lunes, 30 de julio de 2012

MANUEL RODRÍGUEZ


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 10– 21/05/11

Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

MANUEL RODRÍGUEZ.  Nació en  Teodelina,  provincia   de  Santa  Fe,  el 25/05/1924, en el hogar formado por Josefina María Giroud Guillet y Fructuoso Rodríguez, siendo el quinto de nueve hermanos.
A poco de nacer la familia se traslada a Gral. Arenales en la pcia. de Buenos Aires, criándose en ese medio rural, realizando todo tipo de tareas, desde boyerear hasta juntador de maíz, pasando también por el arado y la siembra, e inclusive corredor de cuadreras.
Hacia 1944, se acerca a la Ciudad de La Plata donde se radica, vinculándose de a poco al quehacer tradicionalista y folclórico.
A fines de los años ‘50 conoce a Francisco Chamorro quien lo vincula a Mario Jorge Acuña, de Radio Provincia, colaborando durante tres años en la audición “Mañanitas Camperas”; integra luego el equipo de la audición “La Huella” que llevaba a cabo Omar Llompart por esta Radio, y cierra el ciclo siendo durante once años, “productor” del espacio “Sábados Argentinos” que Esteban Decoral Toselli conducía por Radio Provincia.
Casi desde su fundación se sumó al Centro Tradicionalista “Punta Lara” de Ensenada,  siendo miembro de varias comisiones; del mismo modo lo hizo con la AAET donde registra como socio Nº 9, habiendo llegado a desempeñar, el cargo de vicepresidente.
Poeta de trazo simple pero veraz, ha volcado al papel cuestiones de la vida que ha palpado, cantándole a la mujer, al rancho, al boyero, al arado, al paisaje que conoció.
Quizás su tema más difundido sea la “Chacarera Bonaerense”, musicalizada por Francisco Chamorro, con grabaciones de “Los Hnos. Abrodos”, Rodolfo Jáuregui y el propio autor de la música. También Leandro Álvarez le ha grabado la milonga “Por eso nomás”.
En 05/2006 publicó su primer libro, “Boyerito - versos terruñeros” en el que reúne la mayor parte de sus composiciones. Asimismo está incluido en las antologías: “Diagonales. Tilos y… poetas” (1995); “El hacer de las palabras” (San Juan, 2007), y “Antología 25 Aniversario – Versos y Prosas” (2009).
Versos suyos han aparecido en Revista “Pa’l Gauchaje” y el Boletín de la AAET.
En 08/2006, junto al cantor Cacho Alday, editaron el compacto “Tirando en Yunta”, en el cual recita cuatro temas de su autoría, y en 03/2010 edita su disco “Versiando como en fogón”, en el que interpreta 14 temas, siendo 5 de su autoría.
Entre sus distinciones se destacan: la “Orden del Gaucho” que le otorgara la Federación Gaucha Bonaerense, el 2º Premio en Poesía en los Juegos Florales de la Fiesta de las Llanuras de Cnel. Dorrego, en 2000, y el Primer “Diploma de Honor” del Certamen de Narrativa organizado por el Círculo Literario “Ciudad de Berisso”, en 2006.
En 10/2008 recibió de “Estampas y Memorias” el “Cóndor de Fuego” por su trayectoria, y el mismo mes fue designado “Presidente Honorario” de la AAET.

EDILIO MACHADO


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 11 – 28/05/2011
 Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

EDILIO OSCAR MACHADO – Nació el 8/05/1931 en el bonaerense pago de Rivadavia -Estación América-, en el nido gaucho que conformaban Da. Divina Díaz y D. Tomás Machado, hombre éste, hecho a la vida de las estancias del oeste bonaerense, sea de puestero o repechando una huella resera; de su ejemplo siempre recordaba una sentencia cuando la conversación coincidía: “los gauchos no lloran”.
Hombre de reconcentrada seriedad, ocultaba tras la parquedad de su aspecto, la verdadera imagen de paisano calmo, de palabra medida pera sentenciosa, de mano franca y bien dispuesta, de gaucho corazón con arrestos de señorío aborigen, ese que supo conocer su abuelo y del que hablaba cuando recordaba sus andanzas por las tolderías pampas. A ese abuelo un tanto “matrero”, lo evocó en cinco décimas que tituló “Mi Abuelo Pampa”.
De hablar pausado y de tono firme, de mirada serena pero profunda, era un hombre agradecido que recordaba al programa “El Rincón de los Payadores”, como la primera tranquera que se le abrió para darse a conocer, para difundir sus sueños de poeta, para decir en voz alta su manera de sentirse argentino.
Pasados los 20 años, alejándose del pago como tantos otros jóvenes de ese entonces, se radica en el Gran Buenos Aires, y así, al poco andar de la vida urbana, al tañido imaginario del cencerro de la nostalgia, comienza a volcar sus pasadas vivencias camperas en las estrofas del verso criollo, versos que han quedado registrados en los libros “El Decir de un Argentino” (04/1978); “Sin Rodeo… con mi gente” (03/1980); “Bien Nativo” y “Divisa Pampa” (ca. 1986).
Su primera trascendencia la obtuvo con la letra “Del otro lao de la vía” que en la voz de Roberto Garayalde tanto supo difundir en “Un Alto en Huella”, el recordado Miguelito Franco, verso que siempre se me pintó más que criollo, orillero o suburbano, sensación que reafirmé al conocer la totalidad de los alrededor de ochenta versos que totalizan sus libros, los que respiran un ambiente más gaucho  y pintan un paisaje más campero. A pesar de lo cual fue aquél el que le dio renombre, renombre al que supo tomar con la filosofía que heredó de su padre, y entonces decía: “La fama es como la rama: se quiebra en cualquier cimbrón”.
Varios temas suyos, además del ya apuntado, fueron grabado, y así nombramos el vals “La que perdonó”, que registraron, individualmente, Roberto Belén,  Carlos Galván y Carlos Gallardo;  “Me dicen el pampa”, Roberto Garayalde; “Noches Pampas”, Roberto Belén, y “Me diste un hijo”, Carlos Galván.
Tempranamente, aún con mucho por dar, falleció en Lavallol el 14/10/1987.
Lo mostramos a través del tema: “Tirando una cuarta”

