domingo, 23 de abril de 2017

CUADRERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 24 – 23/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

CUADRERA
Ya dijimos al hablar del “parejero”, que las carreras “cuadreras” tuvieron amplia y popular difusión en el ámbito del campo “porteño” (como antaño se decía), en el Siglo 19, la centuria del 1800. Y con esa definición han llegado al presente, tiempos en que la proliferación de los circos hípicos (los hipódromos), no ha logrado desplazarlas ni anularlas del todo.
Recordemos que lo de “cuadreras” viene a cuento porque las distancias a correr se medían en cuadras, siendo ésta una medida usual desde la época de la colonia; y de otra medida que provenía de los tiempos de Don Juan de Garay, la vara, aquella que mide 86 centímetros, deriva la palabra “varear”, que es el entrenamiento para preparar el “parejero”.
Hoy hay canchas especialmente preparadas para el desarrollo de las cuadreras, pero antaño, según nos cuenta Octavio Alais, quien vivió en la segunda mitad del Siglo 19: “En estas reuniones, que siempre se efectuaban en días festivos, tomaban parte los caballos de mayor fama por su ligereza, que acudían de varias leguas a la redonda (…) Comúnmente el iniciador de las carreras era el mismo pulpero por la cuenta que le traía, pues la reunión de gente, atraída por el espectáculo, aumentaba considerablemente el despacho hasta equivalerle las entradas, en un día de carrera, a la venta de varios meses”.
Antiguamente, antes de las carreras por dos sendas, se desarrollaban las “carreras a costillas”, por una senda, recostándose un caballo contra el otro y donde prácticamente todo estaba permitido.
Dice Rapela que el primer “reglamento” ordenador de las cuadreras que se conoce, apareció en Corrientes hacia 1856, y allí ya se estipula sobre las “carreras por andarivel”, o sea, las canchas conformadas por dos sendas o huellas de unos 50/60 centímetros de ancho cada una, separadas una de otra por metro y medio/dos metros, espacio en cuyo centro se tiende el hilo, apoyado a una altura de medio metro, en livianas estaquitas, demarcando así los espacios por donde correrá cada competidor.
En nuestros pagos, según el mismo informante, fue durante el gobierno de Emilio Castro cuando se promulgó un “reglamento” propio por 1870.
Toda carrera, además de los dos competidores, cuenta con otras dos personas que juegan un papel muy delicado y comprometido: el abanderado -que es el largador-, y el juez, rayero o sentenciador, que es quien da el fallo final y sobre quien recaen todas las responsabilidades cuando hay que decidir un final cabeza a cabeza.

No debemos pasar por alto que a estas topadas, para diferenciarlas a las de los hipódromos se las suele denominar “carreras de campo”. También ocurría y ocurre que al concertarse una carrera entre dos parejeros mentados, se establece lugar, se fija fecha, y se deposita parte del dinero en juego. Y se llama a eso “una depositada”.
(En "Antología del Verso Campero" podrá leerse "¡Largaron!", que completaba  este texto)

miércoles, 19 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 3 – 19/04/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

MODESTIA APARTE
Hablábamos el miércoles pasado, de los años en que Wenceslao anduvo “tropiando yeguarizos” en la frontera argentina/uruguaya, los que andando el tiempo le sirvieron de inspiración para escribir -a mi entender- su máximo libro: “Diez Años Sobre El Recao”.
No nos ha dejado dicho cuales fueron esos diez años, y si bien la portada del libro en su primera edición de 11/1978, marca como un calendario que se deshoja, abarcando los años 1919 a 1928, justo diez años, nos plantea una duda considerando que nació en 1908, y en el 19 apenas hubiese tenido 11 años, lo que nos deja pensando respecto de esa dura pero nutricia etapa de su vida. De todos modos considero que si ese período de vivir a lomo de caballo existió de forma corrida, tiene que haber sido a temprana edad, ya que a los 24 años -o sea en 1932-, se estaba casando con su amada Amanda.
Cuando por mediados del año 1989 en un  largo cuestionario lo interrogaba diciéndole si en su mocedad “tuvo algún amigo mayor o algún paisano curtido que le diera su consejo y enseñanza en el quehacer campero”, respondió: “¡Sí! Uno que fue hermano y compañero, el entrerriano Faustino Pereyra…”, y no sé por qué, a mí se me antoja que debe haber sido su aparcero en aquella aventura, porque más adelante agrega “él fue tropero conmigo, un gaucho”.
No solo fue tropero y domador -como ya apuntamos en la charla anterior cuando contamos que a su primer libro lo escribió mientras andaba domando por las estancias-, sino que supo desempeñarse en todas las tareas rurales, y de ellas, según su propia palabra: “Creo que me sentí más cómodo con el lazo en la mano… fue lo que más me gustó… pero conocí hombres más camperos que yo”. Y dijo esto cuando ya tenía 81 años.

Pero volviendo a su “Diez Años Sobre El Recao”, al que por supuesto retornaremos en alguna otra charla de este ciclo, por hacer una pintura sobre su persona, nos concentramos en las primeras diez décimas del libro, a las que Wenceslao titulara, con total confianza, como si con su sobrada maestría hiciera su mejor tiro de lazo, “Modestia Aparte”, que así dice…
(Las décimas de "Modestia Aparte" -que completan la charla- se encuentran en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 16 de abril de 2017

PAREJERO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 23 – 16/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

PAREJERO
Si hay un entretenimiento ecuestre y criollo que junto con “la sortija” se ha mantenido vigente en las costumbres rurales desde la época de la colonia, es el de las carreras cuadreras, y éstas tienen su razón de ser, en la participación de los “parejeros” que las disputan. Nómbrase así a los caballos preparados de ex profeso para competir, para correr, y aquello de “parejero” viene de que dichas carreras se corren de a dos, o sea “una pareja” o yunta, la que la disputa.
Don Octavio Alais, que vivió entre 1850 y 1915 y nos legó “El Libro Criollo”, nos cuenta: “Generalmente eran parejeros, como se les llama, caballos criollos que demostraban cualidades especiales o que se distinguían por su ligereza, a los que a veces se cuidaba con especial dedicación para el camino, como se decía entonces…”.
Parecería ser que durante los años de gobierno de Don Juan Manuel de Rosas las cuadreras tuvieron gran difusión y eso llevó a que prácticamente quien más quien menos, a tapa y ración, o bien como “crédito” en la tropilla, tuviese un animalito para despuntar el vicio, porque bien aclaró Hernández que “siempre un criollo necesita un pingo pa’ fiarse un pucho”.
En su reconocido trabajo “Conozcamos lo Nuestro”, Enrique Rapela aborda el tema de los “parejeros”, y dice: “Fue tal el auge en la Provincia de Buenos Airess que era muy común ver en cualquier rancho, por pobre que fuera, un buen parejero (entropetado y luciendo una manta que era muy superior a cualquier prenda de vestir del paisano poseedor de tal pingo) atado ‘alto’ bajo la bienhechora sombra de un árbol”.
Mientras que en los circos hípicos los puros que disputan las pruebas son “enteros”, en las carreras de campo por lo general los “parejeros” han sido caballos castrados, con lo cual de ser un gran exponente, estaba impedida la continuidad representativa de esa buena sangre.
Ha existido la costumbre de “varear a estaca” y también la más común de “varear montado” saliendo por tanto a la huella o el camino vecino para hacerlo.
“Don Alejo Moreira, viejo criollo oriental, nacido en Mercedes y llegado a la provincia de Santa Fe en 1887, daba en Tacurú, dpto. de San Cristobal, en 1945, a los 94 años, la información siguiente sobre el procedimiento para ‘preparar’ (o sea ‘componer’) un caballo de carrera: después de purgar al caballo, durante 15 días se lo alimentaba despacio, y luego se le daban 4 raciones diarias en verano y 3 en invierno, completando 2 kilos de maíz y 6 de alfalfa. Después de cada ración se le hacía caminar una legua de ida y vuelta a la madrugada (…) para estos paseos se le ajustaba la cincha después de darle de comer, para caminarlo trecho a trecho aflojándosela un rato y volviéndolo a cinchar después del descanso”.
Parejeros famosos fueron: “Guerrero” del Gral. Ángel Pacheco, “Esperanza” de Lafone, “El Oscuro” de Hornos, “El Santarritero”, “El Chuli”, pero el más célebre de todos resultó el invencido “Pangaré Buey” del Cnel. Machado.         
(Las décimas de "El Zaino Colorao" se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")                     

