miércoles, 22 de noviembre de 2017

OMAR J. MENVIELLE (Charla 1)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 19 – 22/11/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Sus amigos y conocidos lo bautizaron “El Poeta del Caballo”, pero para los documentos legales se llamó Omar Javier Menvielle.
Nació en el barrio de La Concepción de la Ciudad de Buenos Aires, el 09/02/1897, en la casa de su abuela materna, siendo sus padres Manuela Baldomera Sánchez Boado y Juan Menvielle Villanueva -argentino hijo de bearneses-, matrimonio que alumbró otros 5 hijos.
Las participaciones de su bautismo están fechadas en la Estancia “Los Cuatro Pozos”, por Estación Muñoz, en el partido de Olavarría, lugar en el que estaba establecida la familia.
Por entonces, don Juan era propietario de cuatro grandes estancias, a saber: “El Porvenir” en Ayacucho, “El Mataco” en Bragado, “La Tribu” en Rauch, y la ya nombrada “Cuatro Pozos” en Olavarría.
Su destino parecía encaminarse a convertirlo en médico, pero… la crisis económica de los años 30 le puso punto final a ese objetivo. La situación financiera de su padre entró en crisis, y entonces lo eligió a Omar y a otro de sus hijos, para que se abocaran a la liquidación de los campos con la consiguiente cancelación de las deudas generadas.
Se establecieron en la estancia “La Tribu” a una legua de Chapaleofú, y desde ésta como centro de operaciones, fueron poco a poco, cumpliendo con el pedido del padre, hasta que finalizada la tarea -varios años después-, se establece definitivamente en la Capital Federal, donde se emplea en la empresa estatal YPF, desempeñándose en el Dpto. de Publicidad.
Sus versos y su decir se entrelazan a los que ya venía dando a conocer Charrúa que era veinte años mayor, diferencia que no impidió se frecuentaran trenzando una seria amistad.
A principios de la década del ‘40 sus versos comienzan a ganar la calle a través de las páginas de las revista “Señuelo” y “Revista Criolla”, y por allí nomás hace su primera publicación que llevó por título el de “Albúm Gaucho”, conteniendo 11 composiciones, y teniendo un extraño aspecto de libro, ya que era apaisado, con un formato -para ejemplificarlo de algún modo- similar al de la historieta “Patoruzú”, contando con ilustraciones de don Jorge Daniel Campos.
Es muy probable que el primer tema de su autoría que gana amplia difusión entre la paisanada, haya sido “Los Medinas”, no siendo este apellido -de alguna manera- otra cosa que una simplificación del suyo, Menvielle, de difícil pronunciación para la fonética criolla, de allí que intuimos como una especie de autobiografía familiar, a la que le encuentra el origen allá por Ayacucho, donde justamente supieran sus mayores tener estancia, sin dejar por supuesto, que la imaginación gane el campo creando personajes y situaciones.

A propósito entonces, ilustramos con las décimas de “Los Medina”: (Se pueden leer en el blog "Antología del Verso Campero)

domingo, 19 de noviembre de 2017

CLAUDIO AGRELO

El pasado martes 14/11, el amigo Agrelo ha cumplido 60 años. Lo homenajeamos con este comentario
Claudio Agrelo, en la audición "La Huella",
Radio Provincia LS11, 19/10/1992

 Nació en la Ciudad de Bs.  As. el 14/11/1957, en el seno de una tradicional familia criolla, vinculada a los albores de la Nación y a la música argentina, ya que es chozno de Pedro José Agrelo, vocal Constituyente en la Asamblea de 1853, y sobrino nieto del 1º concertista de música argentina, Juan Alais.
Se crió en el porteño barrio de Flores, al que gusta llamar “el Pueblo de San José de Flores”, como antaño se decía cuando se afincaron sus mayores. A todo esto, su padre tenía un tambo por Marcos Paz. Contó alguna vez: “Mi abuelo fue un hombre de campo -como toda la familia de mi padre-  y supo ser guitarrero y cantor”. Casualmente, cuando cumplía 7 años, fue su abuelo quien obsequió una guitarra.
Ya más grandecito su padre le regalará un caballo colorado, definiéndose entonces sus dos pasiones, la guitarra y el caballo.
Por su afición a éste, es que a los 20 años se conchaba en el Mercado Nacional de Hacienda,  en “Mataderos·” como popularmente se conoce el sitio, y forma entonces entre “los reseros”, como se denomina a los trabajadores de a caballo. Transcurrirán 3 años en los que silenciará la guitarra “artísticamente”, para enriquecerse en el aprendizaje del trabajo paisano, y escuchando las narraciones y el canto criollo de boca de sus curtidos compañeros.
Antes, cuando solo tenía 15 años, apadrinado y presentado por el cantor Carlos Ríos, debuta en el célebre programa “Un Alto en la Huella” de Miguel Franco. Corría 1972.
Reconoce en Carlos López Terra y Wenceslao Varela, el norte de su rumbo; sin dejar de reconocer que también se ha nutrido de Pedro Risso, Rafael Bueno, Secundino Cabezas, Vasco Giménez, entre otros poetas de trazo muy campero.
Si bien volcó al papel sus pensamientos líricos desde joven, se dio el tiempo suficiente para cimentar su oficio, interpretando temas de aquellos, y recién cuando sintió que podía pisar con toda la pata, comenzó a misturar los versos de su cosecha.
En el año 92, cuando la Municipalidad de Lomas de Zamora organizó el Certamen “Nicanor Kruzich”, que premiaba al ganador con la edición de un libro, presentó una carpeta y confió a los amigos: “Si llegará a ganar, voy a pedir que editen los versos de Kruzich y no los míos”. Finalmente obtuvo una “Mención”.
Destacamos que en 2005 y 2006 obtuvo el Premio “Santos Vega” como mejor cantor solista. 

