lunes, 5 de septiembre de 2016

LA MAGDALENA - PERSONAJES HISTÓRICOS EN LOS BICENTENARIOS

El hecho de encontrarnos ahora rumbo al segundo de los “Bicentenarios Patrios”, nos hace pensar y reflexionar que, de lo que era en aquellos tiempos “el interior bonaerense”, escasos o muy escasos fueron los representantes de las entonces poblaciones pioneras, que aportaron ‘mentes ilustradas’ para juntas y congresos; en la otra cuestión en la que sí aportaron “gente de pata al piso”, fue en la integración de los bisoños ejércitos que comenzarían las duras y largas luchas de la independencia, poblada la gesta de ‘soldados anónimos’.
Parroquia de Magdealena
Este lugar desde el que estoy escribiendo esta pretensión de nota, la Ciudad de La Plata, era entonces inexistente, y al sitio se lo conocía como “las lomas de la Ensenada”, en virtud que a corta distancia y sobre la costa del Plata, se encontraba la población de dicho nombre, el Fuerte y también el puerto, y podría decirse que todo quedaba inserto dentro de lo que, casi desde los tiempos de Garay, se nominaba “Pago de la Magdalena”, ya para entonces, a más de 220 años de las andanzas de aquel vasco conquistador, “el viejo” Pago de la Magdalena.
Para buscar un orden cronológico, citaremos primero al Presbítero Dr. Manuel Maximiliano Alberti.
Hijo de Doña Juana Agustina Marín y D. Antonio Alberti, había nacido en Buenos Aires el 28/05/1763, habiendo estudiado en el Real Colegio de San Carlos, del que pasó a la Universidad de Córdoba, donde en 1785 se recibe de doctor en Teología, siendo ordenado sacerdote al año siguiente y destinado a la Parroquia de la Concepción de Buenos Aires. Cuatro años después, al quedar vacante el curato de la Magdalena, es designado cura vicario interino para la parroquia de Santa María Magdalena, a la que llega en 09/1790 y permanece un año, renunciando (presumiblemente por problemas de salud, según su biógrafo Guillermo Durán), el 26/10/1791, pero… curiosamente retorna por otro año, desde el 1/03/1793 al 21/02/1794.
Más allá de atender el oficio religioso, se abocó a la reconstrucción y ampliación del templo parroquial.
Frente al actual edificio, alguna vez cavilamos que quizás, durante los sermones dominicales, solapadamente -o no- pudo haber transmitido a sus súbditos los nuevos idearios que se expondrían en los días de mayo.
Justamente al sucederse estos -cuando era párroco de la Iglesia de San Nicolás-, interviene activamente de las reuniones, por cuya actuación finalmente es elegido “vocal” al constituirse la Primera Junta de Gobierno, aclamado por el pueblo que exigía un lugar para él,  siendo el único sacerdote que la integra; continuando en su cargo al conformarse la Junta Grande, pero los fuertes intercambios políticos, las acaloradas discusiones no pintaban la situación color de rosa, y tras arduos debates del día 28/01/1811, fallece tres días más tardes, posiblemente a consecuencia de un síncope cardíaco, siendo el primer miembro del gobierno patrio en fallecer, triste privilegio en el que prontamente lo seguiría Mariano Moreno.
Presbítero Dr. Manuel Maximiliano Alberti
Con este compartió la labor en “La Gazeta”, de la que fue redactor y su primer director.
A su pedido, sus restos fueron sepultados en la Iglesia de San Nicolás, sitio en el que actualmente está emplazado el Obelisco porteño, motivo por el cual se desconoce el destino de los mismos.

 Otro sacerdote con algunos vínculos con “el viejo pago”, es Dámaso Fonseca, quien había nacido en Buenos Aires el 18/12/1763, en el hogar de Doña Micaela Veguío y Don Juan Gómez de Fonseca. Tras los estudios básicos en la “gran aldea”, sus padres lo envían a Córdoba, donde cursa en su Universidad y en 07/1785 egresa -antes de cumplir 23 años-, como Doctor en Teología.
Ya de retorno en su ciudad de nacimiento fue ordenado sacerdote en 8/1788 por el Obispo Azamor y Ramírez, y apenas un año después, el 26/09/1789 asume como “cura y vicario” en la Iglesia de Magdalena, donde cumple un breve interinato, a raíz del cual Andrés Calcagno opinó: “En ese curato apartado de la capital halló el doctor Fonseca ancho campo donde ejercer su celo, edificando a sus feligreses con su conducta y con su constante aplicación al estudio…”.
Ejercía su sacerdocio en la Parroquia de la Concepción, cuando el 21/05/1810 recibe la invitación para participar del Cabildo del día siguiente, en el que vota a favor de constituir una forma de gobierno que reemplace el poder del Virrey, donde “no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad y el mando”.
Decididamente identificado con los nuevos idearios, en representación de la Ciudad de Maldonado, fue nombrado Diputado a la Asamblea de 1813.