miércoles, 12 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro N° 2 – 12/04/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

EL AMIGO
Tuve la suerte que los versos de Wenceslao ya anduvieran en mi casa cuando era apenas un gurisito de 5 o 6 años; ocurre que un conocido de la familia, sobre todo de los Mercante Castagnaso, nativos de Bavio -Cacho Bianchi se llamaba-, viajaba frecuentemente a Montevideo, y era común que al regreso se apareciera con algún libro del gran poeta que encontraba en alguna librería; así se me hizo habitual la lectura de “Vinchas – poemas del terruño”, “De Cuero Crudo – versos gauchos” y “Candiles – versos gauchescos”, y entonces temas como “El Barcino”, “Tramojo”, “Por la Muerta” o “Cardozo” se me hicieron aparceros.
La de Varela fue siempre una vida sufrida, de familia humilde con varios hijos y muchas necesidades, y quizás que esas marcas del destino le imprimieron a su decir escrito, profundas huellas de dolor, de sufrimiento; hay que leer con detenimiento su obra y se encuentran en muchos pasajes esa cicatrices. Lo cual no le quitó ni le menguó cariño ni dulzura cuando las circunstancias lo exigían, sobre todo cuando tenía que referirse a la familia.
Cuando en 1946 publica “Vinchas”, se lo dedica a su esposa: “A mi querida Amanda: mujer que encendió con besos el calor de mis triunfos y regó con lágrimas la inerte frialdad de mis derrotas”.
Más o menos unos diez años después, en el cierre de su libro “De Cuero Crudo”, es su madre -Lola C. de Varela- la que expresa: “Mi hijo Wenceslao me ha brindado una nueva satisfacción, con las condiciones literarias de sus poesías que tienen tanto sabor a nuestras tradicionales costumbres camperas”, para que no se escape el concepto, repito: “tanto sabor a nuestras tradicionales costumbres camperas”; y desde la dedicatoria replica el hijo: “A mi madre, que vive saturando sus silencios evocativos con recuerdos del heroico y bravío pasado oriental”. Y en esta labor de mostrar su costado más íntimo, menos doloroso, en “Candiles” -que dedica a sus tatas- dice: “A mis padres, para que, en la tenue luz de mis “Candiles”, llenen sus ojos opacos y activen el ritmo perezoso del corazón cansado”. Que a pesar de lo azaroso de su destino, supo mantener vivo ese espíritu agradecido, sencillo, simple, casi como hasta conforme de haber podido existir en este mundo.

Cuando Víctor Velázquez allá por la década del ‘60 grabó el poema “El Amigo”; el escucharlo una y otra vez me llevó a memorizarlo, y quizás fue la primera letra de su autoría con la que me animé en un escenario o en un fogón. Dichos cuartetos están incluidos en su libro “Vinchas” de los años ‘50, y pinta allí una dolorosa tragedia, de esas que de verdad han existido en nuestra campaña, poco poblada, y donde las amistades se respetan y los dolores se soportan, y las deudas se pagan. (Y en este drama hay bastante de esas tres cosas).

(El poema "El Amigo" se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 9 de abril de 2017

TABA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 22 – 09/04/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
TABA
 El hueso que popularmente llamamos “taba” y que es el elemento que da vida al reconocido juego rural, se trata en realidad del “hueso central del tarso, llamado astrágalo, y está ubicado por debajo y adelante del garrón, y en él se insertan la mayor parte de los ligamentos y tendones de toda la mecánica de la flexión y extensión de la pata. Su posición es vertical con la chuca -o suerte- hacia adelante y la taba -o culo- hacia atrás. La ‘suerte’ mira hacia afuera y el ‘culo’ hacia el interior de la pata”, esto según la explicación escrita por el Dr. Pedro Hurtado.
Dijo “El Indio” Bares “que toda taba derecha sale del garrón izquierdo”, y lo certifica el citado doctor; que a su vez aclara que la taba derecha, tiene en la “suerte” la conformación de la letra “S” nítida, mientras que esa cara en la taba izquierda, adquiere aspecto de “Z”.
Estiman los historiadores que “el juego de las tabas” se practicaba hace más de 2000 años, o sea antes de Cristo, por las civilizaciones de los griegos, macedonios y tebanos, con pequeñas tabitas de corderos, cabras y gacelas, pero asemejándose más vale, al juego que conocemos como “payana”.
Tal cual llegó entre nosotros hasta el presente, se adaptó posiblemente hacia fines del siglo 18, o sea antes del año 1800, y fue infaltable en las reuniones de la gente de campo, en las viejas pulperías, después de las yerras, al terminar las esquilas, al concluirse las cosechas, y en estas ocasiones en que los paisanos “andaban chaludos” no faltaron los que en el ir y venir del liviano huesito dejaron en sus tiros lo ganado en horas de esfuerzo y sudor.
Se ha discutido si es un juego de azar o de habilidad, y bien podría aceptarse que si el hueso es tirado por gente capacitada, es un juego de destreza y habilidad, porque el tirador procura que caiga de “suerte”, y no que sea el azar el que la deje de ese lado.
Al respecto, vale la anécdota que en 1995 refiere el periodista y escritor entrerriano D. Adolfo Golz: “Hace mucho a un abogado del norte entrerriano le tocó defender a un jugador inculpado y procesado por un celoso comisario de campaña que lo acusó de utilizar tabas cargadas. El defensor presentó al acusado ante el Juez manifestándole que, en manos de su defendido la taba no constituía un juego de azar y para reafirmar  esto, invitó a los presentes a salir al patio y como si fuera un rito entregó la taba al acusado luego de demostrarse que no estaba ‘cargada’, y el sujeto en cuestión echó tantas ’suertes’ como le fueran requeridas por el Juez”.
Los tiros más comunes o más practicados son el “vuelta y media” y el de “dos vueltas”, arrojándola hacia el extremo opuesto de la “cancha” marcada en un limpión del terreno, desde la palma de la mano en giros hacia atrás, procurando no solo caiga en suerte, sino que quede “clavada”. Y acá recuerdo a mi tío abuelo “Pocholo” Cepeda tirar solo a clavar, y a hacerlo dentro de un pequeño círculo marcado de ante mano.
Si se la arroja hacia adelante en un sinfín de vuelta, tiro llamado de “roldana”, allí sí la “suerte” pende del azar, ya que no se ha calculado nada en absoluto para buscarla.
Para hacer más lucido el juego a las tabas se las calza con chapas metálicas, dejándosele a la chapa colocada del extremo más puntudo del lado de la mala, una saliente menor al centímetro llamada “hacha”, que es la que debe enterrarse en la tierra para clavar la taba.
(Los versos de "Taba", de Wenceslao Varela, se pueden leer en "Antología de Versos Camperos")

