miércoles, 24 de marzo de 2010

ESCRITORES TRADICIONALISTAS - "25 AÑOS DE UN SUEÑO"


Prólogo a la Antología "25 Aniversario - Versos y Prosas" , AAET (2009)


Sin lugar a dudas, estas palabras previas le hubiesen correspondido a Roberto Coppari, pero... hace un año y meses el amigo se volvió estrella para guiarnos desde lo alto; y así, con mayor compromiso debemos ahora encarar los que estamos, la celebración del 25º Aniversario de esta Asociación que soñó Roberto, sueño al que cinco amigos le prendimos la cuarta un 25 de marzo de 1984 cuando todos firmamos una comunicación pública, invitando a los que gustaban de escribir en gaucho, a acompañarnos en la patriada, comprometiéndonos a dejar constituida la primera Comisión directiva en un plazo de seis meses, lo que puntualmente se cumplió, y de ahí en más todos los octubres de los años pares se procedió a la renovación de la directiva.
Firmaron aquella nota, además de Coppari, Francisco Chamorro y Rodolfo Lemble -hoy también estrellas-, Benito Aranda, Rubén J. Garaventta y quien esto escribe. De aquel grupo fundador, con Rubén hemos compartido este cuarto de siglo en la tarea dirigencial y cultural.
En aquel despuntar del ’84 varios fueron los escritores que casi de inmediato se hermanaron hasta hoy, tal los casos de Manuel Rodríguez, Agustín A. López y Juan José Lerra, éste designado primer “Puestero” (delegado o representante) en Las Flores, de encomiable tarea.
Mucho agua ha corrido bajo el puente y las palabras hechas tinta insumieron muchas hojas, y por suerte, al mirar hacia atrás vemos que aunque más no sea, una senda se ha desbrozado.
Aquellas reuniones inaugurales y por siete años, se desarrollaron en un local que “El Gaucho” Garaventta facilitaba en su inmobiliaria -entonces en Dg. 80 esq. 39-; más tarde, el 25 de Mayo de 1991 se inauguró el local de la Sede, en calle 521 Nº 1991, construido a su costa y cargo por el dinámico y desinteresado Roberto Coppari: ¡lo que ha trabajado este hombre por la institución!
Ya instalados, el lugar propio nos permitió no solo darle cuerpo a la Biblioteca, sino también ampliar las actividades, pues hasta allí, para entrega de premios, conferencias y otros actos, debíamos recurrir a la buena voluntad de terceros.
Así, en 1992 nacieron las “mateadas con versos”, reuniones domingueras organizadas entre abril y octubre, a razón de una por mes, que depararon momentos muy gratos, de abierta confraternidad, con versos, anécdotas, historias, y el canto y la guitarra de amigos de visita.
Varios “ilustres” visitaron la casa en estos años, como por ejemplo: Martiniano Arce, Rodolfo Casamiquela, Carlos Abán, Amancio A. Varela, Edilio Machado, Eduardo ‘Negrín’ Andrade, Roberto Monterrey, Francisco Scutellá, Leonor Centeno, Ricardo Ríos Ortiz, Alberto Mannarino, Claudio Agrelo, Lidia H. Palacios, Hilda Rodríguez Badaracco, Oscar Lanusse, Héctor Omar, Silvia Adriana, José María ‘Coya’ Mercado, Lucía Ceresani, D. Carlos Antonio Moncaut, entre otros.
Una labor constante ha sido la organización de certámenes literarios, ya que por el tiempo de creación de la Asociación, eran casi nulos o muy escasos los que hacían honor a “la gauchesca”, y hoy, tanto años después, nos sentimos orgullosos por lo hecho, y porque inspirados en los mismos nacieron otros.
Veintitrés son los certámenes que hemos realizado, 12 de poesía y 11 de cuento, género éste que estaba prácticamente olvidado.
Los certámenes nos permitieron conocer ignorados (por nosotros) cultores del género, como así servir de difusores de estos nombres, algunos de los cuales se convirtieron en “abonados” a la hora de los premios en los distintos concursos hoy vigentes.
(En Apéndice ..., detalle de todos los certámenes).
La creación en 1997 del “Boletín Informativo” -otra idea de Coppari-, resultó una herramienta muy interesante y positiva, ya que en los 59 números publicados hemos podido dar a conocer lo que escriben los socios, como así también dejar una puerta abierta para mostrar y difundir material de escritores que no están asociados y de otros que no son cultores específicos del gauchesco; una manera de hermanar sueños.
Cada aniversario lo hemos celebrado con un “almuerzo criollo”, habiendo hecho las primeras reuniones en el Club Vareadores de donde pasamos al salón de la Agrupación Tradicionalista “La Montonera” de Ensenada, para retornar después a La Plata al Salón Ruggero, y volver en estos últimos años a “La Montonera”.
De estas reuniones ¿cómo no recordar a los asadores?: Vasco Bordagaray, Antonio Murdolo, D. José Yebré, Gabriel López, Héctor Rolla; valga pues ¡un aplauso para el asador!
En 1994 se instituyó el Premio “Distinción Trayectoria”, con la finalidad de destacar a personas e instituciones que acreditaran un mínimo de 30 años continuados de actividad cultural, y se estableció proceder a su entrega en los almuerzos aniversarios; y del mismo modo la entrega de los premios de los certámenes se fijó en el domingo más próximo al 20 de Noviembre, “Día de la Soberanía Nacional”, en acto a realizarse en la Sede, sirviendo el mismo de cierre del ciclo anual.
(En Apéndice ..., detalle del Premio “Distinción Trayectoria”).
La importante biblioteca, de temática mayoritariamente argentinista, que cuenta con más de 2000 ejemplares, es el fruto de cientos de donaciones recibidas en estos 25 años. Una vez fue Don Carlos Moncaut -nombre que lleva la biblioteca- quien acercó una caja llena de libros; así hubo otros donantes, pero las más importantes han sido las dispuesta por el payador e investigador Víctor N. Di Santo, en su hora postrera, para más de 850 volúmenes de su colección particular, y la realizada por los familiares de Coppari, con 620 ejemplares de su biblioteca; así es que en el entorno de la “Biblioteca Carlos Antonio Moncaut” hemos creado los sectores “Di Santo” y “Coppari”, a efectos de mantener agrupadas esas importantes donaciones.
Si bien algunas cosas se han hecho, sabemos que son muchas menos que las que se deberían haber hecho. Las más de las veces, las ocupaciones laborales y la situación económica de sus directivos, ha sido la valla que impidió hacer más.(Nunca de Tesorería salió plata para financiar viajes u otros gastos).
Así y todo los comentarios y opiniones que nos llegan nos hablan de una Asociación reconocida y respetada en distintos ámbitos de la cultura a nivel nacional. Dicho esto, sin dejar de reconocer que también están los que nunca escucharan hablar de la Asociación.
Oooooooooooo000000000000000000000000oooooooooooO
La publicación a la que ahora arribamos es un sueño largamente esperado y un tanto tardíamente concretado... aunque valga de consuelo aquello de “nunca es tarde”. Lo ideal hubiese sido coronar cada lustro con la edición de un libro, pero por muy cuidadosos con los ahorros de Tesorería, recién para este 25º Aniversario decidimos encarar el libro, con la tranquilidad de cubrir el costo de la edición y de poder entregarle un ejemplar a cada asociado retribuyendo así la confianza puesta en la Institución al afiliarse.
La metodología del trabajo ha sido seguir el orden del padrón social, incluyendo a los socios fallecidos, y no así a los que renunciaran o fueran dados de baja por incumplimiento de la obligación societaria.
No ha habido selección de calidad, habiéndose librado al gusto de cada socio la elección del trabajo a incluir.
Esta “Antología 25º Aniversario – Versos y Prosas”, es cumplir un sueño, mientras acariciamos el deseo de reiterarlo en cinco años.
Si bien el lector advertirá que la mayor cantidad de asociados corresponden a la Provincia de Buenos aires, verá también que hay afiliados en distintas partes del país.
¡Con qué satisfacción damos vida y ponemos a consideración esta “Antología”!
Sirva también de estímulo para aquellos escritores que aún no se han acercado, pues como dijo el “Tata Fierro”: “Los hermanos sean unidos // porque esa es la ley primera”
A los asociados, ¡Gracias por confiar en nosotros!
La Plata, 10 de Noviembre de 2008

