea 86 cms.) del último corte. Debe tener 12 pulgadas (unos 30 cms.) por los menos (…) a las 10 cuartas (o sea los 2 mts.)”. Y en su meticulosidad hasta aporta el precio que, dice: “es generalmente de 18 a 20 pesos moneda corriente cada palo”. Estamos en 1881.
En cuanto a plantar los ‘palos a pique’, dice que debe comenzarse por abrir una zanja angosta de una profundidad de 60 cms., y en ella, cada unos 4 mts. y medio, se hace un pozo de 40 cms. (que con  los 60 ya abiertos se llega al metro), donde van “los principales” o sea morrudos postes, que son los que van dando la resistencia a la pared del corral.
En los primeros corrales las ataduras se hacían con lonjas de cuero, y Hernández aporta experiencia: “…si fuese atado con guasca, ésta debe ser lonjeada, pues si es peluda dura menos, en razón de que el pelo conserva humedad, se pudre fácilmente con las lluvias, y esto puede causar daños cuando se encierra”.
En la zanja abierta, después del primer “principal” comienzan a ubicarse los siguientes palos, buscando siempre que las curvas queden para afuera, “La tierra debe afirmarse a pisón, por camadas”. Concluida la construcción, se recortan las puntas buscando que queden todos los palos de la misma altura.
Si bien mayoritariamente a estos corrales se los hacía redondos, Hernández aconsejaba hacerlos cuadrados, opinando que así las paredes quedaban más fuertes.

Dijimos corrales y paredes de ranchos, pero también los fortines en su fortificación tenían un cerco de ‘palo a pique’ al igual que las construcciones de las estancias pioneras en el desierto.
(Las décimas de "Palo a Pique" de Charrúa se pueden encontrar en "Antología del Verso Campero")

miércoles, 17 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 7)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 7 – 17/05/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.


Ya sabemos de su capacidad poética, de su calidad de escritor, pero… los que nunca estuvimos con él nos preguntamos: ¿cómo era físicamente?
La verdad que la mayoría de las fotos que ilustran cuantiosos reportajes que atesoramos, lo muestran de medio cuerpo, o simplemente el busto, por lo general tocado de aludo sombrero, puesto como solo sabe hacerlo quien está habituado al uso de tal pilcha. La vestimenta es siempre ciudadana: camisa de cuello con corbata y saco, y a veces finas cintas hechas moño. Cierto que tampoco faltan aquellas imágines en que una boina cubre su cabeza cana.
Pero a raíz de su fallecimiento, el diario El País de Montevideo, el domingo 26/01/1997 publicó una nota evocativa que firma Nelson Domínguez “El Guruyense”, a la que ilustran dos imágenes: la última foto que se le tomó, y otra de un Wenceslao joven.
La tengo frente a mí, y de su observación intento una descripción: de regular estatura y muy bien plantado, viste ropas paisanas de trabajo, y se lo nota -aunque flacón como siempre fue- fuerte y de buena presencia. Se nos ocurre pensar que la toma debe ser de la década de 1940, y entre 35 y 40 años de edad le calculamos. Le cubre la cabeza su característico sombre negro bien reclinado a la derecha, dejando la frente y la mirada libre de obstáculos; viste su busto una camiseta blanca de manga corta, y anudado al cuello pero bastante flojo, un pañuelo oscuro. Faja y tirador angosto con una rastra chicuelona le ciñen la cintura, asujetándole sobre la pierna izquierda un largo culero que cae hasta algo abajo de la rodilla; también prendidas a la cintura lleva un juego de boleadoras. Botas fuertes calzan sus pies. Y como si estuviese en una yerra o en la antesala de la misma, una de sus pasiones cuelga naturalmente de su mano diestra: el lazo, dándonos la impresión que es bastante largo.
Podríamos completar lo dicho con la imagen literaria que nos deja Sandalio Santos, destacado poeta y periodista uruguayo de su misma generación como que había nacido en Pando en 1903. Antes de que en 1947 se produjera la publicación del libro de poesías “Vinchas”, la editorial Cisplatina le pide escriba el prólogo, y él rememora que no conocía personalmente a Varela, y de su obra solo tenía un vago conocimiento, más que nada por la voz de los cantores. Nos cuenta: “Acepté la tarea, leí el libro y luego quise conocer al autor. A tal efecto me trasladé, sin previo aviso, a la Ciudad de San José (…). Me encontré allí a un hombre joven aún (Wenceslao tenía entonces 38 años), vestido según la costumbre de nuestros paisanos y sin ninguna de las ‘poses’ afectadas de los que se visten de criollos para impresionar al auditorio. Nada tampoco me hizo, exteriormente,  presentir en él ni en su casa, a un escritor profesional; esto me reconfortó bastante. Hablamos largo…”.
 Completamos su figura espiritual con un recuerdo de los tiempos niños de su hija Primavera de María: “…la felicidad de los niños no necesita viajes a Punta o Disney, pues nos bastó y nos llenó de gozo el esperarlo con nuestra madre a la vuelta del Molino en las noches de verano para irnos a la Picada de las Tunas y en medio del río escuchar las historias de ‘Juan El Zorro’, sin más salvavidas para mis hermanos más arrojados que un tronco de ceibo o una cámara de auto”.
En ese pensar en sus hijos y la familia, también andaba el personaje central del “Romance Para un Ladrón de Potros”, pero con un final muy distinto, aunque Wenceslao, que de caballos, contrabandos y cruces de río sabía mucho, aprovecha para sembrar de verosimilitud lo que su pluma narra.

Presten mucho atención en lo que la letra dice, no, en cómo está dicha.