Andando el tiempo, el 10/07/1815. El Director Supremo Álvarez Thomas, en atención a la constitución del congreso que se avecinaba, invita a la población a designar “electores” para integrar la Junta que debería elegir los diputados que la representarían en Tucumán. Se procedió entonces a la división del territorio en nueve secciones que debían contar con un mínimo de 5000 habitantes cada una. Fueron: San Nicolás de los Arroyos, Pilar, Arrecifes, Luján, San Isidro, San José de Flores, Magdalena y San Vicente; de todas, solamente Magdalena y Arrecifes tuvieron dos representantes en la Junta, que en este caso fueron el Presbítero Domingo González Gorostizu y el vecino Don León Ortiz de Rozas.
Este sacerdote fue párroco en Santa María de Magdalena desde 1798 hasta el 15/1/1829, siendo el primer sacerdote de larga permanencia en el lugar. Tenía un hermano menor también religioso, Ramón, quien fue su permanente colaborador a partir de 1806.
Don León Ortiz de Rozas
Por su parte, Don León Ortiz de Rozas, destacado y prominente vecino, fue administrador de los bienes de la corona por un espacio de casi diez años, hasta que en 1806 comienza a administrar las propiedades rurales que su esposa Agustina López Osornio heredara de su padre en tierras del “viejo pago”, convirtiéndose en hacendado. Su sobrino Lucio V. Mansilla lo describió y definió: “…bondadoso y paciente (…) La memoria que dejó entre los suyos y todos los que le conocieron fue la de un hombre sin reproches”.
Volviendo a la Junta porteña, González Gorostizu apoyó con su voto, la elección de los Dres. Sola, Zavaleta, Leiva y Gascón, y de los sacerdotes Perdriel, Guerra y Grela; mientras que Ortiz de Rosas votó por los doctores Paso, Gascón, Zavaleta, Maza y Sáenz, el religioso Rodríguez, y el Mayor Gral. Cruz.
Finalmente, los representantes por Buenos Aires en el Congreso de Tucumán, que abrió sus sesiones el 24/03/1816, fueron: los doctores Juan José Paso (fue el Secretario), Pedro Medrano, Esteban Agustín Gascón, Tomas Manuel de Anchorena, y el también sacerdote Antonio Sáenz, a los que hay que sumar a Fray Cayetano J. Rodríguez, que fue el encargado de redactar el acta de la independencia, al mismo tiempo que fue director y redactor del diario de sesiones del benemérito Congreso.
A grandes rasgos y casi ya a 200 años de aquellos sucesos, esta es la reseña del pequeño aporte magdalenense, a las gestas iniciales de la Patria.
La Plata, 30/01/2016

Bibliografía Básica

Calcagno, Andrés – “Apuntaciones Históricas sobre Magdalena”
Carranza Mármol, Ángel G. – “Cartilla Biográfica de los Diputados que Firmaron el Acta de la Independencia”
Citterio, Diego (Lic.) – “Parroquia de Magdalena a Fines del S. XVIII”
Roncoroni, Atilio (Dr.) – “Los Abogados en el Congreso de Tucumán”

domingo, 31 de julio de 2016

DANIEL MELITÓN ELÍAS

                                      Hijo  de  Norberta Piquet  y  José María Elías, nació en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, el 10/03/1885  -según consta en los registros parroquiales- criándose a partir de 1888 y hasta alrededor de 1900 en la estancia familiar de Mojones Norte, Departamento de Villaguay, permanencia que le permitió conocer  la vida rural de esa época.
A los 16 años ingresa como internado en “La Fraternidad” de Concepción del Uruguay, y cursa estudios en el Colegio Nacional que fundara Urquiza. En esos años comienza a borronear sus décimas, viendo la luz algunos de sus poemas en la revista estudiantil.
Ya bachiller, se establece en La Plata para seguir la carrera de Derecho en UNLP, recibiendo el diploma de su título el 22/10/1914.
Según sus biógrafos, en su estadía platense vivió “la bohemia literaria. Porque se acercó a los cenáculos y compartió con los líricos de entonces la soñada plática…”. Frecuentó la casa de Almafuerte, a quien admiraba y con quien trabó amistad.
El mismo año de su graduación se establece en su provincia, en Gualeguay, donde es designado Defensor de Pobres y Menores, permaneciendo allí hasta mediados de 1919, cuando nombrado Juez en lo Civil y Comercial de Gualeguaychú, vuelve a vivir a su ciudad natal aunque brevemente, ya que al año siguiente ocupa el Juzgado de Concepción del Uruguay, donde se radica.
Respecto de su poesía, el gran santafesino D. Julio Migno, lo definió: “Orfebre y miniaturista, no pierde el rumbo en la obra; pone el  oído sobre los pastos, y por ello su acento es afirmativo y rotundo como contracanto de espuela.”
Lucido autor de sonetos y décimas, muchos de sus temas pueden inscribirse en lo que Adolfo Golz llama “criollismo épico”.
Con un poema de éste tono titulado “La Lanza”, el 9/07/1910 obtuvo el Primer Premio en los Juegos Florales que organizó el “Centro Patriótico de la Juventud de Paraná”.
Sus libros, de edición póstuma, son: “Las alegrías del sol” (C. del Uruguay, 1929) y “Los arrobos de la tarde” (C. del Uruguay, 1938).