Carlos Raúl Risso
(Socio Fundador)

domingo, 21 de marzo de 2010

PAGO CHICO

Que mis inicios literarios están vinculados a mis vivencias infanto-juveniles en tierras de “Los Ombúes”, por El Zapata, no es para mi ningún misterio.
La gran cocina de aquella casona, o el sombreado patio de tierra donde se enseñoreaban un gran alcanfor y una añosa palmera, fueron testigos desde mi más tierna infancia, de los versos aquellos que recitaba en cuanta ocasión cuadrase, en virtud de una temprana y buena memoria, y de la constancia de mi padre por repetírmelos una y otra vez, ya que aún no sabía leer.
Como sin querer queriendo, se fue grabando en mis oídos el ritmo del verso, la música y la melodía que cada estrofa tiene, y especialmente la de la décima.
Allá por los 15 años, cuando me encontraba solo y de a caballo por el campo, jugaba a improvisar versos, y de 1968 data la primera estrofa que dejé escrita, y que dos años después se convertiría en un compuesto titulado “Atardecer”. Siempre recuerdo que di forma a esa décima, al tranco de mi zaino, rumbo al arroyo, y teniendo al frente una cina-cina, de allí que no sea casual que comience diciendo: “Canta un chingolo posao / sobre verde cina-cina / al tiempo que’l sol se inclina / a un horizonte rosao...”.
En 1972, después que falleciera mi abuelo Santiago Risso, como un homenaje a mi padre compuse un ‘triunfo’ que titulé “Pago Chico”, y al que años después mi amigo Carlos M. Parisotti le arrimara una melodía, y que suele en ocasiones interpretar Miguel Petto Gómez.
De mis lindas épocas de bailarín me habían quedado ciertas preferencias por los ritmos sureros de la huella y el triunfo, de allí quizás que eligiera este último ritmo para evocar en dicha letra, como si el que se expresase fuese mi padre, cosas propias del vecindario en que se criara; está incluido en mi segundo libro “De Sangre Pampa”.
El tema completo dice:

"PAGO CHICO"          (triunfo)

Primera

Al nombrarte “Pago Chico”
siento un temblor en los labios:
¡Soy de la zona de Bavio!
...............................................
Y me parpadea en los ojos
lo que sucedía a diario
¡Ayá en la zona de Bavio!
...............................................
Eran los campos de Gómez
que’n chacras se dividieron,
¡De sembrados se cubrieron!
...............................................
Y al amparo de los gringos
de mil formas florecieron,
¡Su vida a esta tierra dieron!

Estribillo

Yo ricuerdo “Pago Chico”
mi infancia... lejanos años...
¡Si cada día más te’straño!
..............................................
Segunda


Por una caye cortada
se yegaba hasta la casa,
¡humilde y de crioya traza!
..............................................
Donde gruesos eucalitos
sombra y ramaje la abrazan,
¡con mil nidos de torcazas!
..............................................
Siempre ricuerdo imborrable
la gente que ayá vivía,
¡Trabajadora y sufrida!
.............................................
Los Ferrea, Rossi, Parodi,
Nicora, López, O’Tría...
¡vecinos de aqueyos días!


Estribillo

Hace años que me alejé
de mi viejo “Pago Chico”
¡Pero en ricuerdos soy rico!

                              
Publicado en el mensuario local "Bavio Hoy", en 01/2001

ANA SAMPOL de HERRERO: Emblema Mercedino

En nuestra permanente búsqueda de libros de temática costumbrista -de esos que no se encuentran en las librerías clásicas-, sacamos como conclusión cada vez que encontramos algo que nos interesa y a cuyo autor desconocemos: ¡qué ignorante que somos! Y esto nos motiva para iniciar el rastreo de datos sobre el autor, cosa de poder formarnos una opinión más acabada de su personalidad y su obra.
Así fue que el 11/07/1985 nos encontramos con “La Novela de Monte Viejo”, de Ana Sampol de Herrero, Primer Premio del Certamen de Novela “Benito Lynch” 1979, del Plan Cultural del Ministerio de Educación y Cultura bonaerense, editada por dicho organismo en 1981.
Siempre despertaron nuestro interés las mujeres que abordan la temática costumbrista, donde rondan las cuestiones gauchas, ya que en el género hay preeminencia de hombres en sus autores.
Y como una vez nos sorprendieron gratamente las “Nuevas Coplas de Martín Fierro” de María de Villarino, así también quedamos tras la primera lectura de “Monte Viejo”.
Encuadra la trama, en la novela de iniciación; aquella en que el personaje, un niño/adolescente, hace el tránsito de aprendizaje hacia la adultez. (En este caso la niña Ana).
No coincidimos con la apreciación preliminar del escritor Pedro Luis Barcia en cuanto a la influencia del “Don Segundo” de Güiraldes sobre el deslumbramiento pampeano, en el texto de Ana Sampol. Es más, opinamos que construye su obra con escasos elementos obteniendo un muy buen resultado, de propia inspiración.
Tiempo después de éste hallazgo, en una visita a nuestro amigo, el historiador y bibliófolo, Don Carlos A. Moncaut, puso éste en nuestras manos en desinteresado obsequio, un ejemplar de “Cuentos Ejemplares”, y todos estos (16 en total, de ambiente rural), resultan tal el título, ya que cada uno deja una enseñanza, marca un rumbo positivo.
El mismo fue impreso en Mercedes en octubre de 1944, con sello editorial de El Ateneo, y antes lo habían precedido “A Ciegas” -novela-, “Mi Amiga y Yo” -poemas- y “El Mundo de Cada Uno” -novela-.
Seis meses atrás, la también colaboradora de “La Taba”, Graciela de León, le habló a nuestro Director de un libro llamado “Mito Luján” cuya autora era mercedina.
Dispuestos a dilucidar el tema recurrimos a nuestro amigo epistolar, Don Pedro R. Pasquinelli, guía y motor de la Biblioteca Sarmiento de Mercedes, quién en espontánea respuesta nos escribió diciéndonos: “Mito Luján, es una novela de nuestra máxima escritora: Ana Sampol de Herrero, legendaria figura de las letras mercedinas, actualmente nonagenaria...”, informándonos que dicha obra fue presentada en la Feria del Libro 1999.
Por él nos enteramos que cuasi quinceañera, vio la luz su primer cuento titulado “Anilca, la pescadora”, publicado en octubre de 1922 en el diario “El Orden”; como que asimismo por espacio de 50 años publicó en la Sección Literaria -rotograbados- de La Prensa, cuentos que Pasquinelli recopiló en dos tomos, encontrándose actualmente abocado a su publicación, como así también está trabajando en un libro sobre su larga y fecunda vida, que llevará por nombre “Ana de las Pampas”.
Otros libros de Sampol de Herrero son “Aquel Humo Claro” y “Verde Lírico”.
¡Cuánto bueno y de valor hay, que nosotros, simples mortales, desconocemos! ¿Es que no se podrá encontrar una fórmula que permita difundir lo mucho y valioso que hay en las letras argentinas?
Desde esta sencilla columna, sólo esperamos estar ayudando a reconocer un nombre, y quizás también, motivando a inquietos lectores a buscar los libros de ésta ilustre escritora de Mercedes.
La Plata, 5 de junio de 2001
Publicado en el N° 20, 08/2001, de Revista "La Taba" (Luján)

ENRIQUE RAPELA - Nada menos que un ¡Gaucho!