(En el blog "Poesía Gauchesca y Nativista" se pueden leer los versos arriba aludidos)

domingo, 14 de mayo de 2017

CARRETA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 27 – 14/05/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Puede decirse que fue el transporte desde la época colonial y hasta casi el nacimiento del Siglo 20, y en su lento trajinar abrió caminos de este a oeste y de norte a sur.
Como ya lo dijimos al hablar del boyero, las carretas criollas, pesadas y lentas, siempre fueron tiradas por bueyes, y por la falta de buenas sendas y dependiendo muchas veces de las condiciones del tiempo, andar en una jornada cinco leguas (unos veinticinco kilómetros), era un buen promedio. Imaginemos entonces lo que significaba un viaje de Santiago del Estero a Buenos Aires o desde ésta a Mendoza. Pensando en eso, es que sin duda podemos afirmar que aquellos carreteros hicieron Patria.
Es común que se cite a la provincia de Tucumán como cuna de fabricación de carretas, y esto posiblemente porque allá por fines de la centuria del 1500, el Gobernador Ramírez de Velazco, ordenó construir a su cargo cuarenta carretas, armando con ellas lo que podríamos definir como “una flota”, en la que cada vehículo era tirado por tres yuntas de fornidos bueyes. Pero también las provincias de Corrientes y Mendoza se encargaron de producir carretas.
Para transitar grandes distancias y dependiendo de la inseguridad de los caminos, como una forma de protección para un largo viaje, se organizaban grandes tropas que quedaban al mando y bajo la responsabilidad de un capataz, que al decir de Pedro Inchauspe: éste era un “jefe absoluto y hombre valiente, que podía herir y hasta matar al que se le insubordinase, sin  que la justicia le pidiera cuentas”.
Artemio Arán, siempre poético para dar sus opiniones, la llamó “vagabunda ranchada de la pampa”, y memorando allá por 1940 que ya no se la veía, agregó: “No oigo sus rezongos al enderezarse en los barquinazos. Ni el lamento de sus ejes de madera, ni el crujir del pértigo en esa marcha al tranco (…) que enredaba leguas”.
Mucho y variado le han cantado los poetas, y no podemos olvidarnos que el oriental Romildo Risso le escribió unos versos que han recorrido el mundo: “Los ejes de mi carreta”, donde por allí dice: “Porque no engraso los ejes / me llaman: abandonao; /¡si a mí me gusta que suenen! / ¿pa’ qué los quiero engrasao?”. Lo que pocos saben es que Evaristo Barrios -poeta y payador nacido en Abasto, partido de La Plata-, le retrucó con “Los ejes de tu carreta”, tres décimas que comienzan diciendo: “Es más que gaucho haragán, / el que no engrasa los ejes, / es mejor que no los dejes / tan reseco como están”.
Respecto a ¿cómo eran? aquellos vehículos, vale la descripción del siempre atento cronista Concolorcorvo, quien poco antes del año 1750 testimonió: “la dos ruedas son de dos y media varas de alto (…) cuyo centro es una maza gruesa de 2 o 3 cuartas; en el centro de éstas atraviesa un eje de 15 cuartas sobre el cual está el lecho o cajón de la carreta.
Esta se compone de una viga que se llama pértigo de siete y media varas de largo, a que acompañan otras dos de cuatro y medio, y éstas unidas con el pértigo, por cuatro varejones que llaman teleras, y forman el cajón, cuyo ancho es de vara y media. Sobre este plano lleva de cada costado seis estacas clavadas y en cada dos va un arco, que siendo de madera a especie de mimbre, hacen un techo ovalado. Los costados se cubren de junco tejido (…) y por encima para preservar las aguas y soles se cubren con cueros de toro cosidos,… (…) En las carretas no hay hierro alguno ni clavo, porque todo es de madera”. Justamente dijo don Félix Coluccio que aquellos vehículos cuyos costados son de madera, no deben llamarse carreta sino “carretón”.

Recordamos que la vara, medida varias veces citada, mide 86 cms.
(Los versos de "Las Carretas" se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

jueves, 11 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 6)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 6 – 10/05/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

“El Rastreador” ha sido sin duda una de las letras que lo ha trascendido a Wenceslao, y es que hay allí un dechado de conocimientos, aunque… para decir la verdad, en algunos puntos nos quedamos pensando, o como se dice “en ayunas” al no saber interpretar alguno de esos decires. No sé si a otros les pasará lo mismo. Pero siendo el poeta un hombre al que admiramos por sus vastos conocimientos, le damos la derecha, razonando que lo que dijo, ¡por algo será que lo dijo! Puede que haya algunos regionalismos orientales que no manejamos nosotros, como que también algunas cosas se remontan a un tiempo viejo que no hemos conocido, y por falta de práctica o de necesidad, esos menesteres han ido cayendo en el olvido.
De los escritores argentinos Wenceslao siempre destacaba a Hernández, autor de “la obra mayor que leemos y leemos y volvemos a leer, el enorme Martín Fierro”, pero en prosa no retaceaba decir “me gusta Sarmiento, muy cáustico…”.
Casualmente Sarmiento, que no dudó en negar al gaucho, en su libro “Facundo”  hace un encendido retrato del “rastreador” y, vaya contradicción: ¿qué no fue un rastreador sino un gaucho?
No lo sabemos en la República Oriental, pero en nuestro país, se ha hecho hincapié que los mejores rastreadores están en las provincias andinas; en este punto vale citar que el Gral. Lucio Mansilla aseguraba que los mejores rastreadores están en las provincias de San Juan y La Rioja.
El personaje central del relato de Sarmiento, se llama Calíbar, y es sanjuanino como quien lo pinta; hace dos o tres descripciones de sus logros sobre trilladas huellas, y cierra con ésta interrogación que magnifica al personaje: “¿Qué misterio es este del rastreador? ¿Qué poder microscópico se desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime criatura es la que hizo Dios a su imagen y semejanza!”.
Con seguridad que Wenceslao se detuvo  y releyó esta página.