Voluntariamente renunció a la vida en Concepción del Uruguay, el 29/11/1928, siendo despedidos sus restos en el cementerio, por otro gran vate entrerriano: Delio Panizza.

PONCHO DE CUERO

Cuando en abril de 2015 nos acercamos a visitar el “10° Encuentro de Sogueros y Guasqueros” en Cañuelas, no solo vivimos una hermosa jornada de cultura criolla, sino que tuvimos la oportunidad de ver algunas curiosidades y rarezas.
Allí, en el puesto que la artesana talabartera de Talar de Pacheco, Graciela Roso compartía con su compañero, el muy paisano y buen soguero de Navarro, Abel González, pudimos observar un magnífico “poncho de cuero”, réplica en medidas y peso -según ambos nos refirieran-, del que poseyera D. Justo José de Urquiza. ¡Nos quedamos maravillados! ante la calidad y delicadeza del trabajo.
Esta referencia nos puso a trabajar hurgando en la memoria, y si bien alguna vez pudimos haber leído algo, la primera noticia que se nos presentaba, era un verso escrito por el payador Aldo Crubellier, con el que obtuviera un premio en 1988; también se nos cruzaba un trabajo del poeta Roque Bonafina, pero éste había escrito sobre la confección de “ponchos encerados”.
Decía Crubellier que el gaucho “Antes que el poncho araucano…” tuvo la necesidad “de usar un poncho de cuero.”. Y entonces lo confeccionaba y procedía del siguiente modo: “Tras de matar desollaba / y luego de estar oreado / prolijamente sobado / como gamuza quedaba. En el recado lo usaba / sirviendo como bajera, / en invierno o primavera / fue choza, fue cobertizo, / su poncho de yeguarizo / aquí como en la frontera”.
Entendemos que allí hay una síntesis completa de su existencia y uso.
Poncho de Cuero que perteneció a Justo José de Urquiza 

Aún hoy se suele decir entre nuestros paisanos cuando tienen que cuerear un caballo, que “le van a sacar el poncho”; cuando en años ya lejanos escuché esa expresión, no se me dio por asociarla a la tan característica pilcha criolla, pero ahora recapacito y pienso, que implica una tradición oral, aunque se haya perdido la conciencia de su práctica usual.
Habiendo sido el nuestro un país de innegable conformación ecuestre, habiéndose logrado la existencia del gaucho como un notable pastor ecuestre, y habiéndose vivido por lo tanto una etapa socio-cultural bien definida como “edad del cuero”, no es de extrañar entonces, que el cuero le brindase la materia prima para cantidad de pilchas; y del mismo modo que se confeccionó el calzado con el cuero del yeguarizo -las mentadas botas de potro-, cuando por algún motivo no dispuso de éste supo utilizar en su reemplazo el cuero de vaca (aunque no por esto se le cambió el nombre); del mismo modo supo utilizar este cuero también para confeccionar su poncho.
Y así lo ha sabido relatar ese gran conocedor de la vida de la campaña que fue don Aron Esevich, cuando en su libro “Campos de Afuera”, en el cuento “Don Miguel Torres”, nos sitúa en una “esquina” ubicada por Capilla del Señor, y nos presenta a un resero al que apoda “Paraguay”, y lo presenta diciendo: “…gastaba poncho de cuero de vaca yaguané, por lo que aparecía listado, alegre”. Si mal no interpreto, por lo que refiere, el cuero estaba sin lonjear, conservando el pelo.
Y agrega de la confección haciendo participar al personaje del título: “A caballo y emponchado, el resero se semejaba más a un toldo pampa que a cosa ninguna. Sus piernas, al asomar debajo de la panza del caballo, acompañaban el tranco alegre del pingo lidiado con maestría. Miguelito ayudó a descarnar y macetear aquel poncho, hasta darle textura liviana y suave.”
Ahora bien, el poncho, muchas veces considerado como una creación propiamente nuestra, ha sido mi entender una prenda universal, que sí puede haber tomado en América y entre nosotros aspectos particulares, pero este caso del “poncho de cuero”, bien puede considerárselo “criollo”.
Del poncho se refiere que ya es citado por el poeta Virgilio, cuando pone a la reina Dido, enamorada, tejiendo un poncho que será la prenda que vestirá Eneas con posterioridad al incendio de Troya, y lo describe: “…un paño rectangular de unos dos metros de largo por más o menos uno de ancho, con un orificio en medio para pasar la cabeza”.
Pero volviendo nosotros al que nos ocupa, nos referenciamos en ese sabio español conocido como Diego Abad de Santillán, refugiado en nuestra Patria durante el gobierno del Generalísimo Franco, a la que como agradecimiento le legó una cantidad de obras de carácter nacional, como su “Diccionario de Argentinimos (de ayer y hoy)”, donde deja constancia al escribir: “poncho hecho de un cuero de potro, sobado, que se usó en la campaña bonaerense hasta que se lo reemplazó por el poncho pampa, introducido por indios pampas y araucanos”.
Algo similar ya había aportado anteriormente Alfredo Taullard cuando en su “Tejidos y Ponchos Indígenas de América”, había agregado: “Este poncho lo fabricaban los mismos gauchos con el cuero de potro cuidadosamente sobado, hasta dejarlo flexible como una gamuza…”; y dice de la forma de portarlo: “se llevaba de bajera en el recado, para tenerlo a mano cuando las circunstancias lo requirieran”.
Si bien se habla de la región bonaerense, en “El Poncho - Arte y Tradición”, de Eguiguren/Vega, se agrega que “En el Uruguay su uso rural se extendió hasta bien entrado el Siglo XX”.
Graciela Roso, creadora de la replica del histórico poncho de cuero