miércoles, 5 de abril de 2017

ASTILLAS DE WENCESLAO (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA” - Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos al fogón de los versos, unas “astillas de Wenceslao”.

CANCIÓN A SAN JOSÉ
Alguna vez, y con muy buen criterio se lo llamó “El Poeta de América”, pero volando más bajo y en los documentos de la identidad, se lo denominó Wenceslao Varela, así a secas, aunque para los que amamos los versos de la gauchesca, tenga su nombre tantas sonoridades y esas frescuras de manantial en el que abrevamos la sed de la poesía.
Casi 109 años atrás, justo dos años antes del Centenario de la Revolución de Mayo, más precisamente el 25 de Mayo de 1908, como él contaba: “nací en la margen izquierda del Río San José, cerca del histórico Paso del Cautivo, pero estoy anotado, creo que el 4 o 5 de junio. Papá no pudo anotarme antes porque el río no daba paso para su cruce y poder hacer ese trámite”. El sitio corresponde al Departamento de San José, siendo su cabecera distrital, San José de Mayo.
En esa zona su abuelo tenía lo que define como “una media estancia”, y su padre ejercía el oficio de “ladriyero”, razón por la cual, contó: “cambiábamos mucho de residencia, pero aquel del nacimiento es uno de los lugares que más quiero”.
Fue el suyo un típico hogar criollo de campo, humilde y trabajador, en el que la madre lo puso sobre el rastro de las primeras letras, así que al llegar a la escuela (a la que según su recordar solo fue seis meses), aunque “con inmensas faltas de ortografía”, ya algo sabía escribir.
Casualmente cuando había comenzado a asistir, un hermano, un año y medio mayor que él, se accidentó en la estancia de las sierras en la que estaba peonando, motivo por el cual el patrón lo llevó a la casa de sus padres para que se reponga, y justamente para no perder ese puesto de trabajo, su padre lo mandó, a pesar de su poca edad, a reemplazar al hermano lesionado. Al tiempo, cuando volvió de aquella estancia cimarrona, venía aindiado y con larga melena.
Según contaba, tanto su madre como su padre eran capaces de componer unas rimas, de allí que la poesía no le fuera ajena, sino más vale cotidiana, y así tenemos que muy joven, entre los 17 y los 22 años -no podemos precisar el año-, publica su primer libro: “Nativo – poemas del terruño”, cuyos versos, ha dicho, los escribió “mientras andaba domando por las estancias.. era totalmente ignorante, redondo como cajón de fideos… (…) nadie me estimuló, lo hice solo”. Libro hoy rarísimo al punto que ni él tenía un ejemplar.
Cuando apareció “Nativo” estaba trabajando en un molino, en el pueblo, y recordaba que otro trabajador -en extremo amarrete- apodado “Machete”, se gastó 4 reales y medio en comprar un ejemplar, al que colgó de un gancho de alambre, en la “letrina” que usaba el personal. Reflexionó: “No me anularon porque tengo mucha fuerza de voluntad”.
Cerraremos cada una de estas charlas breves con un poema de Wenceslao, y para comenzar la serie, si el multifacético ruso León Tolstói dijo: “Pinta tu aldea y pintarás  el mundo”, comenzaremos con los 7 cuartetos que le dedicara a su pueblo.

("Canción a San José" se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 2 de abril de 2017

CORRIDA DE SORTIJA

En las fiestas patrias y en las patronales de los pueblos de campaña, ya en el siglo 19 y hasta más de la mitad del siglo 20, las “corridas de sortija” eran número puesto, infaltables en los festejos en tiempos en que las fiestas de destrezas no existían, y luego compartiendo escenario cuando éstas comenzaron a ganar terreno y popularidad a partir de la década del ‘50.
Recuerdo patente que las jineteadas en los años ’60, siempre eran precedidas por unas nutridas corridas, en las que había hombres que se destacaban y ganaban fama como “muy sacadores”. Con el tiempo, vaya a saber porque, fueron perdiendo participación, lugar que fue ganado por la propia jineteada en sus tres montas y con las montas especiales, o bien por nuevas pruebas como las “carreras de tambores”.
Todo indicaría que dicho juego llegó a etas latitudes con la conquista, y acriollándose se prolongó su presencia en el tiempo; por eso, allá por 1940 y pico, el sabedor y meticuloso D. Justo P. Sáenz, expresaba: “La Corrida de Sortija, único juego de a caballo que (junto con las carreras de velocidad) ha perdurado sin modificaciones hasta nuestros días, fue introducido por los conquistadores…”; recalquemos que eso fue suscrito en los años ‘40, pues corriendo el tiempo sufrieron cambios: se acortaron las estriberas, se comenzó a correr parado en los estribos, se prepararon caballos de ex profeso, en una palabra “se profesionalizó como deporte”, y para bien de las gaucherías, hoy atraviesa un momento de reverdecimiento.
Buscándole la punta a la historia, recurrimos ahora a otro investigador de fuste, en este caso el cordobés D. Guillermo Alfredo Terrera, quien en coincidencia con lo antes apuntado, dijo: “Traídas a estas tierras americanas por los españoles, éstos a su vez la recibieron de los conquistadores moros del norte de África”.
Con las “corridas de sortija” el campo entraba en las ciudades y los pueblos de campaña, porque por lo general se armaba el arco y se improvisaba la cancha en la calle que pasaba frente al edificio municipal del lugar. Esto lo certifica José Wilde, cuando hablando del Buenos Aires de mediados del siglo 19, informa: “Las distracciones para los porteños eran tan escasa que a veces concurrían las familias a presenciar alguna ‘corrida de sortija’…”; pasa que por entonces casi todas las diversiones eran de origen rural, como por ejemplo: las cuadreras, el pato, la cinchada, las riñas de gallos.
Parece ser que la sortija que debe ensartar el corredor, no siempre era como las actuales, de un metal sin valor, pues según el sabio Mantegazza que nos visitó allá por 1860, describió que del arco “…pende un pequeño anillo de oro, apenas suspendido de una débil cinta” que el sacador suele obsequiar a alguna señorita de la asistencia.  
(Las décimas de "Corrida de Sortija" se pueden leer en  el blog "Poeta Gaucho") 