Prestémosle ahora atención a todos y cada uno de los detalles que plantea y describe el poeta al ir desandando su verso. Y ya que éste es un poco largo -12 décimas-, hagamos más corta la charla habitual, y centrémonos en la lectura de “El Rastreador”, obra con la que se abre el libro “Vinchas”, y que dedica: “A nuestro gran poeta nativista don Fernán Silva Valdés”.
(Las décimas de "El Rastreador" se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 7 de mayo de 2017

YARARÁ

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 26 – 07/05/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Es un ofidio venenoso de amplia dispersión en América del Sur que se encuentra también por casi todo el territorio de nuestro país, con la única diferencia que la que habita en el territorio patagónico es de menor tamaño. Por lo tanto está también en nuestra campaña pampeana.
Unos cinco años atrás, la Universidad Nacional de La Plata informaba a través de las páginas del diario El Día: “Las serpientes de la Provincia, bajo la lupa de científicos platenses”. Por esa nota nos enteramos que en la provincia, los sitios en que más abunda la “yarará”, se ubican en el noreste, y en el sur, fundamentalmente en los cordones serranos que la atraviesan de oeste a este hasta adentrarse en el mar, llámense Sistemas de Ventania (conformado por las sierras de Puan, Pigüé, Curamalal, Las Tunas y Pillanuincó), y de Tandilia (con las sierras de Azul, Bayas, Balcarce, Tandil, de los Padres, Quillalauquén).
“Yarará” es una palabra de origen guaraní, derivada de la voz “jarará”,  que debe significar: “víbora muy ponzoñosa”.
Se la conoce también como “yara” y “víbora de la cruz”, y en el Uruguay se la denomina “crucera”.
Es un ofidio de importante tamaño, habiéndose encontrado ejemplares de hasta 1.80 mts., pudiéndose decir que el tamaño promedio está en el 1.20 mts. La hembra siempre es de mayor tamaño, más larga.
Su color es castaño claro, y los dibujos del lomo y costados, con forma de ángulos y semicírculos, son de un castaño oscuro; la zona ventral es de un blanquecino manchado. La cabeza es de forma triangular con escamas pequeñas, y tiene allí el dibujo de una cruz.
Carece de buena vista y tiene poco oído; es un animal sensorial, que reconoce el terreno mediante la lengua, y reconoce otras presencias a través de las vibraciones que percibe su vientre apoyado en el suelo.
En realidad no es agresiva, pues más vale rehuye el contacto con los humanos, pero si descubierta por el hombre es molestada, o si sin querer se tropieza con ella, ataca y muerde. En este caso, al inmediato dolor se suma la sensación de calor y ardor, que se continúa con dolor de cabeza, vómitos, diarreas y convulsiones.
Actualmente, los sueros antiofídicos resultan muy efectivos, contando el herido con 12 horas a partir de la mordedura, para poder hacerse la aplicación.
Sus hábitos son casi nocturnos, pues al atardecer abandona su escondite para alimentarse con pequeños roedores, moviéndose hasta que las primeras claridades del día la llaman a sosiego.
(Los versos de "Yarará" de Héctor Pablo Robini se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

miércoles, 3 de mayo de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 5)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 5 – 26/04/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

Ya hemos dicho que la existencia de don Wenceslao, ha sido la de una vida sufrida, de trabajo, preñada de humildad, carente de riquezas, pero pletórica… riquísima en saberes empíricos, en los conocimientos de la experiencia: la propia y la heredada de los mayores.
Viene entonces a cuento, decir que no solo fue poeta -tal como todos lo conocemos-, pues también fue escritor de cuentos. Tremendos relatos con una descarnada realidad campeando en cada página de sus libros, porque fueron dos los que publicó; primero, “Nazarenas de Hierro”, en 1974, y ya sobre el final de su vida “Albardones”, en 1996.
Por suerte, como un reconocimiento a su prolífica producción criolla, y en una tendida de mano -una cuarta, diría- que le facilitó la publicación, fue el Ministerio de Educación y Cultura quien se encargó de la edición, siendo presentada esa, su última obra, en el Teatro Macció de su ciudad con el patrocinio de la Intendencia, donde pudo el autor, ese humilde Wenceslao Varela, comprobar y recoger a manos llenas, el cariño de sus compoblanos y de aquellos seguidores que se acercaron aquel día a acompañarlo, y por qué no, a despedirlo también, porque muy poco después se marchaba de la vida, satisfecho ya al saber que el pueblo y los gobernantes lo habían reconocido y homenajeado públicamente.
Para las pretensiones de esta columna se nos hace imposible dar lectura a uno de esos cuentos, pues resultan largos; pero quienes tengan oportunidad de leerlos comprobaran con cuantas tristezas y dolores están concebidos; se enseñorea en ellos la pobreza del hombre de campo poco amparado por los designios de la vida… y de los gobiernos, que son los que deberían darle el bienestar al pueblo… o me equivoco…?
Pero de esos cuadros de ambiente pobre también se han vestido sus poemas, y si no sirvan de ejemplo “El Yaro”, “Ruego”, “El Chasqui Feliciano”, “Romance para un ladrón de potros”… alguno de los cuales ya trataremos de decir para compartir con los oyentes.
Y en este lote ocupan un lugar de privilegio porque han sido muy usados por interpretes del verso y el canto, los trágicos quince cuartetos de “Fidel”. Historia que intuyo, excede las fantasías de poeta, para ser un retrato de hechos iguales o parecidos de los que el autor supo o conoció directamente, porque sin duda, que sucesos como ese ocurrieron tanto en la campaña oriental como en la porteña.
(Los versos de "Fidel" se pueden leer en el blog "Antología del verso campero") 