Ahora, como nuestra búsqueda comenzó por la magnífica prenda confeccionada por Graciela Roso, siguiendo sus referencias, encontramos en nuestra biblioteca una publicación del Museo Histórico Nacional (Defensa 1600), Boletín N° 3 – 06/2000, y en ella, con la firma de Juan José Cresto, un artículo titulado “El poncho en nuestra vida y en nuestra historia”, y en él, al referirse a los veintiséis (26) ponchos históricos que atesora el Museo, entre los que fueron propiedad de Urquiza, describe un “poncho de gamuza blanca. Sus puntas son redondeadas y sus dimensiones no son demasiado grandes: 1.47 x 1.89 m”. Acá se nos plantea la duda porque dice “gamuza” y no “cuero de potro”, pero ya vimos al principio, que bien sobado el cuero, “como gamuza quedaba”.
Agrega Cresto la ficha inventario del Museo donde figura registrado como: “Objeto N° 2964: De gamuza blanca, circundado por cinta de seda granate y un fleco del mismo color. La abertura central está rodeada por una cinta granate y una cinta idéntica cruza la pieza de extremo a extremo en ambos lados… Perteneció al general Justo José de Urquiza. Donación de la familia de Urquiza, 29-VIII-1904”.
Para nuestra, el ya citado libro de Eguiguren/Vega, traía una foto de la aludida prenda histórica, de donde la tomamos prestada para ofrecerla a la observación de los lectores, junto a otra por nosotros tomada en el encuentro de Cañuelas.
El Poncho de Cuero: una prenda prácticamente olvidada que ha sido recuperada por la artesana Graciela Roso.
                                          La Plata, 31 de octubre de 2015

(Publicado en El Tradicional N° 139)

PEDRO BOLOQUI ¿será él...?

         
DON PEDRO BOLOQUI...

Hemos querido cerrar las notas del año, evocando -a nuestro humilde entender- a unos de los poetas más importantes del siglo pasado, nos referimos a Don Pedro Boloqui.
Así planteado el tema, informamos a nuestros lectores que el poeta nació el 30/06/1908 en el puesto “Las Cañas” de la Estancia “La Belén”, propiedad de Manuel J. Cobo, que unos años después sería el fundador de la localidad que lleva su nombre, entonces partido de Chascomús, hoy, de Lezama.