miércoles, 29 de marzo de 2017

MANGRULLO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 20 – 26/03/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Rústica estructura que busca ganar altura afianzada en cuatro palos largos, con sus respectivos travesaños, a la que se asciende por un embrión de escalera para llegar a lo más alto, donde un piso de ramas o tablas permitía instalarse a un hombre con el objetivo de vigilar; toda la construcción sujeta y amarrada en fuertes lonjas de cuero de potro.
Recurso que ideo el hombre para poder tender la vista a mayor distancia.
Podría sintetizarse diciendo que es una torre o atalaya.
En nuestra región pampeana quizás los primeros “mangrullos” se erigieron sobre las costas del Plata porque el conquistador iba de a poco avanzando hacia los campos de afuera, y acá, sobre las márgenes del ancho río, eran necesarios para tender la vista sobre las marrones agua del río, para otear si se acercaban embarcaciones de otras banderas, primero, y luego para tratar de detectar el contrabando de algunos navíos extranjeros en connivencia con comerciantes locales.
A medida que se fue pretendiendo tomar posesión de la inmensa llanura, los “mangrullos” comenzaron a emerger en las precarias pero corajudas avanzadas que el cristiano iba estableciendo en su lenta pero continua marcha.
Allí donde se alzaba la pobreza de un fortín, se destacaba la presencia de un “mangrullo”, construido con mucho sacrificio y esfuerzo por la falta de árboles en la llanura, al punto que esas columnas militares debían transportar entre sus enseres, los palos que después utilizarían en las distintas construcciones.
En las estancias pioneras, de avanzada, junto a las ranchadas que se erigían como primera población, también supo estar presente el “mangrullo”, del mismo modo que supo no faltar en las postas establecidas en tierras por las que sabían andarse sin problemas los indios, los primitivos dueños de la tierra.
Fue arma imprescindible en la dura vida de frontera, desde donde se observaba si el campo se estaba quieto… o si se movía!! ¿Qué cómo se movía…?, cuando cuadrillas de ñanduces se veían correr allá a lo lejos, o a la distancia pasaba alguna punta de gamas, o se dejaba ver a deshora cualquier otro animal, significaba que el campo se movía, y era cuando atrás de esas huidas de animales, el pampa enseñoraba el horizonte, y así llegaba el momento crucial en que el “mangrullero” (el milico encargado de otear la lejanía), pegaba el grito no deseado: “¡Indios…! Indios a la vista!”

El poeta Roberto Coppari, deseaba que otra hubiese sido la finalidad del “mangrullo”, por eso escribió: “A veces pienso, mangrullo… / si a vos te hubiesen usao, / no pa’ese fin tan malvao, / pa’ algo más noble, más tuyo;”. Pero en realidad sirvió para la guerra.

(En "Poesía Gauchesca y Nativista" se podrá encontrar "Canto al Mangrullo" de P. Bianco, que completaba esta página)

TAPERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 19 – 19/03/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Hablábamos el domingo pasado sobre “el rancho”, y cuando a éste se lo abandona, porque sus ocupantes se alejan o porque mueren, viene que se transforma en “tapera”, y de morada de personas pasa a ser refugio de alimañas; o bien cuando sus dueños van envejeciendo, la falta de atención y de mantenimiento hace que envejezcan juntos, y a eso muy poéticamente evocó Osiris cuando dijo: “Te cáiste… rancho flojo!.  Aura, que agatas / me van quedando juerzas pa’l silencio, / te da por afluejar los  caracuses / y azotar la osamenta contra’l suelo…”.
Tanto “el rancho” como “la tapera”, han dado motivo a todos los poetas gauchos y nativistas para volcar su inspiración verseadora, y abundan las poesía sobre ese tema.
Hay veces que nada queda de lo que fue el rancho, pero la posición de algunos árboles, algún malvón que crece guacho, alguna enredadera o una tuna, son indicativos seguros de que ahí, hubo una “tapera”, y aunque nada quede se le sigue diciendo tapera: “…allá, ande estaba la tapera de Fulano”.
Vinculado a lo dicho, el poeta Camilo U. Pérez Risso escribió: “Al que la ve le parece / un montón de barro muerto. / Pero sin embargo vive / en los malvones enfermos. / Las flores descoloridas, / son el corazón abierto / de la tapera que sangra / por las heridas del tiempo”.
Respecto del origen de la palabra, Don Tito Saubidet arriesga una definición al decir que “tapera” es una voz guaraní, que deriva de “Ta” que significa “pueblo”, y “Puerá” que quiere decir “se fue”, o sea: “Casa o rancho en ruinas y abandonado”. Y Don Mario Aníbal López Osorni, el sabio chascomusero, confirma pero con alguna diferencia, y dice: “Del guaraní taperé: desabitado”
Las “taperas” han sido campo propicio para la leyenda, y más si en su vida de “rancho” había ocurrido allí algún desenlace trágico, entonces florecían las “luces malas” y se hablaba de “aparecidos”, de que se escuchaban gemidos lastimeros porque allí poblaban fantasmas.
Pero no todos le temían, y más de una vez brindaron abrigo, cobijo y reparo a aquel viajero que tenía que dar un resueyo al montado o a la tropilla, o debía capear los desaires de alguna tormenta que le salía al cruce. Y en aquellos tiempos que abundaron los crotos y cuando los linyeras, tranco a tranco, cruzaron los campos, no dudaron en acampar junto a los restos de algún rancho camino a ser ruina.
Cuando por el peso de los años la cumbrera comenzaba a vencerse, hundiéndose en el centro, se decía que se “asillonaba”.

Alguna vez, allá por 1967, junto con mi padre tuvimos que guarecernos de una fuerte tormenta, volviendo de a caballo de los pagos de San Vicente hacia el paraje “El Zapata” en Ruta 11, en un “tapera” que estaba como a una cuadra de la calle de tierra, y por suerte con la tranquera sin candado.