domingo, 30 de abril de 2017

PULPERÍA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 25 – 30/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Se ha dicho que la “pulpería” fue un mojón civilizador, al menos así tituló Don León Bouché, a su breve pero interesante libro sobre el tema.
Si bien quien se instalaba a pleno campo con una “pulpería” lo hacía fundamentalmente atraído por el rédito económico del negocio, siendo a su vez dueño sin esfuerzo de un monopolio, pues quienes se allegaban a vender plumas de ñandú, cueros de nutria, pumas y venados o atados de cerda, entre otras cosas, estaban prisioneros del ofrecimiento del “pulpero”, pues de no gustarles la paga no tenían a quien ir a venderle su producto, terminando por cerrar negocio con ese “pulpero”, negocio que no pasaba de un trueque, pues el casual proveedor terminaba surtiéndose allí para cubrir sus necesidades. No obstante este punto de neto interés comercial, las “pulperías” fueron una avanzada criolla, pues por detrás de donde se iban extendiendo las estancias cimarronas, allá iban ellas, instalándose en sitios sin población alguna y dando por allí el nacimiento a algún paraje en la vasta llanura.
Al respecto, Don Carlos A. Moncaut, en su enjundioso “Pulperías – Esquinas y Almacenes de la Campaña Bonaerense”, comienza sentenciando: “La estancia y la pulpería criolla corrieron juntas el mismo destino. Siendo la estancia fortín, posta y avanzada en el desierto, la pulpería cumplió sus múltiples funciones secundarias. Antes que nadie ganó el desierto, plantando los cuatro palos de su rancho. El pulpero se afincaba en su pulpería; era su domicilio. Allí vivía, peleaba, renegaba, luchaba, se defendía, se casaba o no se casaba, pero sí, tenía muchos hijos. Eran por lo general analfabetos, pero lo que sabían bien era llevar los libros del negocio; desde luego, a su manera, pero los llevaban. (…) La pulpería fue rural y gauchesca por antonomasia. Fue la verdadera triunfadora sobre la soledad…”.
Con la voz “pulpería”, pasa lo mismo que con la expresión “gaucho”: no sabemos con certeza, cuál es su origen, qué les dio nacimiento.
Son  muchos los que han insistido con que “pulpería” deviene de la voz mejicana “pulque”, que es una bebida por el estilo de nuestra norteña “aloja”, del que deriva el nombre del lugar donde se lo expendía, al que se llamaba “pulquería”; y que de ésta, por malformación, surgió “pulpería”… pero podemos adherir a otras versiones.
Por ejemplo, José Bossio, en su “Historia de las Pulperías”, refiere que “… fue el comercio en el que se vendió toda clase de  géneros que sirvieran al mantenimiento de la población.”, y para esto se remonta a 1627 cuando el cura Pedro de Simón informa “…pulpero es que el vende en público frutos de la tierra y de Castilla, fuera de ropa, particularmente cosas de comer no guisadas”, y más adelante hace esta curiosa comparación: “a los pulperos los llamaban así porque tenían muchas cosas para vender (…) al modo que los pulpos tienen muchos pies”. A esto se agrega un informe publicado en Madrid en 1647 sobre Perú (donde no corre el pulque), en el que se expresa: “…en la pulpería se venden plátanos y miel, además de vino, queso, manteca, aceite y otras menudencias”. Y esto ya es parecido al comercio de nuestras pulperías, con las variantes lógicas de los productos de una región tan distante. Más adelante el ya citado Bossio remata: “…el origen de pulpería es la voz ‘pulpa’ como la creación de un nuevo término español a través de la chispa de sus hombres,…”.
Lo cierto es que la “pulpería” fue el club de nuestros gauchos, el lugar de socialización, de encuentro, de diversión,  de una comunidad dispersa en la inmensidad de la llanura. 

(Los versos de "Pulpería La Colorada" de V. A. Giménez, se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")

miércoles, 26 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 4)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 4 – 26/04/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

La semana pasada, cuando compartíamos las décimas de “Modestia Aparte”, veíamos que el autor o el personaje de la obra -a nuestro entender el mismo Wenceslao-, habla de sus condiciones en la vida campera, y también de sus apetencias y habilidades en distintos juegos propios de la vida rural, entre los cuales está el de la taba, y decía: <…en la taba soy certero y muy cebao a ganar, durísimo de aguantar cuando el güeso es de mi gusto. De ver plata, no me asusto cuando me afirmo a “clavar”>.
No esta la única vez que se enanca en ese tema, pues ya en “De Cuero Crudo”, libro publicado a mediado de los años ‘50, en los cuartetos de un sentido versos titulado “Taba”, también reflexiona: “¡Por vos robé baguales entrerrianos, / pasé cien contrabandos pa’ mi Patria, / copé paradas sin tener ni un peso / y pelié sin razón, por vos, malvada!”. Se ve que sabe bien que es la taba y cuales las consecuencias de aficionarse a ese juego.
Por otro lado, lo dicho en ese cuarteto, donde vuelve a hablar de tropear yeguarizos y de contrabandear en la frontera argentina/uruguaya, hace que inmediatamente lo relacionemos con lo mucho contado en “Diez Años Sobre El Recao”, donde nos cuenta también de juegos de monte, de riñas de gallos, de cuadreras y parejeros, y por supuesto: de jugadas de taba!
En más de una ocasión alardea de “las 22 clavadas”, lo que nos hace suponer que era el propio Wenceslao el habilidoso con el “güesito” o “la baya”, como la nombra en sus décimas.
El verso que hoy nos motiva este comentario, “Ni Amor Ni Juego”, tiene ambientado su desarrollo en la provincia de Entre Ríos, y a ojos e interpretaciones de hoy, es bastante cruel con la mujer, al ponerla como objeto de disputa; pero cierto es también, que siendo dos hermanos, o dos amigos “como hermanos” los que se juegan su amor, lo hacen de tal modo para no dirimir supremacías chocando el filo de los aceros con lo que, además,  hubiesen puesto en juego sus vidas, que eran las de dos hombres que se respetaban y apreciaban.