Fueron sus padres Josefa Fernández Goñi y Justo Lorenzo Boloqui, ambos de ascendencia vasca, siendo su padre uruguayo, quien por esos años se desempeñaba como ‘capataz de majadas’ en la citada estancia. Completaban la familia, tres hermanos más.
Sin dudarlo un instante, afirmamos que junto a Charrúa, Menvielle, Risso y algunos pocos más, integra un abigarrado grupo de poetas costumbristas, algo así como “la primera línea” entre los cultores de la expresión campera.
Acabado conocedor de la más mínima particularidad de la vida de la campaña bonaerense, Boloqui volcó en su expresión poética, todo el sabor, el colorido y el costumbrismo, en el más puro decir propio del habla del hombre rural de años atrás; decir que reflejó en el aspecto fonético, escribiendo la palabra para que suene tal cual la pronunciación campera.
A diferencia de los otros poetas antes nombrado, mayoritariamente cultores de la décima, Boloqui incursionó preferentemente en el verso de ‘arte mayor’ -casi siempre endecasílabo- haciéndolo con una soltura tal, comparable al fluido hablar de un buen charlista.
Volviendo a su vida particular, digamos de él, que contrajo enlace con Ana María Piccolo, el 6 de septiembre de 1956, de cuya unión nacieron tres hijos: en 1958 Ana María Luján, en 1959 Olga Susana y en 1962 Pedro Lozano.
Sus otros hijos, los de papel y tinta, se resumen en un total de cuatro libros. El primero, titulado “Viento Arriba”, fue publicado en 1940, impreso en “Baltar” de Ferretti Hnos. y Cía., de Chascomús, llevando carátula de Juan J. Molina Moggia, contando con un total de 40 versos, habiendo sido prologado (al igual que todos los restantes), por Don Santiago H. Rocca, introducción fechada en su Estancia “San Antonio”, en Pila, el 29/02/1940.
Sus otros libros se titulan “De Vuelta y Media” (1946), “Azulejos” (1953) y “Tropilla Sureña – poesías camperas” (1967), una antología de los tres anteriores, que dedicó a su admirado amigo Don Santiago Rocca, y que si bien éste lo prologó en agosto de 1962, no lo vio editado ya que falleció en agosto de 1966. Esta publicación contó con el apoyo de la Intendencia Municipal, a través de la Comisión Honoraria del Centro de Publicaciones Municipales.

Inconcluso quedó un quinto libro, el que habría de llamarse “Al Tranquito”.
Pero si algo hay que destacar, además, en las virtudes de este poeta, es que fue netamente un autodidacta, que mostró desde chico su inclinación al verso, no habiendo tenido por razones de distancia, oportunidad de concurrir a la escuela, recibiendo de su madre la base de la enseñanza escolar. Pero sagaz y despierto, a la par que se iniciaba en el  conocimiento del “habla gaucha”, del contacto con los hijos de los patrones y por su curiosidad, aprendía los rudimentos del idioma inglés.
Y más allá de la actividad literaria, fue dirigente, como que a su iniciativa se creó la Peña “El Cencerro”, en Lezama, de la que fue su presidente; también fue director -entre 1953 y 1955- del Museo Pampeano de Chascomús; fundador -el 5/10/1944- y primer Pro Secretario del Fortín Chascomús que presidía Fortunato Iseas; presidió la biblioteca Domingo F. Sarmiento de la misma ciudad, y el Club Atlético Independiente de Lezama.
Asimismo escribió para publicaciones de la época como: Diario “El Fomento” y Revista “Juventu” de Lezama.
Varios temas de su autoría han llegado al disco de la mano de intérpretes de la talla de: Omar Moreno Palacios, Alberto Merlo, Héctor del Valle, Chacho Santa Cruz y Julio Tomisaki, entre otros.
El 12/04/2008, en el “Rincón Histórico” de Lezama, se presentó la reedición del libro “Tropilla Sureña” que editó el gobierno municipal, y que fue declarado por la Honorable Cámara de Diputados de “Interés Legislativo”.
Hombre preocupado por su comunidad no anduvo de pasó por la vida, por eso sus compoblanos lo recuerdan, de allí que el Jardín de Infantes N° 907 del Bo. El Porteño, lleva su nombre, al igual que una plazoleta del Bo. Atepam.
En 1979, con motivo de celebrarse el “Bicentenario de Chascomús”, “El Cronista” publicó una edición especial, con distintos recuerdos y evocaciones, y allí no estuvo ausente la vida y obra de Boloqui; se dice de él: “Poeta de naturaleza fuerte como la estampa recia del criollo, de una sensibilidad exquisita y un espíritu romántico a pesar de la temática nativa, por naturaleza descriptiva, tuvo Don Pedro la rara virtud de usar de las métrica del verso con exactitud del matemático y captar las imágenes más puras, más perfectas, más vitales, con el señorío y la técnica de los vates consagrados”.
La existencia de Don Pedro Boloqui se tronchó el 11 de Febrero de 1971 (a los 62 años y 7 meses), en el Hospital Italiano de la Ciudad de La Plata, habiéndose depositado sus restos para el descanso eterno, en el Cementerio de Lezama.
Mientras tanto, para sentirlo vivo, cantores y verseadores siguen entreverando sus camperas composiciones, porque por siempre estará Don Pedro Boloqui, ese que bien supo hablar del amor criollo en “¿Será él?”, que tan lindo recreó Alberto Merlo.
                        La Plata, 21 de Diciembre de 2015