(En "Poesía Gauchesca y Nativista", se puede leer "Rancho" de Roberto Morete, que ilustraba este texto)

domingo, 12 de marzo de 2017

RANCHO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro N° 18 - 12/03/17
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
RANCHO
El hombre, en su evolución, cuando se procuró un refugio para soportar las inclemencias del tiempo, echó mano a los materiales que tenía más cerca, y así la tierra amasada, y la madera que le proveían los árboles y arbusto, fueron elementos primarios en las primitivas viviendas.
Los querandíes tenían chozas de forma más o menos redonda con una abertura de entrada, cuyas paredes estaban construidas con paja y barro; y los indios tehuelches que poblaban estas llanuras y que conocemos como “pampas”, vivían en “toldos” construidos con cueros de diversos animales, que luego con la aparición del caballo en su vida, harán preferentemente con cueros de yeguarizos.
Nuestros historiadores no han encontrado antecedentes del “rancho” en las poblaciones originarias de América, y cuenta Mario Anibal López Osornio, que la imagen de un rancho por el estilo de los que conocemos, ya aparece en las ilustraciones de los cronistas que acompañaron a Don Pedro de Mendoza en su expedición a estas tierras (hablamos de 1536). Por consiguiente, el esquema constructivo lo trajo el conquistador, y luego los modos y materiales le dieron características propias.
La voz “rancho” deviene de la marinería, que así designaba a la frugal comida de abordo, como así también al lugar donde en la embarcación se reunían a comer los marineros o tripulantes. Estos, una vez en tierra, siguieron llamando del mismo modo al lugar donde compartían la comida, y andando el tiempo este se hizo extensivo a la vivienda.
A medida que el hombre se alejaba de las costas del Plata para adentrarse en la llanura, se le complicó la construcción del “rancho”, puesto que los talares solo afloraban al borde de alguna laguna, entonces, la necesidad lo obligó a agudizar el ingenio, y así fue que marcado en el suelo el tamaño del rancho, se procedía a cavar 60 u 80 cms, y esto permitía que sobre el nivel de la tierra, se construían paredes y techo que no sobrepasaba el metro veinte, permitiéndole este recurso, poder aprovechar troncos cortos o ramas gruesas de otros arbusto que como la cina-cina, no brindan palos largos y derechos.
En origen, tanto la puerta como la avertura de la ventana que podía tener, se cubría con trozos de cuero.
El esquema de un “rancho” sencillo, se basa en cuatro esquineros (uno en cada punta de un rectángulo), dos horcones, una cumbrera (que es la que divide las dos aguas), dos costaneras o largueros, y las tijeras y cañas, sobre las que se arma el techo. Podemos completar diciendo con Tito Saubidet: “paredes de barro, techo de paja y piso de tierra”.

(Los versos de "El Rancho" de Carlos Ma. Cervetti, se pueden leer en "Antología de Versos Camperos")

domingo, 5 de marzo de 2017

CHASQUE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 17 – 05/03/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

CHASQUE
Quien más quien menos, sabe que decir “chasque” es referirse a aquella persona encargada de llevar una noticia de un punto a otro sin importar la distancia. Dicho en otras palabras es un correo. Y a diferencia de algunas voces de los micros anteriores, ésta no tiene antecedentes europeos, ya que es una voz americana. La fonética, el sonido correcto de la palabra sería “chasqui” y es palabra “quechua”, y éste era oficio desempeñado en el Imperio Inca, por atléticos jóvenes que trotando recorrían las andinas sendas reales portando, generalmente, noticias y disposiciones políticas o de gobierno, en verdaderas carreras de postas, ya que tras un determinado tramo se entregaba la información a otro “chasque”, y así sucesivamente -de acuerdo a la distancia- hasta llegar a destino.
En el litoral y la región pampeana, al castellanizarse, su pronunciación se inclinó por “chasque”.
Siendo originalmente el nuestro, un pueblo eminentemente ecuestre, el “chasque” pasó a ser un gaucho de a caballo por supuesto, transportando noticias, noticias que fueron fundamentales en los primeros pasos de la patria y durante la guerra de la independencia.
Si bien la idea es que el “chasque” se movilizaba en un caballo, si prestamos atención a lo que dice Rosas en sus famosas “Instrucciones…”, deben haberlo hecho también con caballo de tiro, pues él escribe: Los caballos que deje un chasque deben de atarse en lugar seguro y darles agua diariamente. Esto si el chasque va a volver pronto, y si no,  deben acollararse bien con colleras seguras y buenas. Al regreso entregará los caballos prestados y tomará los suyos”.
En la historia de la Independencia Americana, es famoso el suceso que tras el triunfo de Chacabuco (Chile), el 12/02/1817, hace ahora 200 años, San Martín designa a su cuñado Manuel Escalada, para que en función de “chasque”, lleve la noticia de la buena nueva a Buenos Aires, misión que cumple galopando durante 14 días, y unos dos meses después, tras la victoria de Maipú y con Chile ya liberado, vuelve Escalada a repetir la marcha, logrando ahora hacer el recorrido en 12 días.
Otro “chasque” notable de la historia es el militar salteño Calixto Ruiz de Gauna, que en julio de 1810, al insubordinarse el gobierno salteño contra la Revolución de Mayo, une al galope Salta y Buenos Aires en ocho jornadas, portando el alerta de aquel suceso, siendo ya en aquel momento un hombre de 62 años, edad avanzada para los promedios de la época.
Tras las guerras independentistas y civiles, el “chasque” siguió cumpliendo con las funciones de transportar noticias, y ateniéndonos a lo escrito por el sabio entrerriano Martiano Leguizamón, allá por 1896, decimos con él: “…En las postas se sabía la hora precisa de su llegada y ya lo esperaban con el caballo listo para proseguir el camino a galope tendido, con
su inseparable valija de correspondencia en la grupa. Los habitantes del campo le reconocían desde lejos por los remolinos de polvo que alzaba en su precipitada marcha; y cuando tenían necesidad de sus servicios le salían al encuentro; satisfecha la curiosidad o anotado el pedido en la tela maravillosa del cerebro (…) volvía a emprender el viaje”.
(Ver en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista", "El Chasqui Feliciano", de Wenceslao Varela)

domingo, 26 de febrero de 2017

ESPUELA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 16 – 26/02/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

ESPUELA
La espuela acompaña al hombre vinculado al caballo, al de la cultura ecuestre de cualquier rincón del mundo, desde el momento en que aquel consiguió someter o dominar al caballo, y de una construcción muy simple, pasó a elaborados formatos de hierro y plata.
En el Medioevo europeo -allá por el 1500-, donde tanta importancia adquirieron los hombres de a caballo en las célebres “cruzadas” hacia Jerusalén, es cuando nace aquel adagio  que sostiene que el hombre de a caballo, “el caballero, no monta en yegua” (transmitido luego y afianzado en nuestra región pampeana con la variante de “el gaucho no ensilla en yegua”), y también por entonces se acuñó aquello de “caballero de espuela”, como que era prenda de jerarquía de aquel jinete que guerreaba.
En su lejano origen, cuando aún no contaba con rodaja, era un simple “acicate”, o sea un elemento punzante asegurado al talón. En estas tierras, cuando el indio domina al caballo, se fabrica una rústica espuela -un acicate en realidad-, adaptando una horqueta a la que aguzaba el extremo que haría las veces de pihuelo, como también con cuernitos de venado, y a veces con dos trocitos de madera dura con un clavo en su extremo (del mismo modo que la picana), que con tientos asegura uno a cada lado del talón, como una rústica espuela.
Las partes de la espuela son: el arco, que calza contra el talón; las piernas, prolongaciones del arco, paralelas a cada costado del pie; el pihuelo, especie de espiga ubicada en el medio del arco, en cuyo extremo, en un corte que tiene de ex profeso, calza la rodaja, que sujeta a un pequeño perno, gira libremente. Donde el pihuelo se une al arco, las espuelas de importante diseño llevan el rodete
Después, el artesano forjador de hierro, o el creador platero, la vistieron y engalanaron de mil maneras, creando a veces piezas de llamativo tamaño, las que más que para el trabajo, eran lujo para dominguear. A esas grandes, de imponente rodaja, se las ha llamado “nazarenas”, imaginando en las púas de la rodaja, la corona de espinas del Cristo Nazareno.
Hay espuelas que a los costados de la rodaja llevan dos chapones (uno a cada lado), de menor tamaño, que la cubren pero dejando visible las púas; a esas chapas se las denomina guardapolvo.
Además de “nazarenas” se las ha sabido llamar “lloronas”, y esto quizás, quizás... por el sonido monótono y lloroso que hacen cuando el hombre camina con las espuelas calzadas, arrastrando sobre la tierra. En este punto vale decir, que como una demostración de educación y respeto, el paisano se las quitaba al entrar en el patio de una casa o en ésta propiamente.
Hoy, salvo en el litoral, ya no se sale a camperear todos los días con las espuelas puestas, pero, en la vieja estancia criolla su uso era imprescindible, y si no veamos lo que dijo Rosas: “…el que ande trajinando (caballos) o enseñándolos al rodeo, sin espuelas, cometerá un delito”.
("Canto a la Espuela", de Boris Elkin, se puede leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 19 de febrero de 2017