Hay que analizar las evocaciones que hace antes de recalar en lo trágico del juego, esa última tenida que lo marcó para siempre, como buscándole explicación a lo inexplicable que le resulta, pasado el tiempo, no entender ni convencerse por qué, siendo tan seguro en el tiro y en la clavada, hubo fayado en la circunstancia más crucial de su existencia, cuando más que nunca necesita tener de su lado a la malhadada suerte.
(Las décimas de "Ni Amor Ni Juego" se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 23 de abril de 2017

CUADRERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 24 – 23/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

CUADRERA
Ya dijimos al hablar del “parejero”, que las carreras “cuadreras” tuvieron amplia y popular difusión en el ámbito del campo “porteño” (como antaño se decía), en el Siglo 19, la centuria del 1800. Y con esa definición han llegado al presente, tiempos en que la proliferación de los circos hípicos (los hipódromos), no ha logrado desplazarlas ni anularlas del todo.
Recordemos que lo de “cuadreras” viene a cuento porque las distancias a correr se medían en cuadras, siendo ésta una medida usual desde la época de la colonia; y de otra medida que provenía de los tiempos de Don Juan de Garay, la vara, aquella que mide 86 centímetros, deriva la palabra “varear”, que es el entrenamiento para preparar el “parejero”.
Hoy hay canchas especialmente preparadas para el desarrollo de las cuadreras, pero antaño, según nos cuenta Octavio Alais, quien vivió en la segunda mitad del Siglo 19: “En estas reuniones, que siempre se efectuaban en días festivos, tomaban parte los caballos de mayor fama por su ligereza, que acudían de varias leguas a la redonda (…) Comúnmente el iniciador de las carreras era el mismo pulpero por la cuenta que le traía, pues la reunión de gente, atraída por el espectáculo, aumentaba considerablemente el despacho hasta equivalerle las entradas, en un día de carrera, a la venta de varios meses”.
Antiguamente, antes de las carreras por dos sendas, se desarrollaban las “carreras a costillas”, por una senda, recostándose un caballo contra el otro y donde prácticamente todo estaba permitido.
Dice Rapela que el primer “reglamento” ordenador de las cuadreras que se conoce, apareció en Corrientes hacia 1856, y allí ya se estipula sobre las “carreras por andarivel”, o sea, las canchas conformadas por dos sendas o huellas de unos 50/60 centímetros de ancho cada una, separadas una de otra por metro y medio/dos metros, espacio en cuyo centro se tiende el hilo, apoyado a una altura de medio metro, en livianas estaquitas, demarcando así los espacios por donde correrá cada competidor.
En nuestros pagos, según el mismo informante, fue durante el gobierno de Emilio Castro cuando se promulgó un “reglamento” propio por 1870.
Toda carrera, además de los dos competidores, cuenta con otras dos personas que juegan un papel muy delicado y comprometido: el abanderado -que es el largador-, y el juez, rayero o sentenciador, que es quien da el fallo final y sobre quien recaen todas las responsabilidades cuando hay que decidir un final cabeza a cabeza.

No debemos pasar por alto que a estas topadas, para diferenciarlas a las de los hipódromos se las suele denominar “carreras de campo”. También ocurría y ocurre que al concertarse una carrera entre dos parejeros mentados, se establece lugar, se fija fecha, y se deposita parte del dinero en juego. Y se llama a eso “una depositada”.
(En "Antología del Verso Campero" podrá leerse "¡Largaron!", que completaba  este texto)

miércoles, 19 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 3 – 19/04/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

MODESTIA APARTE
Hablábamos el miércoles pasado, de los años en que Wenceslao anduvo “tropiando yeguarizos” en la frontera argentina/uruguaya, los que andando el tiempo le sirvieron de inspiración para escribir -a mi entender- su máximo libro: “Diez Años Sobre El Recao”.
No nos ha dejado dicho cuales fueron esos diez años, y si bien la portada del libro en su primera edición de 11/1978, marca como un calendario que se deshoja, abarcando los años 1919 a 1928, justo diez años, nos plantea una duda considerando que nació en 1908, y en el 19 apenas hubiese tenido 11 años, lo que nos deja pensando respecto de esa dura pero nutricia etapa de su vida. De todos modos considero que si ese período de vivir a lomo de caballo existió de forma corrida, tiene que haber sido a temprana edad, ya que a los 24 años -o sea en 1932-, se estaba casando con su amada Amanda.
Cuando por mediados del año 1989 en un  largo cuestionario lo interrogaba diciéndole si en su mocedad “tuvo algún amigo mayor o algún paisano curtido que le diera su consejo y enseñanza en el quehacer campero”, respondió: “¡Sí! Uno que fue hermano y compañero, el entrerriano Faustino Pereyra…”, y no sé por qué, a mí se me antoja que debe haber sido su aparcero en aquella aventura, porque más adelante agrega “él fue tropero conmigo, un gaucho”.
No solo fue tropero y domador -como ya apuntamos en la charla anterior cuando contamos que a su primer libro lo escribió mientras andaba domando por las estancias-, sino que supo desempeñarse en todas las tareas rurales, y de ellas, según su propia palabra: “Creo que me sentí más cómodo con el lazo en la mano… fue lo que más me gustó… pero conocí hombres más camperos que yo”. Y dijo esto cuando ya tenía 81 años.