(Publicado en El Tradicional N° 140)

sábado, 23 de julio de 2016

VISITAS

En marzo de 2010 me iniciaba publicando y administrando dos blogs (hoy son 5), y a la fecha han transcurrido 76 meses. En realidad el tema de internet me supera y me sorprende, y a lo muy poco que puedo usar por desconocimiento, trato de sacarle el provecho necesario para difundir lo que tenga que ver con nuestra cultura gaucha, fundamentalmente, a partir de la literatura, que podría decir -hoy por hoy- es mi campo.
El contador arroja que desde el inicio a hoy, hubo 323.000 visitas, lo que significa un promedio por mes de 4262, y llevado al día a día, 142 visitas diarias, lo que para mi, sinceramente es un número muy importante.
Gracias a todos los que llegan con la intención de encontrar o leer un verso, o recabar datos de alguna persona.
La Plata, 23/07/2016

Carlos Raúl Risso

sábado, 2 de julio de 2016

AMANCIO ALFREDO VARELA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
                                                         Micro Nº 91 – 12/01/2013
Con su licencia, paisano!
Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si hablamos de “Poetas Criollos… y otras yerbas”.

En Urdampilleta, partido de Bolivar, en el matrimonio de Anita Luisa Mariscal y José Amancio Varela, nació el futuro poeta el 25/12/1922; vivió allí y luego en la EstanciaLa Celina” en Pirovano.
Cursó los estudios primarios en escuelas de su pueblo natal, y más adelante, hasta 3º año del secundario en la Escuela Nacional de Comercio de Ramos Mejías.

Periodista, libretista y comentarista de radio, poeta, ensayista, investigador, desde su juventud anduvo transitando esas huellas, llevando en alto, como estandarte, el sentimiento criollo.
A los 13 años (1936), comenzó a borronear sus primeras composiciones motivado en principio por el libro “Modulaciones Sinceras”,  de la autoría de su tío Felipe Varela, tomando estado público sus primeros poemas en el periódico “La Idea” de su pueblo natal.
A partir de allí aparecieron en cantidad de medios gráficos, como por ej.: las revistas “Nativa”, “Contacto”, “El Hogar”, “Sintonía” y “Radiofilm”, y diarios y periódicos como “La Mañana” de Bolivar, “Tribuna” de Gral. Madariaga, “El Ciudadano” de Azul, “La Campaña” de Chivilcoy, “Tribuna” de Tandil; y en medios de alcance nacional como “La Prensa” y Clarín”.
A la radio, donde transcurrió su vida laboral, arribó en 1951 iniciándose en el servicio Informativo de Radio Belgrano, y en 1954 se incorporó al Departamento Literario de Radio Splendid como redactor y asesor folklórico; en dicha emisora, dos años después -1956- creó la audición “Peñas Gauchas”, con la que transmitió en directo desde instituciones peñeras y tradicionalistas de Capital Federal, La Plata, Rosario, Córdoba y distintos puntos del Gran Buenos Aires, lo que resultó toda una innovación.
En Radio Nacional colaboró por espacio de 25 años, recibiendo, en esa función, el Premio Ondas, otorgado en Barcelona, España.
Su amplia obra editada se compone de los poemarios “Huellas Pampeanas” (1950), “Raíz del Viento” (1964), “Después de los Pájaros” (1974), “Sombra de Lluvia” (1980), “Patria del Chingolo” (1988) y “Horizontes de Luz” (1994); en el rubro ensayo: “Historia del Folklore y la Proyección Folklórica” (1980) y “Memorias de un Pago” sobre su pueblo natal (1983). Quedaron inéditos “Canto Amanecido” -poesía- y “Anterior al Olvido” -prosa-.
El 29/04/1950, en San Isidro, se casó con Margarita García Miller, su compañera de toda la vida, residiendo en la Ciudad de Bs. As.
Su vida se apagó a los 74 años de edad, el 24/08/1997, siendo sepultado en el Cementerio de la Chacarita.

domingo, 3 de abril de 2016

DE PELAJES Y JINETES - Algo más...