MALAMBO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 15 – 19/02/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

MALAMBO
Quizás, nuestro ya lejano tiempo de malambista, con epicentro en 1969, cuando Carlos Attemberg lograra el campeonato de Laborde, y Raulito Tolosa el de subcampeón infantil, y concursáramos con Guillermo Villaverde en la fantasía de “dúo de malambo”,  es que elegimos para la fecha esta palabra criolla.
Danza de hombre solo, varonil por excelencia, tiene, como otras cuestiones de nuestras costumbres y usanzas, un origen incierto, que permite las más variadas conjeturas. Más nosotros, fieles al principio de que gran parte de nuestros usos tienen un origen hispano que en estas tierras sufrió un proceso de “acriollamiento”, nos inclinamos a pensar en los zapateos y taconeos andaluces y gitanos. Quizás por eso dijo Yupanqui: “La guitarra arrinconó en sombras de olvido su tragedia moruna y las reminiscencias hispanas, y cobró un acento de tierra definitiva, de cielo alto y viento libre”.
Entre esas curiosidades está la del nombre, “malambo”, y cuenta el Prof. López Flores, que “según algunos proviene de la similitud de esta danza con otra muy parecida que bailan los indios colombianos, y cuyo nombre es el mismo de un cacique de esas tribus: Malambo”; no faltan quienes lo vinculan al ritmo y bailes de comunidades negras conformadas cuando la esclavitud. Más en lo personal, ni la una ni la otra logran convencimiento, inclinándonos por una expresión onomatopéyica del ritmo de la danza.
El citado profesor del párrafo anterior, dice que es una “danza pampeana” -afirmación que puede ser temeraria porque se lo reconoce por casi toda la geografía patria-, y agrega “en la que interviene un solo bailarín y no actúa la mujer (…), es una de las más antiguas de nuestro folklore coreográfico…”. Al respecto, Ventura Robustiano Lynch, en lo que resultara el primer trabajo de investigación sobre el gaucho y el folklore, publicado en 1883 (hace 133 años), y conocido hoy como “Folklore Bonaerense”, afirma: “Como baile no hay ninguno comparable al malambo. Es el torneo del gaucho…”; líneas más adelante refiere como testigo presencial: “En el Bragado, en 1871, vimos un malambo que duró casi toda la noche, constando de 76 figuras diferentes para cada uno de los bailarines”. Para aclarar lo que puede ser una contradicción con lo anteriormente dicho de danza de “un solo bailarín”, en este caso y al hablar de torneo, pinta un “malambo de contrapunto”, en el que un bailarín hace una mudanza o figura, y da tiempo al adversario de que la devuelva y a su vez agregue una nueva que el primero debe repetir y a continuación agregar otra, y así hasta que uno de los contendientes no pueda devolver, declarándose por lo tanto, derrotado.
El tradicionalista e investigador, Don Domingo Lombardi, autor de la letra del popular gato “El Sol del 25”, afirma respecto de la forma recién explicada de practicar la danza, que:
 “En la provincia de Buenos Aires desde el año (1867) por lo menos, el malambo tenía lugar, siempre, entre dos competidores, uno frente a otro y por turno,…”.
Don Ata, en su “Aires Indios”, allá por 1945, le imaginó el siguiente nacimiento: “Alguna vez el hombre de las tierras anchas, el gaucho de la llanura infinita, quiso tener su propia danza solista. // Seguramente se cansó de jotas, aires de contradanza y otros bailes que no traducían de ninguna manera esa rara fuerza del matreraje en las regiones apartadas. // Por eso, allá, en las pulperías de tierra adentro, de pampa adentro por mejor decir, comenzó de pronto a quejarse la tierra bajo el amago de un galope rítmico, con risa de espuela y jadeo de hombre. // (…) // El busto, erguido; los brazos caídos junto al cuerpo.”
Poniendo punto final, ilustramos con “Malambo” que el propio Yupanqui escribiera:

(El verso se encuentra en el blog “Poesía Gauchesca y Nativista”)

domingo, 12 de febrero de 2017

LAZO (2° Parte)

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 14 – 12/02/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