Pero volviendo a su “Diez Años Sobre El Recao”, al que por supuesto retornaremos en alguna otra charla de este ciclo, por hacer una pintura sobre su persona, nos concentramos en las primeras diez décimas del libro, a las que Wenceslao titulara, con total confianza, como si con su sobrada maestría hiciera su mejor tiro de lazo, “Modestia Aparte”, que así dice…
(Las décimas de "Modestia Aparte" -que completan la charla- se encuentran en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 16 de abril de 2017

PAREJERO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 23 – 16/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

PAREJERO
Si hay un entretenimiento ecuestre y criollo que junto con “la sortija” se ha mantenido vigente en las costumbres rurales desde la época de la colonia, es el de las carreras cuadreras, y éstas tienen su razón de ser, en la participación de los “parejeros” que las disputan. Nómbrase así a los caballos preparados de ex profeso para competir, para correr, y aquello de “parejero” viene de que dichas carreras se corren de a dos, o sea “una pareja” o yunta, la que la disputa.
Don Octavio Alais, que vivió entre 1850 y 1915 y nos legó “El Libro Criollo”, nos cuenta: “Generalmente eran parejeros, como se les llama, caballos criollos que demostraban cualidades especiales o que se distinguían por su ligereza, a los que a veces se cuidaba con especial dedicación para el camino, como se decía entonces…”.
Parecería ser que durante los años de gobierno de Don Juan Manuel de Rosas las cuadreras tuvieron gran difusión y eso llevó a que prácticamente quien más quien menos, a tapa y ración, o bien como “crédito” en la tropilla, tuviese un animalito para despuntar el vicio, porque bien aclaró Hernández que “siempre un criollo necesita un pingo pa’ fiarse un pucho”.
En su reconocido trabajo “Conozcamos lo Nuestro”, Enrique Rapela aborda el tema de los “parejeros”, y dice: “Fue tal el auge en la Provincia de Buenos Airess que era muy común ver en cualquier rancho, por pobre que fuera, un buen parejero (entropetado y luciendo una manta que era muy superior a cualquier prenda de vestir del paisano poseedor de tal pingo) atado ‘alto’ bajo la bienhechora sombra de un árbol”.
Mientras que en los circos hípicos los puros que disputan las pruebas son “enteros”, en las carreras de campo por lo general los “parejeros” han sido caballos castrados, con lo cual de ser un gran exponente, estaba impedida la continuidad representativa de esa buena sangre.
Ha existido la costumbre de “varear a estaca” y también la más común de “varear montado” saliendo por tanto a la huella o el camino vecino para hacerlo.
“Don Alejo Moreira, viejo criollo oriental, nacido en Mercedes y llegado a la provincia de Santa Fe en 1887, daba en Tacurú, dpto. de San Cristobal, en 1945, a los 94 años, la información siguiente sobre el procedimiento para ‘preparar’ (o sea ‘componer’) un caballo de carrera: después de purgar al caballo, durante 15 días se lo alimentaba despacio, y luego se le daban 4 raciones diarias en verano y 3 en invierno, completando 2 kilos de maíz y 6 de alfalfa. Después de cada ración se le hacía caminar una legua de ida y vuelta a la madrugada (…) para estos paseos se le ajustaba la cincha después de darle de comer, para caminarlo trecho a trecho aflojándosela un rato y volviéndolo a cinchar después del descanso”.
Parejeros famosos fueron: “Guerrero” del Gral. Ángel Pacheco, “Esperanza” de Lafone, “El Oscuro” de Hornos, “El Santarritero”, “El Chuli”, pero el más célebre de todos resultó el invencido “Pangaré Buey” del Cnel. Machado.         
(Las décimas de "El Zaino Colorao" se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")                     

miércoles, 12 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 2 – 12/04/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

EL AMIGO
Tuve la suerte que los versos de Wenceslao ya anduvieran en mi casa cuando era apenas un gurisito de 5 o 6 años; ocurre que un conocido de la familia, sobre todo de los Mercante Castagnaso, nativos de Bavio -Cacho Bianchi se llamaba-, viajaba frecuentemente a Montevideo, y era común que al regreso se apareciera con algún libro del gran poeta que encontraba en alguna librería; así se me hizo habitual la lectura de “Vinchas – poemas del terruño”, “De Cuero Crudo – versos gauchos” y “Candiles – versos gauchescos”, y entonces temas como “El Barcino”, “Tramojo”, “Por la Muerta” o “Cardozo” se me hicieron aparceros.
La de Varela fue siempre una vida sufrida, de familia humilde con varios hijos y muchas necesidades, y quizás que esas marcas del destino le imprimieron a su decir escrito, profundas huellas de dolor, de sufrimiento; hay que leer con detenimiento su obra y se encuentran en muchos pasajes esa cicatrices. Lo cual no le quitó ni le menguó cariño ni dulzura cuando las circunstancias lo exigían, sobre todo cuando tenía que referirse a la familia.
Cuando en 1946 publica “Vinchas”, se lo dedica a su esposa: “A mi querida Amanda: mujer que encendió con besos el calor de mis triunfos y regó con lágrimas la inerte frialdad de mis derrotas”.
Más o menos unos diez años después, en el cierre de su libro “De Cuero Crudo”, es su madre -Lola C. de Varela- la que expresa: “Mi hijo Wenceslao me ha brindado una nueva satisfacción, con las condiciones literarias de sus poesías que tienen tanto sabor a nuestras tradicionales costumbres camperas”, para que no se escape el concepto, repito: “tanto sabor a nuestras tradicionales costumbres camperas”; y desde la dedicatoria replica el hijo: “A mi madre, que vive saturando sus silencios evocativos con recuerdos del heroico y bravío pasado oriental”. Y en esta labor de mostrar su costado más íntimo, menos doloroso, en “Candiles” -que dedica a sus tatas- dice: “A mis padres, para que, en la tenue luz de mis “Candiles”, llenen sus ojos opacos y activen el ritmo perezoso del corazón cansado”. Que a pesar de lo azaroso de su destino, supo mantener vivo ese espíritu agradecido, sencillo, simple, casi como hasta conforme de haber podido existir en este mundo.