En la sección “El Tradicional” del N° 465 de “El Federal”, intentamos un acercamiento al tema de los pelajes de caballos vinculados a conocidas personalidades de nuestra historia y nuestro medio, y ahora resulta, que revisando papeles que habíamos acopiado en aquella ocasión, encontramos material como para continuar la misma, informando de otros caballos y otros personajes, que son los que vamos a mostrar ahora.
Si uno dice “Allá Lejos y Hace Tiempo” o “Tierra Purpúrea”, está diciendo Guillermo Enrique Hudson (para escribirlo en criollo), y éste, para sus investigaciones, trabajos y viajes se valió del habitualmente del caballo, y parece haber sido muy de a caballo. Y Luis H. Velázquez, en un enjundioso trabajo sobre su vida, supo recopilar información al respecto. Por ejemplo nos cuenta que a los 6 años aprendió a andar a caballo sobre el lomo de un “tostado oscuro” llamado “Zango”, pingo que había sido de un oficial de caballería, que lo deja al cuidado del padre de Guillermo -cuando el animal tiene ya 28 años-, preocupado en que tenga un buen final, a campo abierto, después de los valiosos servicios que le prestara.
A los 13 años compra su primer caballo, un “picazo”, aparentemente muy bien domado y de muy buena boca, el que fue su caballo hasta que murió, y que le hizo recordar alguna vez: “Después he sido dueño de veintenas de caballos, pero a ninguno le tomé semejante cariño”.
Otro animal de su silla por diez años, fue un “tordillo acerado o tordillo moro”, al que simplemente bautizó “Moro” y que por “su ímpetu, su temple, fue superior a todos los innumerables caballos que montó…” (1).
Siguiendo con los jinetes de habla inglesa, viene a cuento Roberto Cunninghame Graham, quien por otro lado fue muy amigo de Hudson. Este curiosísimo e interesante personaje, era una escocés, aristócrata y socialista (cosa rara, si la hay), hombre de mundo, aventurero, que conoció nuestra tierra por 1870 y quedó prendado de ella, al punto que andando la vida afirmó que si volviese a nacer “le gustaría ser un gaucho”, y por si la afirmación no alcanzaba, en carta a un amigo le decía que su mejor ‘escudo de armas’, era la marca que tenía registrada en Gualeguaychú, Entre Ríos.
Muchos fueron los animales que ensilló ya en Texas, o en Venezuela, España, Colombia o entre nosotros, pero hay una anécdota que lo pinta como hombre que afinó el ojo en la observación criolla: en 1891 había viajado a Glasgow donde se “encuentra, tirando de un tranvía, un caballo que llevaba la marca de Curumalán, la ‘E’ y la ‘C’ entrelazadas de Eduardo Casey, cuya estancia próxima a Tandil, había conocido (…) El animal, un oscuro, acababa de ser comprado”. Pero “cuando Roberto ofreció un buen precio por él se lo vendieron”. ‘Pampa’ lo llamó, y fue el animal de su silla por 20 años. Cuando murió, lo sintió más que al mejor amigo humano (2).
Y si de extranjeros hablamos, no podemos olvidarnos del suizo Aimee Félix Tschiffely y sus célebres caballitos criollos, de cuya asombrosa marcha, el próximo abril se cumplirán 90 años de su inicio; y si bien los pingos eran marca del Cardal de Solanet, el pueblo los asocia indisolublemente al jinete suizo, ese que les marcó el rumbo a todos los otros marcheros que lo siguieron, sabedores ya ¡qué se podía!, cosa que él ignoraba… pero intuía.
Don Emilio Solanet le obsequió dos pingos ya hechos -15 y 16 años-, y que pertenecían a la manada que había comprado en el sur patagónico al cacique Liempichum; “Mancha es un overo rosado manchado. En EE.UU y en Inglaterra este color es denominado ‘pinto’. Gato, como lo sugiere su nombre, es un gateado, lo que los cowboys norteamericanos llaman un ‘buckskin’. (…) deseo estampar  mi opinión de que ninguna otra raza caballar del mundo tiene la capacidad del criollo para continuo trabajo forzado” (3).
En la nota anterior escribíamos sobre “el rosillo” del Gral. Belgrano, y ahora queremos agregar una anécdota sobre dicho pingo, tal cual la relatara quien firma “Scissor” en la Revista “El Caballo”. Dice al respecto: “El General Belgrano tenía un caballo de hermosas líneas que se había hecho famoso en su ejército y fuera de él. Un día lo regaló a su sargento Mariano Gómez, por las valientes hazañas que había realizado.
El conocimiento que había del caballo era muy grande y así se sabía que, donde estaba el caballo, estaba el sargento Gómez. De esta manera, una partida realista ubicó al suboficial,  que dejó su cabalgadura junto a una parva y se echó a dormir. Gómez fue prendido y llevado a Humahuaca, donde se lo fusiló tras juicio sumarísimo” (4).