La nota de este número nos lleva a destacar a un hombre, a quien no conocimos personalmente, pero que nos resulta casi “un amigo de la casa”, ya que lo hemos “frecuentado” por la expresión de su obra, por sus creaciones y la función didáctica de su trabajo; y ese señor se llamó -y perdurará su nombre-, Enrique José Rapela.
Valga aclarar y decir sin tapujos que no somos expertos en pintura ni diplomados en crítica artística, más como nos gusta y nos tira todo lo que tenga que ver con nuestra idiosincrasia gaucha, es que sacando coraje de flaquezas, encaramos sin anteojeras todas aquellas facetas que creemos útiles si de defender, rescatar y revalorizar nuestro patrimonio cultural se trata.
Nativo del pago gaucho de Mercedes, nuestro hombre habría cumplido el pasado 19 de abril (2001), 90 años, como que había nacido en 1911, en el hogar formado por el Dr. Rito Amador Rapela y Doña María Luisa Bonich Alonso Achaval.
Vive la niñez en los campos de sus mayores, en contacto directo con la tierra y en estrecho vínculo con lo autóctono, conociendo entonces de primera mano -sin intermediarios-, la vida del hombre de campo, la de aquel en que aún latía el mismo resabio gaucho que Güiraldes supo captar y transmitir en su “Don Segundo...”
Cursados sus estudios primarios en San Isidro (donde ya descollaban sus dibujos escolares), y secundarios en los Colegios San José e Internacional de Olivos (ambos en Bs. As.), se dedica a la administración del establecimiento “La Carolina” en Roque Pérez, campo propiedad de su madre y que había pertenecido a su tío abuelo, el Dr. Roque Pérez.
Esa experiencia en el campo que lo llevó a codearse con hombres y paisajes, lo subyugó al punto de dedicarse en adelante y por toda la vida, a volcarla a la tela y el papel, ya sea como dibujante, acuarelista, escritor y/o guionista, defendiendo desde todos los vértices, la veracidad y autenticidad de la vida de la campaña, del gaucho y sus costumbres, mundo éste que no siempre contó con el visto bueno de muchos “ilustrados”, de allí la necesidad de una defensa esmerada y veraz para una difusión necesaria y creíble.
Autodidacta en el más amplio sentido de la palabra, recibió en la sangre el indudable influjo creador que por rama materna heredó de célebres artistas catalanes, mientras que por vía paterna sustentó un sentimiento de argentinidad gestado tras muchas generaciones nacidas al amparo del suelo patrio.
Digamos que su vida artística tiene una extensión de 40 años, si contamos su inicio a partir de 1937, cuando por vez primera expone acuarelas de su autoría en la Galería Viau y Zona.
Transcurriría muy poco tiempo hasta que el artista daría un paso fundamental y muy particular, que brindaría un especial rasgo a su trayectoria: nos referimos a la creación de la historieta gaucha, cuando con su “Cirilo El Audaz” comienza en 1939 y desde las páginas de La Razón, a transitar las huellas de aventuras y desventuras criollas, ciclo que en forma ininterrumpida se extendió hasta 1944.
Pero el genio creador de Rapela no se contentaba con pinturas e historietas, y es así que en 1945 aparece con prólogo del jurisconsulto y folclorista Oscar Meana, la primera edición de su didáctica obra “Cosas de Nuestra Tierra Gaucha”, trabajo que reedita corregido y aumentado, en 3 volúmenes y bajo el título de “Conozcamos lo Nuestro”, la Editorial Cielo Sur (por él creada en 1968), en diciembre del ’77, abril y julio del ’78. Obra ésta que se ha transformado en infaltable libro de consulta de cualquier biblioteca que de argentinista se precie.
Y a la creación de su primera historieta han de sumarse: “Cirilo el Argentino” (en 1963, para Ed. Columba), “El Huinca” (1964, para Ed. Dante Quinterno), y “Fabián Leyes” (1965), siendo éste -su hijo mimado- publicado por La Prensa en forma continuada durante 6 años, y luego hasta su fallecimiento, en tiras dominicales.
Pero valga decir también que sus historietas fueron reproducidas por los diarios: “Nueva Provincia” (Bahía Blanca), “La Capital” (Mar del Plata) y “Crónica”, entre otros, y así también como revista que conoció distintos formatos, por la ya citada Ed. Cielo Sur.
Por cierto que hablar de Enrique Rapela, más que para una semblanza da para escribir un libro, pero sintetizando una prolífica vida, digamos que obras de su firma se encuentran en los Museos de Luján, Roca y Dolores -en nuestro país-, y en el Museo de New York, en EE.UU.
Habíamos dicho que su carrera se inició con una exposición, y a la misma podemos agregar: Galería Van Riel (años 1946, 49 y 54), Galería Picasso “Salón Columba” (1954), Galería Argentina (años 1969 y 72, en la segunda ocasión con presentación de D. Adolfo Güiraldes), Municipio de S. A. de Areco, Bibl. Nacional de San Nicolás y Municipalidad de Cnel. Dorrego (todas en 1972), Manzana de las Luces y Casa de Jujuy, ambas en Capital Federal (1975), San Carlos de Bariloche (1977)
También expuso en 1956, en New York, en la Galería Kennedy, en un salón de pintura gaucha organizado por el Instituto Hispano-Americano, entidad que dirigía ese enamorado de las culturas de a caballo, y por que no, fanático del gaucho que se llamó Edward Larocque Tinker. Allí compartió espacio junto a Tito Saubidet, E. Castells Capurro, Alberto Güiraldes y W. Melgarejo Muñoz. ¡Qué florido ramillete!. Todos maestros, sin duda!
Sus claros y definidos trazos gauchos también se prestaron para ilustrar libros como “Antiguas y Modernas Supersticiones del Río de La Plata”, de Nicolás Granada; el Fausto, de Estanislao del Campo en su traducción al inglés; las obras del escritor cordobés Hugo Wast, para Ed. Columba; el Martín Fierro en su versión al esperanto, por encargo de la UNESCO; el libro del Cnel. Juan C. Walter sobre la campaña al desierto, etc..
Importantes compañías nacionales y extranjeras engalanaron sus nombres con las pinturas del artista que llegaron así hasta el pueblo en forma de almanaques, tarjetas y hasta en cajas de fósforos. Así podemos decir que realizó: acuarelas sobre historia de las danzas y también antiguas postas, para la empresa West India Oil Co. S.A. Petrolera Argentina (1947); 6 acuarelas sobre el gaucho por zona y época, para General Motors (1950); 4 acuarelas para la firma Legión Extranjera (1956); varias acuarelas para los almanaques de Cooper S.A. (1961/62); 20 acuarelas para la Compañía General de Fósforos, tipificando el gaucho, y otra serie sobre “Los Pregoneros del Buenos Aires Antiguo”; ilustra los almanaques de Deca-Deutz ICSA (1963/4/6), etc.
Mucho, mucho más! podríamos contar de Don Enrique, y entre otras cosas decir que fue un ameno e ilustrado conferencista, exponiendo en: San Pedro, San Nicolás, su Mercedes natal, Trenque Lauquen, Cnel. Dorrego, S A de Areco, Bahía Blanca, Rosario, Santa Fe, Córdoba, sala Miguel Cané del Ministerio de Cultura y Educación, entre otros sitios.
¿Qué no hizo Rapela? ¿Qué no abordó por defender y difundir al gaucho? Por cierto que echó mano a todas las posibilidades a su alcance, y en todas con criteriosa eficiencia, ya que su meta fundamental era contar su verdad -la que compartimos muchos- para que las nuevas generaciones conozcan sobre el gaucho y su medio, y “En esta forma comprenderemos que este maravilloso País no fue habitado por bárbaros inútiles, vagos y mal entretenidos, como se insistió en forma sistemática y perfectamente organizada en una monumental campaña sostenida por los , que sólo concebían la civilización si ésta provenía de allende los mares, pero renegando del origen latino hispano”, según su propio decir.
Digamos también que premiando su labor costumbrista, en octubre de 1968 fue distinguido con La Flor de Cardo que le otorgara la Fiesta de las Llanuras de Cnel. Dorrego.
¿Qué no fue el artista sino un gaucho? Sin duda alguna un GAUCHO con mayúsculas y con todas las letras, que ha legado una obra impresionante testimoniada -y esto es lo importante- en muchos hogares argentinos, en libros, almanaques, reproducciones, y como ya dijimos, hasta en cajas de fósforos.
Por eso, como expresamos al principio, cerramos diciendo: Enrique Rapela, nada menos que un ¡GAUCHO!
Falleció en Buenos Aires a la edad de 66 años, en febrero de 1978.
Bibliografía- Publicación “Fiesta de las Llanuras”, Cnel. Dorrego (1968)
- “Poemario Trenquelauquenche” de Ñusta de Piorno (1970)
- “Museo Criollo de los Corrales” de Ofelio Vecchio
- Gacetilla muestra en la “Manzana de las Luces”, Buenos Aires (1977)
- Gacetilla Homenaje a Enrique Rapela, Bibl. Sarmiento, Mercedes (1991)
- “Conozcamos lo Nuestro” de Enrique Rapela
Otras fuentes:
Currículum gentilmente facilitado por la hija del artista (Sra. Lucera)
Publicado en el N° 19, 06/2001, de Revista "La Taba" (Luján)