JORGE DANIEL CAMPOS


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 14 – 18/06/2011
Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

La página de hoy no ha de referenciar a un poeta, pero en la línea criollista que nos hemos trazado recordaremos a un pintor, artista que más allá del reconocimiento logrado en su momento, entendemos no fue de la magnitud que merecía, y arriesgamos opinar que quizás esto se debió a la fama del primo que lo opacó o lo dejó a su sombra.
¿De quién estamos hablando? De JORGE DANIEL CAMPOS; y ¿quién era ese primo…?, pues, nada menos que Florencio Molina Campos.
Poco se ha escrito de este artista, motivo por el cual no podemos abundar en precisiones, pero no han de ser éstas obstáculo que nos impida, en estos 5 minutos, recordarlo como se merece por su valioso aporte a la cultura criolla.
JORGE CAMPOS nació al iniciarse el S. XX, justamente en el año 1900, en el hogar de Da. María Luisa Almagro y D. Manuel Isidro Campos, en Gral. Alvear.
Con sobrada maestría se abocó al dibujo y la pintura de motivos camperos. Dos o tres características marcan su puntillosa obra: el pintar caballos criollos de formas muy marcadas y pelos overos; el mostrarlos con la marca conocida como “el huevo”, de la misma manera que Florencio utilizaba en sus pinturas la marca “los 2 estribos”; y por último, pintar mayoritariamente, paisanos zurdos, tal como él lo era.
Estilísticamente se me antoja clasificarlo en una línea intermedia entre el fino grotesco de Molina Campos y el detalle puntualmente realista de Eleodoro Marenco.
Entre los trabajos que han llegado hasta nosotros, podemos decir que en 1942 fue el ilustrador de “Album Gaucho”, primera obra del poeta Omar Menvielle; antes, y esa vez como ganador de un concurso de 1936, ilustró la tapa del valioso libro “Mis Pingos” del inglés Roberto Cunninghame Graham, que editara Peuser. Además ilustró: 4 libros de Godofredo Daireaux, 3 de Charrúa y 2 libros técnicos de Roberto Müller Defradas: “Enfermedades del Ganado” y “Economía del Estanciero” entre otros varios.

Así también fue ilustrador de la caracterizada Revista “Señuelo”, de Juan Ambrosio Althaparro, editada también en los años 40.
Ilustró el almanaque de Bayer Argentina, en 1965, con 12 acuarelas de motivos muy paisanos que podríamos situar en las 2 ó 3 primeras décadas del pasado siglo.
Además de pintor fue un apasionado criador de caballos criollos, para lo cual se asoció con un vecino nuestro: D. Manuel Lucio Alcuaz, de Brandsen.
Por último, anecdóticamente digamos que en 1938, a pedido de su primo Florencio, organizó y encabezó el viaje de 4 jinetes criollos que viajaron a EE.UU. para presentarse en el famoso rodeo “Real Wild West” que conducía Tim Mac Coys.
D. Jorge Campos falleció a fines de los años ’80, dicen… que solo y olvidado.
Lo homenajeamos con las 4 décimas que le dedicara su amigo Omar Moreno Palacios tituladas “A Don Jorge Campos”:

LEONOR CENTENO


LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 8 – 7/05/11

Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

LEONOR CENTENO - Nació en el hogar integrado por Herminia Giménez y Ángel Centeno, en Carlos Casares, pcia. de Buenos Aires, siendo la  tercera. de 5  hermanos.
Pasó su infancia en San Fernando, donde se había establecido la familia por ejercer su padre la docencia como maestro de danzas nativas en las escuelas del Delta.
Su papá, entusiasta tradicionalista y folclorista, había creado el Conjunto “Fogón Argentino”, el que integraba con sus hijos, y con el que hacía permanentes giras por la provincia y provincias vecinas. Así fue que a los tres años de edad, Leonor debutó interpretando poesía criolla en el Teatro Verdi de Carlos Casares.
En 1946 la familia se establece en La Plata, y dos años después Leonor se vincula a LS 11 Radio Provincia, cuando ésta funcionaba en Avda. 51 e/4 y 5, a la que ingresa por concurso y en la que se desempeñará como redactora, libretista, intérprete y conductora, hasta jubilarse en la emisora en 1993. Por la misma condujo unos 25 programas, todos nativistas, siendo algunos: “Noches Folklóricas”, “Recorriendo nuestra provincia”, “Folklore Sureño”, “Personajes Bonaerenses”, “Testimonio Nativo” y “Con lo nuestro”, audición ésta que estuvo en el aire diecisiete años consecutivos.
Se inició en la escritura en los años de la escuela primaria, de cuando recuerda que a los ocho años,  una maestra que descreía de una poesía titulada “Nuestra Bandera” que había estampado en el cuaderno como parte de una tarea, citó a su padre para saber ‘de donde la había copiado’.
“De mucha historia nuestra habla su poesía. Un puro aliento épico la recorre, con la vitalidad de potros, una ‘fusión maravillosa de la guitarra y el arado’ un gran amor a nuestros cielos, a nuestros gauchos y mucho orgullo de ser argentina”, supo definirla Alejandro de Isusi.
Colaboró asiduamente con la Revista de LS 11 y también con Revista “Nativa”, de Julio Díaz Usandivaras.
Su obra poética publicada, la componen sus libros: “Alero del Regreso” (1951) - “Figura de Olvido” (1955) - “Memoria de Pampa” (2003).
Entre muchas distinciones destacamos: la “Orden del Gaucho” otorgada por la Federación Gaucha Bonaerense como “mejor folklorista”; la “Marca de José Hernández” de la Peña “El Estribo” de Villa Elisa, en dos oportunidades, y la “Distinción Trayectoria” de la AAET (1998).
Una muestra de su poesía la ofrecemos en la lectura de las décimas de “Milonga”:

domingo, 15 de julio de 2012

EL GAUCHO

SU  GÉNESIS
Desde la ventana que tan gentilmente me abriera … (“El Mirador  /  El Tradicional”) permitiéndome no solo otear hacia horizontes sin límites, sino también, volcar algunas reflexiones, decía al entornar sus postigos, que de  haber “una próxima” hablaríamos de nuestra cultura gaucha. ¡Pues, intentemos darle inicio!
Pero hablar del gaucho, así a secas, es -como suelen expresar los jóvenes-: todo un tema. Y para encontrarle la punta al mismo debemos remontarnos a la llegada de los primeros conquistadores e imaginarnos sus ojos poblados de asombro: primero, porque pisaban una “tierra nueva”; segundo, por la exhuberancia de lo que la misma les ofrecía -ríos inmensos, selvas inconmensurables, montañas gigantescas-, ¡que el nuevo mundo no se las anda con chiquitas!, y superaba todo lo por ellos  conocido.
Y sumémosle a lo dicho, la rica magnificencia de las desarrolladísimas civilizaciones que habitaban Centroamérica y el norte y noreste de la América del Sur.
Escaramuza más escaramuza menos, dominar a aquellos pueblos civilizados fue tarea fácil para los ambiciosos soldados ávidos de riquezas; pero a medida que avanzaban hacia el sur o que intentaban desembarcos en el sur del continente, no solo la naturaleza se mostraba más agresiva, sino que en los naturales de estas regiones, en condición inversamente proporcional a su desarrollo sociocultural, crecía su belicosidad en defensa de esa invasión.
Mucho le costó al español asentar su planta en esta zona de América; baste evocar a Solís y Mendoza, entre otros, para recordarlo. Y si bien las riquezas no estaban a la vista como con los aztecas y mayas, el imaginario popular se encargaba de mostrarlas de manera tal que, incentivado el apetito codicioso, el conquistador buscó afanosamente sobreponerse a tanta contingencia y adversidad, hasta lograr establecerse con cierta seguridad.
En nuestras latitudes, que es donde rastreamos el origen del ser social llamado “gaucho”, la conquista logra hacer base en lo que hoy es Paraguay.
Al respecto dice Félix Luna: “Poco después (refiere a la muerte de Mendoza) se estableció una convivencia relativamente pacífica en el Paraguay, y los guaraníes hicieron tratos con las huestes de Irala sobre la base de entregar a sus mujeres, en un ámbito que se dio en llamar ‘el paraíso de Mahoma’.”
El destacado es nuestro, que allí se encuentra la punta del ovillo.
No es ninguna novedad afirmar que en aquellas aventuradas y difíciles travesías sobraban hombres y escaseaban mujeres, y no es de extrañar tampoco que por una cuestión natural hombres y mujeres se necesitan mutuamente, y a falta de europeas, ¡bienvenidas las guaraníes! Y se inicia la mestización.
Fruto del reclamo de esa necesidad sexual, son los hijos que comienzan a denominarse “mancebos de la tierra”, “mozos de la tierra” y también “criollos”. En un trabajo anterior los describía así: “Hijo de vientres pródigos y fecundos pero casi anónimos, tuvo padres que le mezquinaron la identidad de la paternidad.”
Cuando Juan de Garay acude hacia el sur con la intención de establecer el dominio del estuario del Plata refundando la ciudad soñada por Pedro de Mendoza cuatro décadas antes, encabeza una expedición integrada por sesenta y seis personas, que en si ya no eran españoles de pura cepa, sino, casi todos nacidos en estas tierras, producto de los tratos párrafos arriba indicados. Eran criollos.
Buenos Aires fue refundada el 11 de junio de 1580 prácticamente por “hijos del país”.
Aquella expedición pondrá en movimiento una actividad que será primordial para el nacimiento del gaucho: el trabajo con hacienda y de a caballo.
Entonces el valor de la hacienda bovina y caballar era muy importante, y una cantidad de ellas era necesaria para establecerse en las regiones a dominar. Esto motivo una expedición fundadora dividida en dos: por agua, en embarcaciones, los enseres de trabajo, muebles, provisiones y herramientas; por tierra los arreos vacunos y yeguarizos confiados a mozos de a caballo y guaraníes colaboradores y prácticos en la tarea.
Esa actividad ecuestre vinculada al manejo de hacienda bovina, será primordial para el nacimiento del gaucho, y quizás haya sido ésta travesía el antecedente cierto de lo que siglos más tarde conoceremos como uno de los oficios más gauchos: el de tropero, arriero o resero, según sea la región.
La fundadora expedición de Garay, trajo hacia estas tierras a poblar, entre 300 y 500 cabezas de ganado vacuno y unos 1000 yeguarizos. Siete años antes, el mismo soldado había fundado Santa Fe de la Veracruz, en cuyas adyacencias ya se apacentaban de estas clases de ganados (procedentes del Paraguay y Córdoba), necesarios para el abasto de la población, unos, imprescindibles para la movilidad, el trabajo, la guerra y las tareas de expansión, los otros.
Es de pensar con certeza, que de los que venían arreando desde la Asunción, como de los que se aquerenciaban por la joven Santa Fe, y los que se establecieron en la nueva Buenos Aires, hubo animales que escapaban del control de sus pastores (se “alzaban” se decía entonces), y dueños y señores de un ámbito que los favorecía, se silvestraban, o para decirlo en el lenguaje de la campaña, se hacían “cimarrones” (salvaje, montaraz). Si a esto le sumamos que unos siete años después, Juan Torres de Vera y Aragón fundaba San Juan de Vera de las Siete Corrientes, para cuyo fin se arrearon -también de la Asunción- 1500 cabezas de ganado, con los que debe haberse repetido el fenómeno antes aludido, ya tenemos en la hacienda silvestrada, el caldo de cultivo del que ha de germinar el gaucho.