LAZO
Avisábamos el domingo pasado que hoy daríamos lectura a un escrito que sobre el “lazo” dejó Don Ambrosio Juan Althaparro. Este estanciero vasco vivió entre 1875 y 1955, y desarrolló su vida de campo en la Estancia “Palenque Chico” en las vecindades de Parravicini. En 1944 publicó un libro sobre sus “recuerdos camperos” que tituló “De mi Pago y de mi Tiempo” basados en los 40 años transcurridos entre 1875 y 1915 en que hizo vida de estancia.
Del “lazo” dijo: “Se usaba para trabajar y no como adorno o complemento de un apero -como se ha generalizado después de 1900- aunque el que lo lleve no sepa ni armarlo. No se alzaba lazo sino en los casos que había que hacer algún trabajo de arreo, rodeo, carneada, hierra, cerdeada, etc.. Los peones de las estancias llevan lazo cuando tenían a su cargo el cuidado de hacienda vacuna (…) No se iba con lazo a las carreras, al pueblo, a la esquina, o a cumplir otras diligencias; hubiese sido ridículo, y el que lo llevase, se expondría a burlas (…).
El lazo para el trabajo en las estancias y más generalmente usado, era el conocido con el nombre de “chileno” que se hacía con una soga sacada en espiral del centro de cuero vacuno;  la que debía tener un ancho alrededor de una pulgada, según el grosor que se le quisiese dar. La soga se sobaba muy poco, y a esto se le llamaba redomonearla, (…).
Esta clase de lazos, que solían ser un poco pesados, llevaban yapa trenzada de cuatro, con argolla de fierro y presilla de cinco tientos; siendo su largo más corriente, de nueve a once brazadas. Se prestaban bien para ciertos trabajos, como cadenear,  manear de tres patas, etc.
Otro muy común era el “torcido” o “torzal” hecho de dos ramales y con las demás características parecidas al “chileno”. Se empleaba mucho para trabajar en corral chico, con animales pesados especialmente cuando se enlazaba de a pie y era necesario embramar en los postes. (A los torcidos cortos y muy gruesos también se les llamaba marote).
Los lazos trenzados no eran tan fuertes como los dos citados; tenían un largo mayor, siendo la medida más corriente la de doce  a catorce brazadas (20 a 23 mts.); por lo general más delgados, con yapa de seis tientos y argollas de fierro, aunque se veían algunas de bronce.
El trenzado más común era el de cuatro tientos, que se trabajaban casi sin sobar, por lo cual esta clase de lazos eran siempre más duros que los “chilenos” y se prestaban mejor para pialar. Los lazos de “seis” eran muy parecidos en su aspecto a los de “cuatro”; pero se hacían en mucho menor cantidad, posiblemente porque eran más difíciles de ingerir. En cuanto a los lazos “ocho” tientos, puedo asegurar no haberlos visto nunca, ni haber oído hablar de ellos; pero respetuoso como soy de afirmaciones ajenas, debo admitir la posibilidad de que hayan sido usados o de que se usen todavía, pero en zonas o en épocas distintas de las en que me tocó actuar.
 En forma de sarta en la argolla de los lazos, se solían colocar unos anillos de acero, conjunto al que se denominaba “cascabel”, porque producía un tintineo característico, especialmente al “pialar”. Su uso era por lo general resistido, porque importaba un alarde de habilidad en el manejo del lazo, que siempre resultaba jactancioso y por consiguiente mal mirado. Tan era así en algunos casos, que el padre del que esto escribe, “no tomaba como peón a quien se le presentase llevando lazo con cascabel”, pues el detalle le hacía presumir que en lugar de un  trabajador, se trataba de un compadrito inservible”.
(En el blog Poesía Gauchesca y Costumbrista, se podrá encontrar las 4 décimas de "Mi Lazo" de Juan Carlos Pirali, con que se cerró este bloque).

domingo, 5 de febrero de 2017

LAZO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 13 – 05/02/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

LAZO
Prenda indispensable y que nunca debe faltar en el recado de trabajo; respecto del de dominguear… en otro momento lo charlamos…
Como muchas de las pilchas que hacen a nuestro acervo criollo, le encontramos el origen en viejas culturas de Asia, del Mediterráneo, de la “vieja” Europa (nombremos entre otras: la bota de potro, el poncho, la taba, el facón, el estribo, la espuela, la flor de cardo que vimos en el capítulo anterior, y muchas cosas más); lo grandioso de esto, lo realmente importante, ha sido la adaptación, reinterpretación y particularidades que nuestra gente le dio, confiriéndoles allí su fuerte condición de cosa “criolla”, más allá de cual fuere su origen.
En su origen, cuando en euroasia se cazaba el primitivo caballo “tarpán”, el lazo se componía de una larga caña o un palo largo, en cuyo extremo llevaba una armada fija hecha con una lonja de cuero, por lo que el jinete debía acercarse al animal a apresar para poder meter aquella lazada en su cabeza. Y según el entrerriano Martiniano Leguizamón, el mismo método utilizaron nuestros “mozos de la tierra” en épocas anteriores a las "vaquerías" que vieran nacer al gaucho.
Repasando nuestras tradiciones encontramos lazos de un solo tiento torcido al revés, al que se denomina “lazo chileno”, luego los hay de dos, tres, cuatro, seis y hasta ocho tientos. En cuanto al largo del lazo usado en nuestra campaña, los estudiosos que abordaron el tema hablan de entre 17 y 20 metros, aunque no debemos olvidar los decires de Saul Huenchul cuando le canta a su “Lazo de 20” brazadas con lo que estaríamos hablando de un extraordinario ejemplar de 34 mts. por lo menos. Vale decir que para trabajar a pie en el corral, se preferían trenzados más cortos.
Todo lazo se compone de 4 partes: la argolla (de unos seis centímetro de diámetro), la yapa (la parte más gruesa que contribuye a darle el peso necesario para volcar el tiro), el cuerpo propiamente y la presilla; y su uso es indistintamente de a pie o de a caballo.
No solo ha sido herramienta de trabajo, sino que ha probado eficiencia en las guerras de la independencia y en las gauchas montoneras; vale acá recordar que cuando las invasiones inglesas, un jovensísimo Miguel de Güemes, aprovechando la bajante del río tomó una nave enemiga enlazándola; del mismo modo y en arriesgadas acciones, no faltaron los soldados gauchos que en desesperada arremetida tomaron a lazo alguna pieza de artillería que castigaba fuertemente a su ejército.
Buscando información nos encontramos con las valiosas opiniones de Don Ambrosio Juan Althaparro, que por su importante significación, nos hemos tentado de leerlas textualmente en la edición del próximo domingo.

Cerramos ahora con las 4 décimas tituladas “El Lazo”, que como estilo cantara Gardel, que el lec
tor encontrará en el blog "Poesía gauchesca y nativista".

domingo, 29 de enero de 2017

CARDO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 012 – 29/01/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

                              CARDO
Uno de los motivos clásicos en nuestra platería criolla, es “la flor de cardo”, por lo general centro de magníficas rastras de plata. Pero si nos ponemos a hilar fino, y a ver de dónde proviene “el cardo”, elemento que utiliza el orfebre para su obra, nos encontramos que no nos pertenece, que no es planta nativa de las Américas.
Pero… cómo puede ser…? cualquiera se pregunta, siendo que una vasta variedad de “cardos” encontramos por doquier en la campaña pampeana.
Entre nosotros se destaca “el cardo castilla”, originario de la cuenca del Mediterráneo europeo, planta exótica e invasora que quizás llegó a nuestros lares en la bosta de aquellos setenta y dos caballos que sobrevivieron a la dura expedición conquistadora de Don Pedro de Mendoza allá por 1536, donde además deben haber hecho su aporte cerdos y gallinas que también traían, como así mismo, los lienzos o las bolsas en que contenían el alimento para la larga travesía marítima.
Las feraces llanuras fueron el ámbito apropiado para su proliferación. Y es así que hemos vistos matorrales de “cardo ruso” con una altura de 2 mts., como así también albardones o pequeñas lomas cubiertas en apretados racimos por el “cardo castilla” o “de castilla” como sería la denominación correcta. Éste es considerado comestible, ya que se pueden aprovechar sus pencas, y así fue que en años muy lejanos y en la Vieja Europa, cultivándoselo en huertas, con el cuidado y la atención del hombre, al dejar de ser silvestre evolucionó y de él derivó “el aucalcil”.
Lo que muchos no saben, es que esa “flor de cardo” que resulta para nosotros tan criolla, es, desde el 1260 aproximadamente, la flor nacional de Escocia; al menos así lo entendió su pueblo cuando dicho cardo los salvó de una invasión nórdica (mas esa es otra historia que escapa a nosotros).
(Pero para que vamos a preocuparnos si “el cardo” es nuestro o no, si allá en el Reino Unido, desde 1911, nuestra Marcha de San Lorenzo se utiliza oficialmente cuando se entroniza un rey, como así también se ejecuta ante cada cambio de guardia en el Palacio de Buckingham).
Nunca me olvidaré (y aún hoy evoco), aquel yogur criollo -en tiempos en que en el campo no había heladera-, que mi abuela preparaba con leche gorda, recién ordeñada y bien azucarada, que cortaba con la acidés de los filamentos de la “flor del cardo castilla”, que envueltos en un trapito blanco bien limpio, previo machacarlos un poco, introducía en la fuente que contenía la leche. ¡Con que gusto salía al campo a buscar dos o tres de las flores más grandes que cortaba con mi verijerito! Nunca comí potaje tan sabroso.