miércoles, 17 de marzo de 2010

WENCESLAO VARELA un poeta inolvidable


Puede decirse que en el campo de la literatura, escribir, escriben muchos, pero que vibrar en la cuerda más afinada de la misma y alcanzar la cumbre de ese “olimpo” imaginario de la excelsitud, pocos pueden. Esos pocos son los poetas mayores. Y el pasado 25 de enero se cumplieron diez años de la desaparición de uno de ellos, ese grande uruguayo -que para sentirlo también algo nuestro, a veces citamos ‘rioplatense’-, que por siempre se llamará Wenceslao Varela.Desapercibido pasó ese aniversario, puede que alguna audición radial lo evocara, pero ni una palabra escrita hemos visto, y como el hombre no se merece el olvido, aprovechando que mayo es el mes de su natalicio y cumpliría 99 años, es que queremos recordarlo.
Su conocimiento, su “cencia gaucha”, su creatividad, su variedad de recursos, su “sabiduría de los siete oficios camperos” al decir de Guruyense, ha quedado plasmado en muchos libros, algunos son: “Nativo – poemas del terruño” (1930); “Vinchas – poemas del terruño” (1946. Segunda edición con prólogo de Sandalio Santos, 1/1956; totalizó 4 ediciones); “Candiles – versos gauchescos” (4 ediciones; la última, con prólogo de Osiris Rodríguez Castillos, 8/1961); “De cuero crudo – versos gauchos” (195 ?), con prólogo de Claudio Servetto Cortabarría; “D'entre Caronas” (10/1963); “Dos Poetas Orientales” (con Abel Soria, 1965); “De mis yuyos” (2/1968); “Trote chasquero”; “Frontera Norte”, con prólogo de Alejandro Zorrilla de San Martín; “Glorias Orientales” (con Osiris Rodríguez Castillos); “Nazarenas de hierro - cuentos criollos” (con prólogo de Humberto Ciganda, 11/1974); “Diez años sobre el recao” (con prólogo de Julio C. Da Rosa,11/1978); “Mano a mano y entre hermanos” (con Juan Carlos Bares y prólogo de José Curbelo, 1980; ed. argentina); “Boleadoras de piedra” (con Abel Soria y Julio Durante García, 1989); y “Albardones” (cuentos; edición homenaje del Ministerio de Educación y Cultura, con prólogo de Uruguay Nieto Lissardy; 2/1995. Segunda edición, 1996).
Hombre de cuna humilde, había nacido el 25/05/1908 en el Paso de “El Cautivo”, margen izquierda del Río San José, donde cerca supo tener “una media estancia” su abuelo; “el lugar que más quise”, atinó a apuntar.
Tuvo muy poca formación escolar, que recibió en la escuelita de Mal Abrigo, vecina al Paso del Cautivo; pero mucha escuela de vida, pues hecho a todos los oficios rurales, tuvo en sus experiencias del diario trajín la enseñanza necesaria para nutrir sus versos de auténticos sones telúricos, los que le permitieron erigirse en un poeta mayor, no solo en su tierra orientala, sino en toda la cuenca gaucha del Plata.
¿A que no le cantó Wenceslao si a nada le esquivó el bulto?
Toda la temática del mundo gaucho desfila por sus versos. Desde aquel temprano -y hoy inhallable- “Nativo” que escribió mientras andaba domando por las estancias, y que le deparara el disgusto de ver un ejemplar en la letrina del molino harinero en que trabajaba para ser usado como papel, hasta los cuentos de “Albardones” que en edición homenaje, a los 86 años, editara el Ministerio de Educación, muy tupida y nutriente ha sido su producción, y de esta, podríamos decir, seguros, que es en “Diez años sobre el recao” donde alcanza su obra el punto máximo, convirtiéndose en “la bíblia gaucha” de los uruguayos.
Si bien descuella en la construcción de las décimas, como se puede apreciar en el libro antes citado, no le fueron ajenos los versos de arte mayor, en los que incursionó con la soltura propia del que tiene confianza en que lo que hace, está bien hecho.
Vale mucho, para interpretar la obra de Wenceslao, lo que opinó su “congénere” Osiris Rodríguez Castillos, quien, con ojo avispado, supo definir: “Wenceslao Varela no es un poeta
gauchesco: es un gaucho poeta; que no da lo mismo, sino que vale más; porque ya la calidad de ‘gaucho’ agrega algo de poeta al hombre; y la calidad de poeta eleva al gaucho a su máxima expresión”.
¿Hace falta aclarar más?
En lo humano sí podemos agregar el pensamiento de Sandalio Santos, quien dijo que en la charla personal “reconoció al poeta que había encontrado en sus versos. Alma limpia. Ingenuidad sapiente. Hombre sufrido. Madera de Poesía”.
Y estas opiniones son doblemente valiosas, como que son colegas los que se expresan.
Admirador de Yamandú Rodríguez, lo consideró “ese inmenso Yamandú”, superior a los de su generación y los posteriores. “Yamandú es Dios” opinó.
De este lado del Plata destacaba a Hernández y su “Martín Fierro”, el que fue su primer libro (“la obra mayor que leemos y leemos y volvemos otra vez a leer”).
Si bien en su adolescencia y juventud anduvo mucho por el litoral de la mesopotamia argentina (experiencia que volcaría después en “Diez años sobre el recao”), y de entonces recordaba al entrerriano Faustino Pereyra, un hombre gaucho que como un hermano mayor fue un maestro, comenzó a entreverarse en el criollismo bonaerense apadrinado por “ese gran señor Don Ricardo Zarazaga”, fundador y presidente de la institución “Los Tientos”, con quien llegó a la Fiesta de Provincial de las Llanuras, en Coronel Dorrego, y con quien también fue a las fiestas gaúchas de Brasil.
No podemos olvidarnos de mencionar que con su amada Amanda, se casó un 11/07/1932, fructificando en siete hijos, cinco varones y dos mujeres, una de las cuales estaba radicada en la bonaerense Berazategui.
“No tengo nada que reprocharle a la vida! Mis hijos han nacido bien, mi Amanda los cuidó siempre. ¡Ninguno me ha dado un disgusto! ¿Si no le agradezco eso a la vida, que le puedo agradecer?"Falleció en su pueblo de San José (donde se había radicado junto con sus padre, alrededor de los 22 años), el 25 de enero de 1997.
Con posterioridad a su fallecimiento, por Decreto 22/1998, la Junta Departamental de Florida, designó la calle frente a su casa, entre las de Mtra. Ana Fosalba y la Avda. José P. Varela, con su nombre; y el 23 de mayo de 1999, su casa fue convertida en el “Museo Wenceslao Varela”, con horario de visita de martes a domingos, de 10 a 12. y de 15 a 19hs.
Wenceslao Varela, un poeta mayor siempre presente en nuestros sueños gauchos y verseadores.
La Plata, 22 de abril de 2007

(Publicado en el N° 78, 05/2007, de Revista El Tradicional)