Haciendas de Santa Fe se utilizaron para poblar y extender las posesiones en la Banda de los Charrúas, y así, hacia 1606 el Gobernador Hernandarias encontró vacunos cimarrones ¡a diez leguas de la costa!, lo que es decir más de 50 kms.
Según refiere Coni en su “Historia de las Vaquerías de Río de la Plata”, a 28 años de fundada la Ciudad de Buenos Aires (1608), el Cabildo concede a Melchor Maciel, el primer permiso o licencia para cazar hacienda cimarrona. Esto de por sí explica que el número de animales en estado silvestre en los campos más o menos próximos, era muy importante.
Así, hacia 1610/20, las haciendas sin marca de dueño, pero que se consideraban propiedad de los gobiernos de cada ciudad, se contaban por cientos de miles a lo largo del litoral, en la Banda Oriental, y en los llanos próximos a Buenos Aires.
Y esta geografía poblada de majestuosos ríos, impenetrables montes y selvas, con llanuras inmensas, pero que carecía de los codiciados metales precioso tan apetecibles para los conquistadores, reemplazará las minas de plata, con la explotación del ganado vacuno, cobrando suma importancia lo que ha de llamarse “acción de vaquear”.
Era tal, un derecho que se vendía a, por lo general, miembros de la sociedad “más acomodada”, y que no necesariamente tenía que ver con la posesión o titularidad de la tierra.
Ahora bien, no han de ser estos “señores” los que han de internarse campo adentro donde la naturaleza y los naturales del suelo tallaban por propia condición. Estos propietarios, a los que se conoce como “accioneros”, contrataban capataces de probada autoridad y mando, y éstos, se encargaban de reclutar esos “mozos de la tierra”, esos “hijos del país”, esos “criollos”, hábiles como el que más para el caballo y curtidos como el mejor para la intemperie, que habían heredado de la sangre materna, la parquedad, el coraje nunca doblegado y un cierto distanciamiento hacia el poder de la civilización; y de su ascendencia paterna, cierta anónima hidalguía y el mismo arrojo que le permitió al conquistador el abordaje de lo ignoto.
Por meses armaban campamentos en lugares recónditos (si los relacionamos con los escasos centros poblados), abocados a la caza de la hacienda salvaje, animales de cuerpo enjuto, amplia cornamenta y ágiles como gamo; donde a fuerza de desjarretador, lazos, boleadoras y facón, procedían a la tarea de sacrificar la mayor cantidad de reses posibles, para paso seguido, a cuchillo y chaira iniciar la cuereada, animal por animal, ya que era éste -la corambre-, el único elemento aprovechable entonces, el que, carretas mediante, llegaba a los puertos que le señalaban a Europa como fin de viaje.
De esta actividad, realizada casi ininterrumpidamente hasta mediados del 1700, nace ese ser social al que se llama gaucho, que por las circunstancias apuntadas solo ha de respetar en el mando al que es superior a él, lo que -con el devenir del tiempo-, ha de explicarnos el por qué del caudillismo.
Según Juan Espinosa, el gaucho “Es orgulloso como quienes no reconocen superior en el desierto en que vive, y se considera dueño por su esfuerzo de cuanto lo rodea”. Esta última interpretación de la propiedad, es la que en el Siglo 19 fundamentalmente, lo enfrentará al poder del patrón y de los jueces, que lo tildan de vago y haragán; pero, por el contrario, si seguimos al autor citado, vemos que “…es espigado, ligero de cuerpo, pero membrudo; tan infatigable en la faena como indolente cuando no tiene precisión de hacer algo. Alegre a veces, taciturno otras, celoso de sus derechos de hombre, no sufre que nadie le humille: tipo especial que no tiene muchos parecidos”.
Resumiendo, tomamos la expresión del Dr. Pizarro, cuando dice:  “El gaucho (…) se apone al blanco-europeo y a su orden porque solo lo valoraba como esclavo y tiende  a alejarse del tipo de vida horizontal y gregaria del indio, porque se siente superior a la misma…”.
Acercándonos al final, digamos que desde aquella fundación de Asunción (1537) transcurrieron dos centurias hasta llegar a erigirse en un ser social con identidad propia, templado y formado por las dos vertientes que le dieron vida (“Naciste en la juntura de dos razas  /  como en el tajo de dos piedras  /   nacen los talas”, estilizó el poeta), y todo eso para una existencia plena de no más de un siglo, como que alterada la geografía natural por el avance civilizador, el gaucho transmutó hacia el hombre de campo que alteró aquella seminómade existencia, en la de peón de estancia, puestero, resero por caminos serpenteantes, pero atado ahora a reglas socio-económicas que en todo difieren de su tiempo de origen.
Muchas páginas podrían borronearse sobre el particular, aportando dichos de muchos investigadores, pero buscando la síntesis cerramos con las palabras del oriental Silva Valdés, cuando dice que en el ayer el gaucho abonó la Patria con su sangre, y que “hoy, convertido en símbolo, sigue prodigando el zumo de su vida nutriendo el estro de algunos artistas que lo evocan y lo aman como al abuelo del pago grande que es el terruño. Gaucho: creo que no te acabarás nunca (…), nuestras patrias te ofrecerán al futuro en las dos manos extendidas del Arte y de la Historia”.
Y en eso andamos nosotros.
La Plata, 17/10/1998
Publicado en Mensuario “El Mirador” (La Plata), en 10 y 11/1998
Publicado en Periódico “El Tradicional” Nº 46 de 06/2002