Siguiendo el rumbo de militares de las guerras de la independencia y las luchas intestinas en los largos años de la organización, en breve recuento podemos citar que el Cnel. Mariano Necochea ensillaba un pingo “tostado”; el rebelde general chileno José María Carrera, que tanto batalló en nuestra patria, tenía de su silla un “bayo overo” (5). “El cadáver del Gral. Lavalle fue atravesado en su famoso tordillo de guerra, sostenido por unas petacas, iniciando así la marcha para librarlos de la persecución de sus enemigos” (6).
El oriental Manuel Oribe, también montó un tordillo” cuando tuvo bajo su mando las fuerzas de la Confederación, y Castelli, quien debió ponerse al frente de las fuerzas reunidas cuando el levantamiento de los hacendados en  Dolores y Chascomús en 1839, huyó hacia la zona del Tuyú “en un tordillo plateado de los montes grandes…” (7).
El venezolano Gral. José de Sucre, ensilló al frente de los ejércitos libertadores, un “zaino oscuro”. Más cerca, en nuestras luchas intestinas, el Cnel. Juan Saa, a quien llamaban “Lanza Seca”, tenía de su monta un guapo “rosillo”; al Gral. Pascual Echagüe se le recuerda un flete “malacara”, mientras que Chacho Peñaloza y Felipe Varela, en sus arduas andanzas por las zonas cordilleranas ensillaban en resistentes mulas: “parda” -la del primero-, zaina” la otra. (5)
No puede faltar en este resumen la presencia del hombre natural de la tierra, y si bien es cierto que el indio en general se destacó con sus montados de pelea, viene a cuento citar al cacique Calfiao, quien montaba en un “zaino pangaré” sobresaliente y superior. Del ha dejado escrito el Sgto. Mayor Cornell, que en un ataque sorpresivo a sus tolderías, de madrugada, alcanzó a huir en su caballo de pelea llevando en ancas a su hijo ya mocetón; durante tres leguas, 3 oficiales muy bien montados, lo persiguieron sin lograr darle alcance a pesar del sobrepeso que llevaba. Al día siguiente, mientras los soldados custodiaban a la indiada que llevaban prisionera, apareció a la distancia la figura de Calfiao y su guapo caballo, pero ya nadie osó perseguirlo (8).
El famoso “Buey”, parejero invencible, también fue “pangaré”, y su  historia es increíble e inverosímil. Criollo, criado en la estancia “Tamanquiyú” de Machado, en Lobería, se extravió en la desbandada de las fuerzas revolucionarias que actuaron en “Los Libres del Sur”, en Chascomús, en 1839. Vaya a saber cómo, junto a otros animales de marca desconocida, cayó a la estancia de Ford, que era además posta de galera, y de allí salía tirando en las cuartas, pues ya lo dijo el poeta: “nunca falta un mancarrón pa’ un mayoral de el galera”; y un día que en la estancia había esquila, ya terminado el trabajo, los esquiladores armaron un polla de diez cuadra, como para ir gastando lo ganado con tanto esfuerzo, y Ford, no queriendo quedar afuera, anotó al flaco y transijado “pangaré”, que para sorpresa de muchos, ganó sin apremio. A partir de allí fue parejero, y ante él se rindieron los más mentados cuadreros sin respetar invictos. Ya sin rivales a la vista, es vendido a Brasil para seguir allí su vida hípica, pero la noche previa a ser embarcado, murió en su box: parece que por rascarse quizás, metió la mano en la cogotera del bozal y se ahorcó (9).
Ya que hoy nombramos a los caballos de Solanete, veamos ahora de recordar los que montaron Soulet, Ana Beker y Baretta, por nombrar solo algunos de los viajeros ecuestres. Marcelino Soulé se hizo a la huella montado en “Argentino”, un “alazán”, llevando de carguero a “Bolivar”, un “bayo huevo’e pato”, que moriría en Colombia, ambos eran de raza criolla (10); Ana Becker inicia su marcha con un “alazán malacara” llamado “Príncipe”, y un “alazán” bautizado “Churrito”; luego, a lo largo del camino montaría varios caballos más. Y el bonaerense de Pellegrini, Alberto Baretta, ensilló en dos criollos uruguayos para llevar de regreso el caballo a España, “Queguay” y “Charrúa”, “rosillo moro” el primero, “gateado” el otro. “Charrúa” no pudo ingresar a EE.UU. por problemas sanitarios, así que a España solo llegó “Queguay”, quien finalmente retornó a su querencia oriental.
Y no es todo, hay más, por áhi… por áhi… en otro momento retomemos.
La Plata, 18 de Noviembre de 2014

BIBLIOGRAFÍA
(1) Guillermo Hudson, de Luis H. Velázquez (1963)
(2) El escocés errante, de Alicia Jurado (2001)
(3) Gato y Mancha, de A. F. Tschiffely (1989 – 4ta.edición)
(4) Pelo delator, por Scissor - Revista El Caballo N° 163 (10/1957)
(5) La historia de los caballos, de Leopoldo Lugones (h) (1966)
(6) Caballos, por León Benarós – Rev. Todo es Historia N° 12
(7) Los tordillos nadadores, por Tomás Ryan – Rev. Raza Criolla N° 47 (12/1958)
(8) Revista El Caballo N° 227 (9/1963)
(9) Recordando el pasado, de Antonio del Valle (1926)
(10) Cortando el continente, de Marcelino Soulé (1944)
(11) Amazona de las Américas, de Ana Beker (1957)

(12) Entrevista a Baretta en Revista Pa’l Gauchaje N° 11 (7/1986)

Publicado en "El Tradicional" dentro de Revista "El Federal" N° 474