CORRIDAS DE SORTIJA -un juego con historia-

(apuntes para su conocimiento)
 Actualmente, cuando hablamos de “fiestas gauchas”, tanto los aficionados al tema como los que no lo son, asocian rápidamente con un espectáculo de jineteada o con un desfile. Y de la misma manera que podemos afirmar que si en dichas manifestaciones ni comienzan ni terminan las tradiciones ya que tan sólo son un aspecto, decimos que el espectro de las mismas es tan amplio, que a veces, por centrarnos en las cuestiones más “atractivas”, hacemos de cuenta que miramos las tradiciones con un sólo ojo. Por eso, intentando recrear otras zonas de la tan vasta y variada cultura terruñera, hemos de abordar, aunque sucintamente, el tema de las “Corridas de Sortija”.
"Corrida de Sortija", de Della Valle
Todo indicaría que dicho juego llegó a estas latitudes con la conquista, y con el paso del tiempo sacó carta de criolla ciudadanía, haciéndose infaltable en los festejos de las fiestas patrias y las fiestas patronales de cada pueblo. Y así se transmitió en el tiempo hasta bien entrado el siglo 20, a tal punto, que el meticuloso y muy bien informado D. Justo P. Sáenz (h), a principio de los años 40 aseveraba: “La Corrida de Sortija, único juego de a caballo que (con las carreras de velocidad) ha perdurado sin modificaciones hasta nuestros días, fue introducido por los Conquistadores.”, claro que ahora, a más de sesenta años de lo dicho, no podemos sostenerlo con tal firmeza, porque aunque el juego perduró con muchos adeptos, ha variado usos (cosas de las ‘innovaciones’, que le dicen).
Insistiendo sobre el origen y su persistencia en nuestra vida rural y costumbres tradicionales (Sáenz cita que se las menciona en escritos de 1657, o sea, ¡hace casi 350 años!), podemos remitirnos a Guillermo A. Terrera, quien no duda en informar que tal justa fue “...Traída a tierras americanas por los españoles, estos a su vez la recibieron de los conquistadores moros, pues la sortija era un juego muy popular entre las tribus moras del norte de África.”
A diferencia de las “carreras cuadreras”que por lo general se desarrollaban en las afueras de las poblaciones, e inclusive a pleno campo sobre las huellas preparadas a tal fin en alguna “esquina” de la campaña, las corridas de sortija, como llevando al campo de la mano, se adentraban al pueblo o la ciudad, corriéndose por lo general en la calle principal, junto a la plaza y frente al municipio. Y estas destrezas gauchas admiraban a los puebleros, quizás también porque “Las distracciones paran los porteños eran tan escasa -dice José Wilde- que a veces concurrían las familias a presenciar alguna corrida de sortija...”. Y es que después de 1810 (y antes también), la mayoría de los entretenimientos netamente populares eran de origen rural: sortija, cinchadas, cuadreras, pato, riña de gallos, e inclusive ¡corridas de toros! (éstas de hispana índole).
Pero volviendo a lo nuestro, no había fecha patria o fiesta patronal, donde no estuviera presente. Bartolomé Hidalgo, testigo presencial de los sucesos de entonces, en lo referido a las Fiestas Mayas de 1822, le hace decir a su relator Contreras: “Entre tanto la sortija / la jugaban en el bajo.”
Pero estará preguntando algún lector neófito: ¿qué y cómo eran las corridas de sortija?
Como ya hemos dicho se preparaba una calle que se vedaba al tránsito; en la mitad del recorrido seleccionado (unos 150mts., podría decirse), se levantaba un arco, cuyo travesaño se fijaba aproximadamente a los dos metros y medio, y de éste en su centro -sí es de una sola sortija- o a metro y medio de cada parante si se corre en yunta, levemente sujeta a un delgado hilo o de una cinta -antes- o a una pequeña vaina -actualmente-, pendía y pende, la pequeña argolla que pondrá en apuros a más de uno, y hará lucirse a otros.
Pero sigamos la descripción de Tomás Hutchinson, que nos visitó entre 1861/8: “Se juega como sigue: en la plaza principal de la capital, y a eso de las cinco de la tarde, se verán plantados en el centro de la calle más importante, o en la Plaza Mayor, dos postes verticales de madera, de poco más o menos diez pies de altura, cruzados por una viga (...) y por debajo de ésta, está suspendida flojamente una pequeña sortija no más grande que un anillo de bodas”, y acota que era el deporte más frecuente del gaucho.
¿Y los participantes? preguntará otro. Pues bien, estos aportaban un caballo bien ensillado, de buena rienda y andar muy suave; y el jinete, a más de diestro en equitación, buena vista y buen pulso, ya que en la mano libre de las riendas, debe sostener un palito debidamente acondicionado, con el que, suelto su caballo ‘en toda la furia’ -al decir de Terrera-, deberá ensartar al pasar bajo el arco, la preciada sortija. Al palito aludido, suele denominárselo “puntero” o “lápiz”, y los hay confeccionado de ex profeso en forma primorosa.
Si en las fechas patrias, el arco y su entorno se engalanaban con los colores de la bandera en escarapelas, cintas y gallardetes, otra era la ornamentación en las fiestas patronales, y por eso, de su entrerríos natal y en los albores de la argentinidad, imagina y describe Martiniano Leguizamón: “Y allí cerca, en el centro de la calle alfombrada con ramas de hinojo y romero, se alzaba un gran arco revestido de verde follaje y de alegres gallardetes, que la brisa hacía palpitar con suave rumoreo de alas agitadas”.
Se practican distintos tipos de pasada. En la actualidad suele hacérselo en yuntas y en un solo sentido de la cancha; antes era muy frecuente dividir a los participantes en dos bandos, uno a cada extremo de la cancha, y al visto bueno de un rayero, veedor o juez inicia la pasada el de un lado; cumplida ésta, dará la señal al de la otra punta, y así sucesivamente.
Esta forma o modalidad, que por otro lado es la única a que alude Tito Saubidet, es la que me refirieron mis abuelos, cuando a principio de los ’80 y octogenarios ellos, los interrogué sobre las festividades, usos y modalidades, en sus años niños y mozos en “la vieja” Magdalena; mi abuelo Desiderio Espinel, que debía galoparse ocho leguas para estar en ‘las patronales’, me aseguró que hacia 1920 había sacado el premio con ¡18 sortijas!... y debo creerle; vale decir que se corría a doble arco, que es otra modalidad también.
Pero no cualquier ‘sacada de sortija’ es válida, que para eso está el juez antes aludido, el que “dirá si el jinete no lo ha hecho a la velocidad adecuada de su montado. Esta prueba no es sencilla como al primer momento aparenta”, informa Rapela; también verá el juez si no la ha ‘pellizcado’ con algún dedo, en una descortés picardía criolla, acotamos nosotros.
La pequeña argolla que en la actualidad es de un metal sin valor, parece que en otros tiempos llegó inclusive a ser preciado, de allí que el sabio Pablo Mantegazza, que entre 1858 y 1863 nos visitó en varias ocasiones, refiere que del arco “...pende un pequeño anillo de oro, apenas suspendido de una débil cinta de seda” y que una vez obtenido, el ganador lo obsequiaba a alguna “de las elegantes señoritas, que, con sus pañuelos y sonrisas animan a los caballeros en la difícil empresa, para enorgullecerse de adornar sus dedos con el obsequio del vencedor”.
Hemos dicho y han testificado otros, de la baquía del jinete y la docilidad del montado, pues ha ocurrido y ocurre, que al encontrarse el animal embretado entre la gente que bordea la cancha y al toparse de pronto con el arco, suele “apamparse” amagando a esquivarlo, generando inconvenientes o situaciones impensadas, como la que hace tiempo relatamos en “Fiestas Patronales” y dice:

“Se ráiban chicos y grandes
al ver que a Hilario Sampayo
se le arrastró fiero el bayo
que compró a Lauro Fernández;
hubo corridas, desbandes,
y al dar contra el poste, Hilario,
lo revivió el boticario
bajo el arco mesmamente,

mientras que al bayo, un agente,
yevó pa’ lo ‘el Comesario."

(Una chuscada, si se me permite).

Si bien es un juego tradicional de nuestra campaña, en la actualidad y desde hace fácil 35 años, se ha introducido -más que nada en una amplia zona que rodea la Capital-, la costumbre de acortar en extremo las estriberas, debiendo el jinete hacer la corrida ‘parado en los estribos’ (los arcos se alzaron a 2,55/2,65 mts.), con lo cual si bien demuestra habilidad, baquía y dominio del caballo, se aleja de lo tradicional que era correr sentado en el recado y, como expresa Leguizamón “al llegar junto (al arco) el jinete se irguió de pronto en los estribos y apuntó a la pequeña argolla con un palito encintado”.
Actualmente, entre agrupaciones afiliadas se desarrolla un campeonato de sortijas, habiéndose llegado, gracias a la iluminación artificial de las canchas, a correr en las noches de verano evitando así las altas temperaturas del estío.
Por todo lo dicho, y descontando el valor de lo expresado por los estudiosos, cerramos con la apreciación de Félix Coluccio: “Este juego ha tenido y tiene grandes cultores. Constituye por si solo un motivo de reunión amena y entretenida, que los espectadores siguen con interés durante todo su desarrollo.”


“CORRIDA DE SORTIJA”

Lo trái pisando con juerza
bien afirmao en la rienda,
pa’ que’l pingo más se tienda
y pa’ que’l rumbo no tuerza;
por lo bajo lo conviersa
y echando el peso al estribo,
se’nderieza en gesto altivo,
estiende’l brazo ante’l pecho,
y al arco encara derecho
apuntando a un centro esquivo.