Curiosamente para nosotros, la voz “cardo” tiene su origen en el latín provincial de Cártago, en el norte de África, lugar que actualmente ocupa Túnez. 

(Las décimas de "El Cardo" de D. Roberto Reparaz se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 22 de enero de 2017

LANZA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 011 – 22/01/2017

Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

LANZA
Si bien siempre se ha dicho que la Patria se hizo a caballo (idea a la que yo adhiero), habría que agregarle que esa historia se costureó a lanzazos, porque “la lanza”, hasta la aparición de los Remington, las ametralladoras Gotling y los cañones Krupp (esto allá por 1870 y tanto), fue el arma más al alcance del pueblo, la de menor costo y de más fácil construcción, la que enarbolaron las manos de aquellos 18000 gauchos que al llamado federal de López Jordán dieron cuerpo a la última gran patriada montonera que ya nada pudo contra la modernidad armamentista de Sarmiento y Roca.
Casi podríamos asegurar que es la herramienta y arma más antigua de la humanidad, que se mantuvo vigente siglo tras siglo mientras el armamento bélico, en el afán guerrero del hombre, se iba superando.
Todo palo recto y largo, o vara similar, en cuyo extremo se aseguraba una hoja metálica, fue considerado “arma de asta”, o sea una “lanza”. En sus orígenes el elemento punzo-cortante de su extremo fue una piedra tallada y también un trozo de madera dura bien afilado.
La “lanza de caballería”, de una extensión de 2.50 mts., lleva en un extremo la moharra, o sea la hoja punzo-cortante; y en el opuesto, el regatón. Dijo Yamandú Rodríguez en “Romance de Pumas”: “El regatón de las lanzas / va dando vuelta los muertos…”.
El gaucho, al llamado de su caudillo, improvisaba su “lanza” con una larga caña de tacuara enastada con un cuchillo viejo, o una media tijera de tusar, o un hierro puntiagudo; de allí que muchas veces con solo decir “la tacuara” se sabía que se hablaba de “la lanza”.
Todas las parcialidades indígenas la utilizaron en alguna de sus variantes. La de la región pampeana conformó un diestro guerrero enarbolando una muy larga, hasta de 6 mts. según lo refiere el investigador Mario López Osornio; construida con colihue, una caña maciza, propia de los Andes chilenos, que se da desde la zona de Talca (a la altura de Mar del plata) hasta la sureña Aysen (altura de Puerto Deseado), la que llega a crecer recta, sin ramasón, hasta los 8 mts.
El indio supo blandirla sobre su cabeza, practicando un molinete, que complicaba a los milicos poder entrarles a sable o con la lanza militar que era más corta, y a veces la cargó bajo el brazo en el momento del tremendo lanzazo. Esta arma pampeana, jamás fue arrojadiza, como se suele ver a veces en algunas representaciones, en las que indios bien montados, parados en los estribos, arrojan una lanza corta. Sí fue arrojadiza la de la región del chaco septentrional
Otra forma popular y común de denominarla fue “chuza”, y esta expresión quizás derive de la antigua expresión española “chuzo”, que designa a una lanza corta, arrojadiza.
Evocamos su gloria pasada con los versos que el entrerriano Arturo Berrotaveña titulara "La Chuza" (el verso se encuentra en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 8 de enero de 2017

TALA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 009 – 08/01/2016


Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En el norte se enseñorea el algarrobo, el caldén en la pampa, y en Buenos Aires, más allá de aquello de que “la pampa tiene el ombú…”, talla el tala!
Cuando allá por 1580 el conquistador español comenzó a reconocer los campos al sur del Riachuelo de los Navíos, es muy posible que armase campamentos y fogones a la sombra y al reparo de los tupidos “talares” de las costas del Plata. Más que centenarias plantas se erigían majestuosas e ignorantes de lo que después vendría.
Cuando el español ya más seguro, comenzó a internarse en la pastosa e infinita llanura, al toparse con arroyos, riachos o lagunas, volvió a disfrutar de la compañía del “talar”, que no solo le ofrecía cobijo sino también valiosa leña de templada brasa. Valga por ejemplo, el tupido y muy añoso “talar”, próximo al sitio en que fue fusilado Dorrego, en Navarro.
El desarrollo del “tala” depende de las probabilidades del agua: donde tiene buena agua dulce al alcance de sus raíces se desarrolla como un árbol que alcanza una altura de 12 mts., pero también hay versiones de que pudo alcanzar los 20 mts.!, y este parecería el caso de los “talares” que fueron convertidos en carbón allá por Gral. Madariaga, a juzgar por la vieja foto de la zona de los “montes grandes” que publicó Alberto Mola en su libro “Hechos del Tuyú Viejo”,
Cuando nace en tierras secas y pedregales, con escasa provisión de agua, es un arbusto que anda entre los 2 y los 4 mts. de altura.
El tupido entramado del “talar” sirve de protección y amparo a otras especies que a ese monte se entreveran, tal el caso del espinillo, el chañar, el coronillo, la sombra’e toro y la cina-cina, todas ellas, plantas y arbustos de tipo espinoso nativas de la América del Sur. No obstante, hay autores que hablan que la dispersión del “tala” abarca desde EE.UU. hasta la llanura pampeana, o sea: por casi el todo el continente Americano.
Si bien su madera es muy buena, tiene por contra que al no tener un tronco alto y recto (y pasa lo mismo con las ramas), su aplicación está limitada a trabajos de reducida envergadura.
Pero hay una pilcha criolla que lo recuerda: ese rebenque de trabajo, a veces algo tosco pero de cabo con buen peso, que llamamos “talero”, donde ese trozo de rama de tala, va por general retobado en una cola de vaca.
Los teleros han aprovechado su raíz, que hervida, brinda un color castaño o café, que se fija firmemente y es muy resistente. Por otro lado se ha usado el te hecho con sus hojas para afecciones del pecho, los resfríos y las indigestiones.
Tan ligada ha estado su existencia a la vida del hombre de estas regiones, que en Uruguay y Argentina hay ciudades que se llaman “Tala”, y localidades como “El Talar”, y así mismo muchas son las estancias denominadas: “El Tala”, “El Talar” o “Los Talas”.
Poco se conoce que en 08/2015, en C.F. fue declarado por la Legislatura, “Árbol emblemático de la Ciudad de Buenos Aires”.

(Se ilustra con "Talita del Pedregal" que se encuentra en el blog Poesía Gauchesca y Nativista)