lunes, 9 de julio de 2012

ENRIQUE UDAONDO - custodio del ayer


Atento a que se ha cumplido el Cincuentenario de su Fallecimiento y poco y nada se lo ha recordado, es que nos parece oportuno rescatar esta nota de 11 años atrás, publicada por "Revista La Taba" de Luján en su Nº 18 de 4/2001

Tiene Luján en la evocación de Don Enrique Udaondo, la presencia indudable de un hijo pródigo aunque no fuese éste nacido en su seno; pero es innegable que fue él una de las personas que más contribuyó para la difusión de su nombre, a través de la vasta e importante obra que llevó adelante, la que acercó y continúa acercando hasta sus calles, cantidades de turistas dispuestos a conocer sus “tesoros”, y de investigadores urgidos por verificar sus estudios.
Hijo de Don Melitón y Doña Adela Peña, nació Enrique en la Ciudad de Buenos Aires, el 11 de junio de 1880, justo cuando la misma celebraba tres siglos de su fundación. ¿Por qué no pensar entonces que esta coincidencia lo marcó con ese afán por descifrar la historia y conservar sus testimonios que lo acompañó toda la vida?
En colaboración con el Dr. Adrián Becar Varela y auspiciado por el Municipio de la Ciudad Capital, para el Centenario de la Revolución de Mayo publica su primera obra: “Plazas y Calles de Buenos Aires – Significado de sus nombres”.
Y si bien fue un escritor e investigador enjundioso capaz de encarar obras de largo aliento, su nombre ha trascendido más bien por su pasión conservacionista de los testimonios del pasado, a los que se abocó con verdadero ahinco, siendo padre y creador de numerosos museos.
Pero su obra cumbre está allí, en Luján; en ese Luján, decía al principio, que lo cuenta como hijo pródigo.
Fundador e impulsor del Museo Colonial e Histórico, fue su director (ad honorem) y por muchas décadas, desde la inauguración el 2 de julio de 1923, al punto de poder definírsele diciendo simplemente: “le dedicó su existencia”.
El museo, que en sí había sido creado por decreto del 17/12/1917, se ubicó y allí permanece, en el edificio del “Cabildo de la Villa de Luján”, al que se le anexó la construcción conocida como “Casa del Virrey”, en virtud de que en ella supo alojarse el Virrey Marqués Rafael de Sobremonte, casa en la que entre 1830-1845, vivió el también célebre doctor Francisco Javier Muñiz.
Para la restauración y adecuación de dichos históricos edificios a su nueva función de entorno museológico, colaboró con Udaondo el Arq. Martín Noel.
Esto sería en su origen, ya que posteriormente se le fueron agregando otros edificios hasta llegar a ser el inmenso complejo de la actualidad.
Pero no satisfecho don Enrique con esta inconmensurable obra, se dedicó a difundir su visión protectora del pasado, forjándose y naciendo a su influjo, una serie de nuevos museos. Tales los casos del Museo Pampeano de Chascomús (7/11/1939), Museo y Parque Criollo Los Libres del Sur de Dolores (29/10/1940), Parque Criollo y Museo Gauchesco ‘Ricardo Güiraldes’ de San Antonio de Areco (16/10/1938), sin olvidar otros en que también intervino.
Pero paralelamente a su actividad de museólogo, desarrolló afanosamente su labor de investigador e historiador, dando a la imprenta obras como: “Los Congresales de Tucumán” (1916), “Uniformes Usados Por Nuestro Ejército” (1922), “Árboles Históricos”, “Diccionario Biográfico Nacional” (1938), “Diccionario Biográfico Colonial Argentino” (1945), por mencionar sólo una parte de su amplia obra.
Por su labor de activo historiador ocupó varias veces la vicepresidencia de la Academia Nacional de la Historia, y fue asimismo un precursor en la tarea de identificar y marcar los sitios de valor histórico en la provincia de Buenos Aires.
Por cuestiones similares fue que se lo distinguió con la Presidencia de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos.
Hace poco, un miembro de la Academia de Historia recordaba cuando en 1934, viendo Don Enrique en la Plaza de Luján, a un joven pintor llevar a la tela la fachada del histórico cabildo, le ofreció realizar pinturas y efectuar restauraciones en telas existentes en las colecciones del Museo. Ese joven era Liber Fridman, y estimulado por Udaondo aprendió restauración al lado del maestro restaurador Zuliani, en Milán, quien ante sus aptitudes lo tomó como ayudante.
Inferimos aquí que vislumbró Udaondo el potencial del entonces novel artista, sirviendo su apoyo inicial para que aquel dedicara su vida al arte siendo un colaborador del Museo.
Si hubo una vida abnegada y dedicada a preservar los testimonios del pasado, esa fue la de Udaondo, quien dejó de existir en Buenos Aires próximo a cumplir 82 años, el 6 de junio de 1962, aunque vive perpetuado en su valiosa obra.
La Plata, 18 de enero de 2001
Bibliografía
Guía de Museos – Pcia. de Buenos Aires – Minist. de Educación (3/1958)
Boletín Instituto Bonaerense de Numismática (11/1962)
Diccionario Biográfico, Histórico y Geográfico – El Ateneo (8/1997)
La Nación – El pintor de un modelo literario, por R. Elissalde (13/05/2000)