Su mano empuña segura
y en una atitú prolija,
el ‘lápiz’ de la sortija
que sacó de la cintura.
Ya en el arco, su postura

es de total rigidez,
y decidido a la vez
con güen pulso y muy certero,
saca ensartada al ‘puntero’
la argoya y su redondez.
......................................
Así son en la Argentina
“las corridas de sortija”
y no hay fiesta que no elija
ésta diversión genuina,
ya que a lo crioyo ilumina,
lo enriquece y lo engalana.
Y es de esperar que mañana
hombres de pulso sereno
defiendan -de orguyo yenos-
¡esta tradición paisana!

Data de la nota: La Plata, 12 / febrero / 1999 (Publicado en el N° 56, 10/2004, de Revista "El Tradicional")

Bibliogrfía
-
Del Truquiflor a la Rayuela, Jorge Páez (1971)
- Montaraz, de Martiniano Leguizamón (1900)
- Estampas del pasado, de José L. Busaniche (1971)
- Folklore y Nativismo, de Félix Coluccio y G. Schiaffino
- Juegos y diversiones en la Gran Aldea, colec. “La Vida de Nuestro Pueblo”, de Oscar
Troncoso
- Cielitos y Diálogos Patrióticos, de Bartolomé Hidalgo
- Equitación gaucha en la pampa y mesopotamia, de Justo P. Sáenz (h) (1942)
- Buenos Aires desde 70 años atrás -1810/1881-, de José Wilde (1960, Eudeba)
- El caballo criollo en la tradición argentina (Cap. VIII), de Guillermo A. Terrera (1970)
- Conozcamos lo nuestro, de Enrique Rapela (Tomo III, 1978)
- Vocabulario y Refranero Criollo, de Tito Saubidet (1975)
- Campo de Ayer, de Carlos Raúl Risso (1998)

VICTOR DI SANTO -payador, poeta, historiador-


Imperturbable la vida cumple su designio y nos obliga -de tanto en tanto-, a escribir las páginas no deseadas en ese momento y por esos motivos. Y hacemos esta introducción porque con todo respeto y admiración debemos ahora evocar al amigo Víctor Nicolás Di Santo, quien tras luchar un año con una cruel enfermedad, falleció en su casa de Boulogne (San Isidro), el 10 de febrero del año en curso. Tenía 63 años, como que había nacido en Capital Federal, el 25 de abril de 1941, transcurriendo sus primeros 13 años de vida en Villa Martelli, partido de Vicente López, para radicarse a partir de allí en “su pago de toda la vida: Boulogne”.
Tempranamente se acercó al tradicionalismo, y solía referir con sincero orgullo que registraba como Socio Honorario Nº 13 del Círculo Criollo “El Rodeo” de Moreno, una de las instituciones pioneras en la provincia.
Quizás fue poeta antes que payador, ya que a eso de los 15 años compone sus primeros versos, que a veces recitaba y otras cantaba; pero el germen repentista por allí andaba, y junto a Felipe Luján Arellano hace su primera presentación profesional como payador, cuando tiene 18 años; antes -más adolescente- había conocido y tratado al payador moreno Juan José García, y al payador de origen neuquino Juan Quiroga, a quien frecuentó bastante y junto a quien amasó su sueño payador. Su destino ya estaba marcado, el canto alterno era su prioridad, por eso dijo hace muchos años:
“En la décima espinela
hoy el payador se planta
y surge de su garganta
un murmullo de vigüelas;
las cadenciosas estelas
de un canto antiguo y gentil
se hacen punzante buril
para tallar frente a frente
la vigencia permanente
del arte payadoril.

Una simple relación de fechas nos dice que ejerció el arte de su canto improvisado por espacio de 45 años.
Pisó escenarios desde clubes barriales a teatros porteños, de la reunión del boliche a la Peña de Coronel Dorrego, del fogón de la jineteada al encuentro internacional de payadores.
Pero sus inquietudes no se agotaron con el poeta y el payador; hombre curioso e inquieto, ávido de conocimientos, se abocó a la investigación, pero a la investigación verdadera, no al ‘dicen’ o ‘me contaron’, “puro jarabe de pico”, si no a todo aquello con respaldo documental, con testimonio escrito. Y ese método de trabajo floreció en “El payador, su arte y su canto” (l985) y “El canto del payador en el circo criollo” (1987), y en “Gabino Ezeiza -precursor del canto payadoril-”, libro que aparecerá póstumamente pues alcanzó a ingresarlo a la imprenta y a hojear algunas pruebas; y ansiosos por ver la luz quedaron otros trabajos por los que hacemos votos para su futura edición, uno referido a la “Los Centros Criollos de Carnaval”, y el otro a “Los Cuchilleros de Buenos Aires”.
Pero no todo es libro, por eso también difundió sus investigaciones por las páginas de revistas como: Todo es Historia, Rincón del Payador, Tarareando y Club de Tango, todas de la Ciudad de Buenos Aires; Pa’l Gauchaje, de La Plata, y El Tradicional, de la Ciudad de San Martín.
Un puñado de sus bien rimados y gauchos versos fueron publicados en un opúsculo de 20 páginas que tituló “Tierra Campa” (1978), y algunos de estos han sido llevados a la grabación por intérpretes como Héctor Del Valle y Jorge Berón, entre otros.
Sintió con pasión todo lo que hizo, y cada vez que encaró un proyecto lo vivió poniendo lo mejor de sí.
Fruto de su impulso fue aquel “certamen de payadores noveles” que se llevó a cabo en la Agrupación Tradicionalista “La Montonera” de Ensenada en 1985, y que sirvió de espaldarazo a un grupo de jóvenes que 20 años después siguen en la brega con un lugar bien ganado: Otero, Huenchul, Moreno, Ocaña...
Y si el entonces gobierno municipal de la Ciudad de Buenos Aires, por Decreto 6256/86 declaró el “Día del Payador”, no estuvo ajeno su ímpetu creador; como tampoco lo estuvo en la coronación de esa fecha, llevando el canto payadoril al centro porteño y a un teatro como el”Presidente Alvear”, cumpliendo un sueño dorado.
Y aunque la vida le cortaba las alas a sus vuelos, él trabajó hasta el último hálito de vida, como lo demuestra el hecho de haber ingresado a la imprenta los originales de su investigación sobre Ezeiza.
Pero su suerte estaba echada, y a las 19,30 hs. del jueves 10 de febrero se cortó su aliento, se cerraron sus ojos... o por qué no?, se abrieron en otra dimensión para ver la vida desde otra perspectiva.
Dispuso como última voluntad, que su guitarra -compañera acunadora de sueños-, quede en las manos de su colega Jorge Soccodato, como certificando aquella ofrenda literaria hecha en 1978 en “Tierra Campa”, cuando a las seis décimas de la primera composición justamente titulada “Mi Guitarra” las dedica “Al payador argentino Jorge Alberto Soccodato”. Sin duda, derechura de un rumbo.
Del mismo modo ha querido que su importante biblioteca se incorpore a la “Biblioteca Carlos Moncaut” de la Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas, institución a la que se acercó a poco de fundada, donde alguna vez fuera galardonado con el Primer Premio de un certamen de poesía gauchesca, y con la que varias veces colaboró desempeñándose como Jurado de sus certámenes, como incluso había ocurrido en noviembre de 2004, a pesar de su salud menguada.
Se apagó una vida preocupada por desentrañar aspectos de un pasado cercano que necesitan ser rescatados y resguardados, y se encendió otra estrella en el firmamento criollo del cielo nuestro.
Las guitarras payadoras están de duelo, y en las hemerotecas de los archivos, los grandes libracos permanecen cerrados, y es que ha dicho ¡adiós! el Payador Víctor Nicolás Di Santo.
¡Adiós, amigo... hasta siempre!
(28/02/2005)
(Publicado en el Boletín Informativo N° 44, 05/2005, de la AAET)