Cuando Víctor Velázquez allá por la década del ‘60 grabó el poema “El Amigo”; el escucharlo una y otra vez me llevó a memorizarlo, y quizás fue la primera letra de su autoría con la que me animé en un escenario o en un fogón. Dichos cuartetos están incluidos en su libro “Vinchas” de los años ‘50, y pinta allí una dolorosa tragedia, de esas que de verdad han existido en nuestra campaña, poco poblada, y donde las amistades se respetan y los dolores se soportan, y las deudas se pagan. (Y en este drama hay bastante de esas tres cosas).

(El poema "El Amigo" se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 9 de abril de 2017

TABA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 22 – 09/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
TABA
 El hueso que popularmente llamamos “taba” y que es el elemento que da vida al reconocido juego rural, se trata en realidad del “hueso central del tarso, llamado astrágalo, y está ubicado por debajo y adelante del garrón, y en él se insertan la mayor parte de los ligamentos y tendones de toda la mecánica de la flexión y extensión de la pata. Su posición es vertical con la chuca -o suerte- hacia adelante y la taba -o culo- hacia atrás. La ‘suerte’ mira hacia afuera y el ‘culo’ hacia el interior de la pata”, esto según la explicación escrita por el Dr. Pedro Hurtado.
Dijo “El Indio” Bares “que toda taba derecha sale del garrón izquierdo”, y lo certifica el citado doctor; que a su vez aclara que la taba derecha, tiene en la “suerte” la conformación de la letra “S” nítida, mientras que esa cara en la taba izquierda, adquiere aspecto de “Z”.
Estiman los historiadores que “el juego de las tabas” se practicaba hace más de 2000 años, o sea antes de Cristo, por las civilizaciones de los griegos, macedonios y tebanos, con pequeñas tabitas de corderos, cabras y gacelas, pero asemejándose más vale, al juego que conocemos como “payana”.
Tal cual llegó entre nosotros hasta el presente, se adaptó posiblemente hacia fines del siglo 18, o sea antes del año 1800, y fue infaltable en las reuniones de la gente de campo, en las viejas pulperías, después de las yerras, al terminar las esquilas, al concluirse las cosechas, y en estas ocasiones en que los paisanos “andaban chaludos” no faltaron los que en el ir y venir del liviano huesito dejaron en sus tiros lo ganado en horas de esfuerzo y sudor.
Se ha discutido si es un juego de azar o de habilidad, y bien podría aceptarse que si el hueso es tirado por gente capacitada, es un juego de destreza y habilidad, porque el tirador procura que caiga de “suerte”, y no que sea el azar el que la deje de ese lado.
Al respecto, vale la anécdota que en 1995 refiere el periodista y escritor entrerriano D. Adolfo Golz: “Hace mucho a un abogado del norte entrerriano le tocó defender a un jugador inculpado y procesado por un celoso comisario de campaña que lo acusó de utilizar tabas cargadas. El defensor presentó al acusado ante el Juez manifestándole que, en manos de su defendido la taba no constituía un juego de azar y para reafirmar  esto, invitó a los presentes a salir al patio y como si fuera un rito entregó la taba al acusado luego de demostrarse que no estaba ‘cargada’, y el sujeto en cuestión echó tantas ’suertes’ como le fueran requeridas por el Juez”.
Los tiros más comunes o más practicados son el “vuelta y media” y el de “dos vueltas”, arrojándola hacia el extremo opuesto de la “cancha” marcada en un limpión del terreno, desde la palma de la mano en giros hacia atrás, procurando no solo caiga en suerte, sino que quede “clavada”. Y acá recuerdo a mi tío abuelo “Pocholo” Cepeda tirar solo a clavar, y a hacerlo dentro de un pequeño círculo marcado de ante mano.
Si se la arroja hacia adelante en un sinfín de vuelta, tiro llamado de “roldana”, allí sí la “suerte” pende del azar, ya que no se ha calculado nada en absoluto para buscarla.
Para hacer más lucido el juego a las tabas se las calza con chapas metálicas, dejándosele a la chapa colocada del extremo más puntudo del lado de la mala, una saliente menor al centímetro llamada “hacha”, que es la que debe enterrarse en la tierra para clavar la taba.
(Los versos de "Taba", de Wenceslao Varela, se pueden leer en "Antología de Versos Camperos")

miércoles, 5 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA” - Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