ECHEVERRÍA Y LUJÁN


La gratificante circunstancia de encontrarme colaborando con “La Taba”, me permitió conocer y pasar varias horas de un inolvidable domingo, en la Estancia “Los Talas” de la familia Furt, en Luján.
El domingo 4 del pasado noviembre (Refiere: AÑO 2000), guiado y acompañado por Nicolás Luna, y junto a Alberto Zárate y Julio Rodríguez Ledesma, merced a una previa invitación de la Sra. Etelvina Furt de Rodríguez, llegábamos para sorprendernos, a tan antigua estancia porteña.
Pero no es el caso de abordar referencias vinculadas al establecimiento pastoril (tarea para la que comprometemos a nuestro Director), sino más bien, a un ilustre visitante, de quien en el pasado enero se han cumplido 150 años de su fallecimiento. Me refiero a José Esteban Antonino Echeverría, o más simplemente como ha trascendido el joven “romántico”, Esteban Echeverría, quien falleció a la edad de 45 años.
Este prestigioso hombre de las letras y el pensamiento argentino, fue un privilegiado visitante de “Los Talas”, aunque a veces en circunstancias más próximas al ostracismo y ocultamiento, que al placer del descanso en tan encantador sitio.
Este, tras su estada europea de casi un lustro en que residió en París, regresó al Plata en 1830 embuido de los movimientos vanguardistas en boga en la capital francesa, y dispuesto a difundirlos en estas latitudes, tuvo la originalidad de tomar elementos de contenido autóctono para expresar las nueva formas, movimiento que se conocerá como “romanticismo”.
La historia y la leyenda se mezclan para referir que producida la Revolución del 39, más conocida como “Los Libres del Sud”, Echeverría, para alejarse de las iras rosistas (desde la poesía y el pensamiento escrito -El Dogma Socialista- militaba en el unitarismo, bando opositor al del Señor de “Los Cerrillos”), buscó refugio en el predio de su amigo y correligionario Don Mariano Biaus, dueño entonces de “Los Talas”.
Se sabe que allí escribió el poema “La Insurrección del Sud”, alusivo a la citada revolución, según lo consigna Don Jorge Furt, pero otros investigadores van más lejos y aventuran que a esa estadía corresponden también los borradores de “La Cautiva” e incluso de su cuento “El Matadero”, contribuyendo a estas suposiciones y confusiones el hecho de que no fechara sus escritos, aunque el último bien podría estar redactado por esa época.
Lo cierto es que Echeverría, al reparo del monte de “Los Talas” y en tan solariega edificación pampeana, se inspiró y escribió parte de su obra ...o al menos algo...
Haber pisado y recorrido las habitaciones que la tradición familiar ha mantenido vigente como que fueron las que utilizó el escritor, me posibilitó volver a experimentar la misma y extraña sensación que tuve al visitar en la Estancia “El Talar”, en Navarro, la habitación en que pasó sus últimas horas Dorrego, o en “La Esperanza” en Bavio, Magdalena, el lugar donde reposara de las penurias de la Guerra de la Independencia, el bravo Tnte. Cnel. de San Martín, D. Miguel Cajaraville.
Quizás sólo me parezca a mi, pero hay una cierta sensación atemporal, que pareciera nos introduce en aquel tiempo del pasado.
Echeverría había nacido el 2 de septiembre de 1805, quedando huérfano de padre a temprana edad, a pesar de lo cual pudo, tras cursar las primeras letras, ingresar en 1820 al Colegio de Ciencias Morales, donde estudió por espacio de 3 años, hasta que cuestiones ajenas lo llevaron a abandonar los mismos para conchabarse como dependiente de aduana en un comercio de plaza.
Justo es decir que aunque no comulgue con su estilo poético y su ideario, se ha ganado un respetado lugar en la historia Argentina, de allí entonces mi emoción de haber caminado por donde él lo hubo hecho.
Emigrado, falleció en Montevideo, víctima de problemas cardíacos que lo aquejaban desde varios años antes, el 19 de enero de 1851.
...y el “Pago del Arbol Solo” fue testigo de su paso y de su obra...
La Plata, 26/12/2000
 Fuentes:
Esteban Echeverría, por Ramón Villasuso, Ed. Sopena (1944)
La Cautiva” de Echeverría, por Juan Carlos Ghiano, Emecé Editores (1966)
“El Matadero” de Echeverría, por Juan Carlos Ghiano, Emecé Editores (1967)
La Nación del 27/9/98 – Nota de F. N. Juárez
La Razón del 18/10/99 – Nota de Roxana Sanda

(Publicado en "Revista La Taba" Nº 17 de 02/2001)

viernes, 6 de julio de 2012

SAUBIDET - ¿Pa' hablar en gaucho?


¿Pa' hablar en gaucho...? ¡TITO SAUBIDET!