FRANCISCO CHAMORRO


A las 3 de la madrugada del viernes 30 de abril (2004), en una sala del Hospital Dr. Ricardo Gutiérrez, de La Plata, se “cortó” el existir humano del consocio fundador Francisco Chamorro.
Había nacido en Santa Lucía, próximo a Goya, Corrientes, el 24 de julio de 1934, y tenía 14 años cuando con su familia se mudó y radicó en los alrededores de La Plata.
Hacia 1951 se iniciaba en el movimiento folclórico interpretando guitarra, quena y charango, y después del servicio militar se abocó a formar una agrupación que finalmente cristalizó en el nacimiento del Conjunto Nativo “Pilcomayo” que se mantuvo vigente entre 1957 y 1967. A partir de este último año, y sin renegar nunca de sus orígenes ni olvidar sus ancestros, y a pesar de un dejo particular en su pronunciación, abrazó con singular cariño la música y el canto de la provincia de Buenos Aires, tornándose desde entonces en un estudioso que devino en un referente inevitable.
Casi enseguida, enero de 1968 lo ve consagrarse en Cosquín al obtener el Primer Premio como cantor solista, seleccionado entre diecisiete representantes provinciales.
Al poco tiempo -1970- registra para el sello Disco Mundo su primera grabación titulada “Así Soy”.
Difunde desde entonces a poetas de neto cuño campero como Omar Menvielle, Domingo Berho, Castello Luro, Roberto Coppari y Guillermo Villaverde, entre otros.
Se aboca al rescate de las formas musicales tradicionales pampeanas, y recupera para los escenarios la interpretación en guitarra, de todas las danzas nativas, para acompañamiento de los conjuntos de baile, expresión típica de la llanura caída en el olvido.
A la composición musical suma la creación de letras propias, ampliando su horizonte artístico.
Radialmente se desempeñó durante tres años como asesor musical del recordado espacio de Radio Provincia, “Mañanitas Camperas”, habiendo sido en la misma casa, coordinador del programa “Sábados Argentinos”, y supo durante una temporada, disponer, un día a la semana, de un segmento en la emblemática audición “Un Alto en la Huella”, para difundir su arte; también condujo su propio espacio en Radio Universidad, bautizado “Ámbito Argentino”.
Llevó el mensaje de su canto a los países limítrofes de Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile.
Si bien nunca hizo publicaciones compendiando sus versos, un tema suyo fue incluido en la antología “Diagonales. Tilos y ... Poetas”, editada por la Municipalidad de La Plata en 1995.
Destacadas personalidades del quehacer folclórico, como Suma Paz y Miguel Franco, fueron sus padrinos artísticos.
Intérpretes como Los Hermanos Abrodos, Suma Paz, Alberto Merlo, Tito Ramos, Claudio Agrelo, Silvia Adriana, Rodolfo Jáuregui, entre otros, hicieron registros fonográficos de sus composiciones.
Aparte de la ya citada, otras grabaciones suyas son: “Rastrilladas”, “Ande el pasao es presente”, “La Chata de Lobería”, “Dos compadres y un destino” (con Carlos Linares), y “Otra cosa es con guitarra”.
Dedicado a la formación de nuevos intérpretes, muchos son los cantores que se formaron an su amparo.
Con seguridad ya debe estar ocupando un lugar destacado en “el fogón del cielo”, porque como dijo alguna vez: “Soy un cantor de fogón. (...) los más tradicionalistas son cantores de fogón. El canto prístino de Buenos Aires nace en el fogón para las personas que se sientan a su alrededor.”
(Publicado en el Boletín Informativo N° 40, 06/2004 de la AAET)

martes, 16 de marzo de 2010

MARCHAS ECUESTRES

Con fecha 25 de julio de 2001 (salida simbólica), el señor Eduardo Díscoli, se lanzó a la siempre difícil empresa de unir a uña de caballo, nuestro país con el “gran” (¿) país del norte, con la idea de proseguir, barco mediante, hasta la “madre patria”, donde luego de volver a cabalgar por su territorio, aspira a embarcar nuevamente para, cruzando el Mediterráneo, desembarcar en Marruecos, norte de África, y realizar allí la última parte de su travesía hípica, simbolizando así el retorno del caballo al lugar donde comenzó su largo periplo cuando la invasión de los moros a la península Ibérica.
La marcha de Díscoli, motivó que desde un prestigioso matutino (1) se abordase el tema referenciando la hazaña de Tschiffely, señalando que de cumplir el nuevo emprendimiento en todo con su objetivo, se va a “llegar a superar la hazaña llevada a cabo, en 1925,...”
Esto nos llevó a reflexionar, que sería bueno recordar que la misma ya fue superada una media docena de veces, aunque no se puede desconocer que todos los que se lanzaron a la difícil aventura con posterioridad al viaje del maestro suizo, contaban con la certeza de que la marcha era posible; sólo él enfrentó la incertidumbre o el íntimo interrogante de ¿...se podrá?. Tras su éxito pudieron cambiarse las rutas a seguir o el plan de marcha, pero la barrera del imposible ya había sido derribada en aquellos hoy lejanos años de la década del veinte.
Hurgando en nuestros papeles pudimos armar una síntesis de todas las marchas ecuestres de similar envergadura, que tomaron estado público.
El gran iniciador fue el ya citado Aimé Félix Tschiffely (suizo), quien junto a los nobles “Gato” y “Mancha”, realizó la travesía entre abril de 1925 y agosto de 1928.
Así podemos decir que a 12 años y seis meses de concretado aquel primer viaje, el jinete argentino Marcelino Soulé llegaba a Washington, para agregar inmediatamente la travesía de los EE.UU. de este a oeste. Utilizó en su hazaña -que se extendió entre 1938 y 1941-, un total de tres caballos.
En octubre de 1950 inició la travesía una mujer: Ana Beker, quien alargó el periplo hasta la ciudad de Ottawa, en Canadá, utilizando en su marcha, que culminó en julio de 1954, un total de seis caballos. Contó para su emprendimiento con el aval de Eva Perón.
Pasarían dos décadas hasta que el caballista de Trenque Lauquen, Alberto Baretta, diera comienzo a lo que denominó “el regreso simbólico del caballo a España”; corría 1971 cuando con dos caballos criollos uruguayos, se lanzó a los caminos. Atravesó América hasta los EE.UU., y allí embarcó hacia España, donde a su arribo, cabalgó hasta la ciudad capital poniendo fin a su emprendimiento en 1976.
Según contara el propio Baretta, en los primeros años de la década del 40, un jinete de nombre Miguel Ricci, con un solo caballo, hizo la travesía de las Américas, iniciando tras cartón el regreso a la Patria ensillando el mismo animal, el que le mataron al estar atravesando Colombia, motivo por el cual dio por acabado su viaje, quedándose por largos años radicado en ese país. A fines de los años 80 estaba viviendo en la ciudad de Mar del Plata.
Justamente por esos años (1987), se inicia el único viaje en sentido inverso: el matrimonio argentino integrado por Margarita Echebarne-Raúl Vasconcellos, unió California con Baradero (Bs.As.), ciudad a la que llegaron en noviembre de 1988. Utilizaron para la marcha dos caballos y dos mulas. (Este es el viaje de menor extensión).
En el mismo año de finalización de ese viaje, desde la muy austral ciudad de Ushuaia , el californiano Louis Brunhke y el ruso Vladimir Fissenko, con cuatro caballos criollos comenzaron una cabalgata cuyo destino final era Alaska, tierra a la que arribaron en 1993.
Por último, ese mismo año de 1993, desde los bonaerenses pagos de Madariaga, se hicieron a la aventura Hugo Gassioles y Héctor Dahur, con dos caballos criollos cada uno. Dahur quedó en México, mientras que Gassioles concluyó el viaje en Washington en 1996.
Es de desear ahora, que Eduardo Díscoli y sus fieles “Niño Bien”, “El Chajá” y “El Chalchalero”, puedan sumar sus nombres a esta casi larga lista de exitosos marchistas ecuestres.
La Plata, 22 de Septiembre de 2002
(Publicado en el N°48, 10/2002, de Revista "El Tradicional")