CANCIÓN A SAN JOSÉ
Alguna vez, y con muy buen criterio se lo llamó “El Poeta de América”, pero volando más bajo y en los documentos de la identidad, se lo denominó Wenceslao Varela, así a secas, aunque para los que amamos los versos de la gauchesca, tenga su nombre tantas sonoridades y esas frescuras de manantial en el que abrevamos la sed de la poesía.
Casi 109 años atrás, justo dos años antes del Centenario de la Revolución de Mayo, más precisamente el 25 de Mayo de 1908, como él contaba: “nací en la margen izquierda del Río San José, cerca del histórico Paso del Cautivo, pero estoy anotado, creo que el 4 o 5 de junio. Papá no pudo anotarme antes porque el río no daba paso para su cruce y poder hacer ese trámite”. El sitio corresponde al Departamento de San José, siendo su cabecera distrital, San José de Mayo.
En esa zona su abuelo tenía lo que define como “una media estancia”, y su padre ejercía el oficio de “ladriyero”, razón por la cual, contó: “cambiábamos mucho de residencia, pero aquel del nacimiento es uno de los lugares que más quiero”.
Fue el suyo un típico hogar criollo de campo, humilde y trabajador, en el que la madre lo puso sobre el rastro de las primeras letras, así que al llegar a la escuela (a la que según su recordar solo fue seis meses), aunque “con inmensas faltas de ortografía”, ya algo sabía escribir.
Casualmente cuando había comenzado a asistir, un hermano, un año y medio mayor que él, se accidentó en la estancia de las sierras en la que estaba peonando, motivo por el cual el patrón lo llevó a la casa de sus padres para que se reponga, y justamente para no perder ese puesto de trabajo, su padre lo mandó, a pesar de su poca edad, a reemplazar al hermano lesionado. Al tiempo, cuando volvió de aquella estancia cimarrona, venía aindiado y con larga melena.
Según contaba, tanto su madre como su padre eran capaces de componer unas rimas, de allí que la poesía no le fuera ajena, sino más vale cotidiana, y así tenemos que muy joven, entre los 17 y los 22 años -no podemos precisar el año-, publica su primer libro: “Nativo – poemas del terruño”, cuyos versos, ha dicho, los escribió “mientras andaba domando por las estancias.. era totalmente ignorante, redondo como cajón de fideos… (…) nadie me estimuló, lo hice solo”. Libro hoy rarísimo al punto que ni él tenía un ejemplar.
Cuando apareció “Nativo” estaba trabajando en un molino, en el pueblo, y recordaba que otro trabajador -en extremo amarrete- apodado “Machete”, se gastó 4 reales y medio en comprar un ejemplar, al que colgó de un gancho de alambre, en la “letrina” que usaba el personal. Reflexionó: “No me anularon porque tengo mucha fuerza de voluntad”.
Cerraremos cada una de estas charlas breves con un poema de Wenceslao, y para comenzar la serie, si el multifacético ruso León Tolstói dijo: “Pinta tu aldea y pintarás  el mundo”, comenzaremos con los 7 cuartetos que le dedicara a su pueblo.

("Canción a San José" se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 2 de abril de 2017

CORRIDA DE SORTIJA

En las fiestas patrias y en las patronales de los pueblos de campaña, ya en el siglo 19 y hasta más de la mitad del siglo 20, las “corridas de sortija” eran número puesto, infaltables en los festejos en tiempos en que las fiestas de destrezas no existían, y luego compartiendo escenario cuando éstas comenzaron a ganar terreno y popularidad a partir de la década del ‘50.
Recuerdo patente que las jineteadas en los años ’60, siempre eran precedidas por unas nutridas corridas, en las que había hombres que se destacaban y ganaban fama como “muy sacadores”. Con el tiempo, vaya a saber porque, fueron perdiendo participación, lugar que fue ganado por la propia jineteada en sus tres montas y con las montas especiales, o bien por nuevas pruebas como las “carreras de tambores”.
Todo indicaría que dicho juego llegó a etas latitudes con la conquista, y acriollándose se prolongó su presencia en el tiempo; por eso, allá por 1940 y pico, el sabedor y meticuloso D. Justo P. Sáenz, expresaba: “La Corrida de Sortija, único juego de a caballo que (junto con las carreras de velocidad) ha perdurado sin modificaciones hasta nuestros días, fue introducido por los conquistadores…”; recalquemos que eso fue suscrito en los años ‘40, pues corriendo el tiempo sufrieron cambios: se acortaron las estriberas, se comenzó a correr parado en los estribos, se prepararon caballos de ex profeso, en una palabra “se profesionalizó como deporte”, y para bien de las gaucherías, hoy atraviesa un momento de reverdecimiento.
Buscándole la punta a la historia, recurrimos ahora a otro investigador de fuste, en este caso el cordobés D. Guillermo Alfredo Terrera, quien en coincidencia con lo antes apuntado, dijo: “Traídas a estas tierras americanas por los españoles, éstos a su vez la recibieron de los conquistadores moros del norte de África”.
Con las “corridas de sortija” el campo entraba en las ciudades y los pueblos de campaña, porque por lo general se armaba el arco y se improvisaba la cancha en la calle que pasaba frente al edificio municipal del lugar. Esto lo certifica José Wilde, cuando hablando del Buenos Aires de mediados del siglo 19, informa: “Las distracciones para los porteños eran tan escasa que a veces concurrían las familias a presenciar alguna ‘corrida de sortija’…”; pasa que por entonces casi todas las diversiones eran de origen rural, como por ejemplo: las cuadreras, el pato, la cinchada, las riñas de gallos.
Parece ser que la sortija que debe ensartar el corredor, no siempre era como las actuales, de un metal sin valor, pues según el sabio Mantegazza que nos visitó allá por 1860, describió que del arco “…pende un pequeño anillo de oro, apenas suspendido de una débil cinta” que el sacador suele obsequiar a alguna señorita de la asistencia.  
(Las décimas de "Corrida de Sortija" se pueden leer en  el blog "Poeta Gaucho")