Para quienes gustan interiorizarse en los pormenores de la antigua forma de hablar y las expresiones del hombre de la campaña pampeana, o para quienes buscan aclarar voces encontradas en textos de cuentos, novelas y poesías, hay un libro que les resulta de suma utilidad por lo esclarecedor, didáctico y educativo; esa obra se titula “Vocabulario y Refranero Criollo” y es su autor Tito Saubidet.
Es el suyo un nombre y apellido fácilmente identificable entre la gente amante del tradicionalismo, pero poco se conoce de él más allá de que es el autor de la ya citada obra. Entonces, rastreando datos, es que trataremos de trazar una semblanza evocativa.
Tomas María Saubidet Gache, tal su verdadero y completo nombre, vino a la vida en Buenos Aires, el 19/04/1891, en el matrimonio de Tomasa Gache Solveyra y Alberto Saubidet Díaz de Vivir, manteniendo en su niñez un íntimo contacto con la vida rural “...en campos del sur de la provincia” según su propio decir, donde supo seguir el rumbo que le marcara su tío y padrino, Don Santiago Luro.
Cursadas las escuelas primarias y secundarias, inició estudios universitarios en la Facultad de Ingeniería, pero al ser beneficiado con una beca del gobierno nacional, viaja a Europa y se gradúa en la Escuela Especial de Arquitectura de París, Francia, en la que luego dictará cátedra por más de 10 años (1918/1930).
Ya en Europa, es entre los años del primer conflicto bélico (1914/1918), “corresponsal de guerra” para un medio periodístico colombiano. Acá vale acotar que dibujos y acuarelas de su autoría representando escenas de dicha guerra, integran la sala Leblane, del Museo de Guerra, en el Palacio de los Inválidos de París.
Dedicado a las artes plásticas desde temprana edad, obtiene en 1914 el Primer Premio en el “Concurso de Afiches para el Salón de Artistas Humoristas de París”. Años después resulta Diploma de Honor, primero, en la “Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas, de París (1925), y también en la “Exposición de Bellas Artes de Burdeos”, Francia (1927).
Con motivo de la presentación de Carlos Gardel en el Teatro Florida de París, en el año 1927, Saubidet, realizó siete grandes decorados al óleo para la escenografía. Así también confeccionó seis grandes decoraciones y la construcción de pabellones y restauran -entre otras dependencias-, en la Exposición Ibero-Americana de Sevilla, en 1929.
Pero no habría de quedar allí la actividad cultural de éste argentino, y tras el largo periplo europeo, al sentir el llamado ancestral de la tierra, regresa a la Patria (aproximadamente 1931), para dedicarse de lleno a la actividad rural, para volcar su actividad plástica a lo telúrico, y por último, para incursionar en la literatura costumbrista con una obra que lo ha trascendido.
Se vincula al quehacer gauchesco y hacia enero de1937 sabemos que registraba como “socio especial” del Círculo Tradicional “Leales y Pampeanos” de Avellaneda.
Ya en suelo bonaerense, al decir de Justo P. Sáenz (h) -su amigo-, se somete a un “...voluntario aislamiento de tres lustros en el fondo de los campos de Tapalqué (...) Allí a caballo, de poncho y botas, cantándole al oído el susurro de la brisa entre el cortaderal, rememoró el ambiente que conociera en su niñez y cuyo recuerdo siempre había guardado con unción de convencido (así) se reencontraba con su espíritu”.
Vuelca entonces toda la técnica de la pintura adquirida en la vieja Europa, para reflejar en el lienzo escenas camperas de un verismo que asombra sacando de su paleta los colores exactos de una realidad solo posible de captar por quien conoce, quiere y respeta las cosas gauchas, por encima de ser un buen artista.
Fruto de esta actividad creadora son cuadros como “Volviendo con la tropilla”, “Echando al medio”, “La tropa”, “Un resuello y un mate”, “Abriendo la tranquera”, “Acomodando los cueros” o “Para el palenque”, entre muchos más.
En este aspecto realizó exposiciones en la Galería Moody, como por ejemplo las tituladas “Motivos Camperos” (1937) y “Motivos Gauchos” (1938); también expuso en Viau, Van Riel, Vieux París y Witcomb (74 cuadros en 1952), todas de Capital, sin olvidar sus muestras en Barcelona, París, Bruselas y Londres.
Esta actividad lo llevó a ilustrar la edición del Martín Fierro de Domingo Viau, habiéndose utilizado obras suyas para la ilustración de otras obras como lo son “Pelajes Criollos”, de Emilio Solanet y “Un Hombre de Campo”, de Aarón Esevich.
Hombre de aguda observación, de su contacto directo con peones, reseros y domadores, no solo obtuvo material para sus cuadros, sino que además, según él mismo nos cuenta: “...teniendo la suerte de observar en mi niñez gauchos auténticos, de los que ahora quedan pocos (acotamos que esto escribe en 1943) así pude conocer sus usos y costumbres, y apreciar la belleza, exactitud y originalidad de su lenguaje”. (El destacado corre por nuestra cuenta).
Esto último lo llevó a compendiar las voces y expresiones que consideró más importantes, y que hacen, según su afirmación: “a voces y modismos observados en usos y costumbres de los paisanos de la provincia de Buenos Aires en su zona sur”, ya que da por descontado la existencia de voces y modismos distintos en otras regiones del País.
En el último párrafo de su “A modo de prólogo”, le agradece el aporte a Don Julio Casares, estanciero criollo de Tapalqué; y al respecto, en conversación que mantuvimos con Omar Menvielle (“Moro”, para su familia y amigos), hijo del notable poeta, nos contó que sabía por su padre, que Casares, un hombre muy criollo y conocedor de cosas de antes, y “muy buen pialador”, fue una de las fuentes principales y que su aporte fue más que importante.
Favorecido por su condición de dibujante, acompañó profusamente con demostrativas ilustraciones, el significado de las palabras, enriqueciendo la obra.
Su libro “Vocabulario y Refranero Criollo”, fue publicado por la Editorial Guillermo Kraft Ltda. en 1945, apareciendo en un lapso de 15 años, seis ediciones; siendo luego reeditada por Librería Editorial Palumbo, y más recientemente por Letemendía Editor.
Creemos que esta obra, junto a “Habla Gauchesca” de Mario Aníbal López Osornio, a”Voces y Costumbres del Campo Argentino” y “Diccionario del Martín Fierro” de Pedro Inchauspe, y la muy reciente -2004- “El habla paisana” de Rafael D. Capdevila, constituyen la base indispensable para conocer sobre la exacta forma de expresarse de nuestro hombre de campo. Y al respecto acotamos una última frase del autor:  “No debemos menospreciar el habla rural; si la estudiamos con empeño y cariño sacaremos de ella una grande y útil lección. El paisano, dentro de su restringido campo ideológico, tiene un léxico pobre y limitado, pero en la expresión de sus ideas lo usa con una precisión y sobriedad que no posee la mayoría de los escritores de la ciudad, que aún no han sabido libertarse de la verborragia  peninsular”.
Este arquitecto, pintor, ilustrador, recopilador y sobre todo ¡gaucho de espíritu!, falleció en la  localidad de Olivos hace ya medio siglo, el 19  abril de 1955.
La Plata, 24 de mayo de 2005
        
Nota: La base de este artículo, ahora corregido y aumentado, apareció en Revista”Pa’l Gauchaje” Nº 23, en   7 /1987.
 Fuentes de información: 
Revista El Caballo Nº 105 (10/1952) y Nº 136 (5/1955)
Quién es Quién en la Argentina
Gran Enciclopedia Argentina, de Diego Abad de Santillán
Charla con Omar Menvielle (h), el 19/09/2000
(Publicado en Revista De Mis Pagos Nº 21)