PROPIO DE COBARDE


Corría mediados de un mes de agosto en que el pueblo celebraba su fiesta anual, motivo por el cual acogía en su seno mucha más gente que de costumbre.
Ya la primavera se insinuaba en árboles que verdecían anticipadamente y hasta en las aves que se mostraban más proclives al canto y en algunos casos con los plumajes más aparentes; por que no decir que hasta las personas tenían el ánimo más predispuesto a vivir alegremente.
La zona de la vieja estación ferroviaria mostraba el mayor movimiento y concentración de gentes y carruajes, no alcanzando los palenques para tantos pingos, carros, sulkys y volantas, entre los que descollaban por lo novedoso, estacionados sobre el otro costado, un Ford “T” y una “voiturette” Chevrolet. Y aunque no era lo común, un poco más allá, por donde estaban los corrales de la feria, una tropilla de overos de distintos pelajes, con la que había pegado una galopeada regular, el capataz de “La Espadaña” de Olarra.
En la fonda de “El Turco”, las cosas marchaban a pedir de boca; todas las mesas ocupadas al igual que las habitaciones que alquilaba como “pensión familiar”; en la cancha de pelota paleta mostraban su virtuosismo algunos aficionados locales y hasta algún forastero caído como “de regalo” con motivo de los festejos.
En el patio trasero se mezclaban camperos y puebleraje, entreverados o en partidos de bochas o jugando a la taba; la cancha de “lisas y rayadas” se tendía sobre un lateral del terreno, perfectamente demarcada con largos tablones alquitranados para protegerlos de la intemperie, mientras que su piso lucía el blanco lisamente apisonado de la conchilla; en el espacio que mediaba entre la cancha y el terreno lindero, se había improvisado el limpión para despuntar el “vicio” de la taba. En los tres ámbitos, canchas de paleta, bochas y taba, con la anuencia o vista gorda policiana, ya que un “agente” se paseaba por todos los rincones de esos dominios, se jugaba por plata, y algunas paradas eran fuertes.
Mientras que en el frontón acaparaba el juego un hombre venido del “lao del oeste”, según se comentaba, en la tabeada estaba tayando Don Lino Pereda.
Era éste un hombre más vale pueblero, que estaba afincado en un lote de casi una manzana en la orilla norte del poblado, donde siempre -a manta y galpón-, solía componer algún caballito para las cuadreras; sin ser un hombre de campo gustaba vestir a la usanza de los patrones rurales: bombacha ancha y saco sastre, ambas prendas en color oscuro, botas fuertes, pañuelo blanco doblado ancho, chambergo negro con el ala gacha sombreándole la frente y los ojos, y en la cintura tirador de cabritilla negra con revolvera del lado izquierdo, que prendía una pretenciosa y amplia rastra con un gran centro donde resaltaban entrelazadas, sus iniciales.
Más allá de que tenía algunos novillitos puede decirse que vivía del juego, ya sea taba, cuadreras, mongo, siete y medio, riñas... o lo que venga, que donde se “armaba algo”, ahí estaba él, y lo más cierto es que nunca iba a salir con las manos vacías.
Hacía rato que Don Lino mandaba con el “güeso” en la mano; antes, varios habían sido los paisanos que con suerte diversa tantearon y tiraron la taba, que también habían sido varias, pero desde que empezó a tirar Pereda, la suerte había hecho un pacto con su mano, ...al menos eso parecía...
La rueda de los mirones se había ido agrandando, y el murmullo entre estos era constante; agatas apartado del grupo, ubicado de modo tal de poder ver casi de frente a Don Lino, sin perder detalle de cada tiro de éste y atento a cada revoleo de los ocasionales adversarios, estaba Lucio Alcaraz. Paisano de entre 25 y 30 años, se ganaba la vida trabajando de a caballo en la feria, y si salía algún viaje, también resereaba; aprovechaba éstos para hacer al trabajo algún animalito de los que siempre tenía en amanse.
Era un mozo reservado, de poca conversación y menos de andar formando montonera con otros. ¡Eso sí!, muy respetuoso, cumplidor de sus compromisos y de una sola palabra.
Su estatura mediana parecía agrandarse por el físico delgado y proporcionado que coronaba una cabeza bien plantada sobre un cuello fuerte, transmitiendo el conjunto una clara sensación de firmeza.
La boina negra -con colorida borla- se asociaba a los ojos oscuros de mirar penetrante y escrutador; sobre la camisa de cuadros chiquitos, un chaleco tejido de color gris, resaltaba su torso; la bombacha azul -casi sin vuelo-, de puño desabrochado sobre la zapatilla de lona con los colores patrios, quedaba asegurada a su cintura por una faja pampa engalanada por un modesto tirador picazo que cerraba una rastra de cuero, casi seguro de su propia hechura, y poniendo un gesto de seriedad, terciado a su espalda un cuchillo de hoja ancha de jeme y medio de larga, encabado en guampa, con vaina de cuero crudo que repetía el trabajo de la rastra; pendiendo de éste, su rebenque de trabajo.
El ir y venir de la taba sólo se interrumpía cada vez que un jugador era reemplazado.
Y en una de esas, Lucio pisó el “güeso”.
Parsimoniosamente se agachó a levantarlo; lo tanteó, lo hizo girar en su diestra, lo tiró al aire y lo recogió, y en una actitud casi casual, lo dejó caer al suelo, donde quedó mostrando “el culo”.
-Está cargada! -fue el seco y contundente comentario que salió de su boca, cuando su mirada buscaba la de Don Lino.
-¿Qué decís? ¡Qué sabrás vos! -fue la respuesta de éste.
-Lo que oyó; ha estao ganando con trampa... va a tener que degolver la plata...
-¡No acuses, carajo...! -y mientras decía echaba mano al revolver, pero ni bien notaba el movimiento, ya estaba Lucio con el cuchillo en una mano y el rebenque en la otra.
El largo de la cancha los separaba.
Cuando Don Lino estiró el brazo con intención de fijar el blanco y tirar, Lució pegó una cuerpeada a su derecha con felina agilidad yéndose casi hasta el suelo, sofrenando peso y envión en el cuchillo que afirmó de punta en la tierra; y la bala se perdió en el vacío, lejos del objetivo.
Sobre el pucho Lució repitió la maniobra hacia su izquierda, sujetándose ahora en el cabo del rebenque, mientras que el segundo disparo resonaba perforando el espacio.
Y entre saltos y zancadas, ágil como una gama, había acortado más de la mitad de la distancia.
“¡Hay que ser guapo” comentó al compañero uno de los pocos mirones que quedaron en tanto le afirmaba el codo en las costillas, a lo que éste -viendo la palidez que ganaba a Don Lino- sentenció: “No alcanza con armar coraje...”.
Quedó en un eco el tercer disparo y Don Lino como clavado al suelo, cuando ya Lucio había sujetado su calculado salto a la derecha contra el tablón de la cancha de bochas, repitiendo la acción de la vez primera.
“Al cuchillo no se le acaban las balas”, debe haber pensado Pereda en tanto buscaba como apuntar a blanco tan esquivo.
Y en una última y corajuda embestida ya estuvo el mozo sobre el petrificado tahúr.
Al tiempo que lo encimaba, lo sostenía con la mano del rebenque mientras empujaba el brazo derecho en profunda puñalada al vientre.
Contrastaba la rojiza expresión del rostro fuertemente contraído de Lucio, con la palidez del miedo que mostraba la cara de ojos desorbitados de Don Lino, ojos que se fruncieron tras el golpe en su panza.
Lucio llevó la diestra atrás y mandó una segunda puñalada enceguecida, y una tercera... Tras ésta, los ojos de Pereda se abrieron lentamente, y cuando el mozo contraía el brazo buscando de entrarle una vez más, alzó la zurda y casi al lado, le gatilló el revolver en la cabeza.
Se aflojaron las piernas del paisano, dobló las rodillas deslizándose hacia el suelo, y en extraña contorsión cayó, quedando de espaldas, el rebenque sostenido en la izquierda, los negros ojos entrecerrados con expresión de sorpresa, y junto a su diestra, el cuchillo cabo ‘e guampa, con la hoja quebrada más arriba de la mitad...
Impávido por haber nacido de nuevo, Don Lino Pereda acariciaba el centro de la rastra, testigo mudo de tres machucones que afeaban groseramente el monograma como otras tantas desprolijas cicatrices.
Y en el desbande, uno de los mirones encontró semienterrada contra el tablón de la cancha de bochas, esa mitad de la hoja que faltaba en el cuchillo de Alcaraz, y al tiempo que la tiraba sobre la blancuzca conchilla, murmuró como para si: “-¡Áhi estaba la madre del borrego!”.
La Plata, 14 de septiembre de 2001

(Del libro "PLÁTICAS DE FOGÓN - Narraciones Criollas")