HORNO DE BARRO

 LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 50 – 19/11/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

En otros tiempos ha sido como una postal de la argentina, porque no solo en nuestra campaña, sino en todos los rincones del país, era común que al lado de un rancho criollo bien plantado, se encontrase un horno  de barro. Hoy, si bien ese paisaje ha cambiado, el horno de barro o de ladrillo y barro, perdura, y ya no solo en casas de campo, sino que también en residencias puebleras, pues las nuevas técnicas han facilitado su construcción y hasta se los vende hechos. Pero volvamos al ayer.
Para aquellos que no lo hayan visto (cosa que creo difícil), su forma remeda la del nido del hornero, ya que como en éste el material primordial es el barro, es redondeado y abovedado, y como si fuese la entrada del nido, está la boca por la que se ingresa lo que haya que cocer. En la parte opuesta a la boca y en el sector más alto, se le confecciona una abertura pequeña que se denomina “tronera” y que oficia de chimenea o tiraje.
Normalmente se confeccionaba una estructura fuerte de más o menos un metro de altura, sostenida en cuatro esquineros formando una base cuadrada sobre la que se construía el horno. Con referencia a esta base, en su “Diccionario de Argentinismos”, Diego Abad de Santillán nos apunta una particularidad que ya compartimos: “En algunas regiones, al construir el horno, trazan en el centro de su mesa una cruz con sal, que luego cubren con barro o con otra camada de ladrillo, y que, según la creencia popular, hace que no se quemen los alimentos puestos a cocer”.
Para calentar el horno se ingresa leña fina por su boca y algunas astillas de buena madera, como el tala, ubicándolas en el centro de la base, donde se encienden; al consumirse el fuego, las paredes interiores deben verse como de un blanco iridiscente, y su temperatura se verifica introduciendo algunas hebras de pasto bien seco o un trozo de papel, que al instante deben encenderse.
Bien caliente el horno, se cuece en él el pan casero, empanadas, pasteles, tortas, un lechón, etc. etc.
Al momento de cocinar los alimentos, se tapa la boca del horno lo mismo que la tronera evitándose así la perdida de calor.
No se borran de los recuerdos del ayer, las ricas empanadas de dulce de membrillo que preparaba mi abuela “Chicha” Cepeda, y que cocía el horno que había templado con eficiencia mi tío Raúl Mercante.

Poetizando algo de lo que hemos dicho, vayan ahora los versos que escribiera Marcelo Altuna (Se pueden leer en el blog Antología del Verso Campero)

lunes, 13 de noviembre de 2017

ESTRIBO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 49 – 12/11/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Cuando el conquistador llegó a nuestra América trayendo el caballo, junto con las sillas de montar nos trajo el estribo en sus distintas variantes, que luego entre nosotros fue tomando sus características propias y regionales.
Como muchas de las cosas que han sido y son de uso universal,  el estribo aparece -antes de la época cristiana-, por India (se estribaba solo el dedo gordo del pie), y se perfecciona en China. Este dato a nivel informativo.
Cuando el español llega a estas tierras, en el reino de España estaba en pleno apogeo la forma de montar llamada “escuela de la jineta”, caracterizada por una silla liviana, la estribada corta, el manejo con solo dos riendas tomadas en la mano izquierda, y el empleo de las piernas y los pie para colaborar en las órdenes dadas al caballo. El estribo era, en el apoyo del pie, de un importante ancho, y fabricados generalmente en bronce, aunque podía haberlos de lujo confeccionados en plata.
Ya en la centuria del 1700, cuando nuestro gaucho amoldó lo que trajo el español adaptándolo a sus necesidades, modificó la estribada, haciéndola larga, pero manteniendo las otras características.
En un principio nuestro hombre fue reticente al uso del estribo estando ya montado. Por eso recurrimos a Justo P. Sáenz (h) para que sea él quien lo cuente: “…el gaucho nunca estribó corto. Siendo una de las características de nuestra equitación, especialmente en las pampas, la soltura y escaso afianzamiento en el recado por parte del jinete, ocasionado por el peligro constante de las rodadas, nuestros campesinos procuraron no depender del estribo para nada. Este desdén por tal auxilio es particularmente notable en el paisano porteño y de éstos especialmente en los del sur de la provincia de Buenos Aires, que llegan a prescindir de él por completo o a usar cuando mucho el de montar.”
En sus orígenes, la falta de provisión de estribos de metal, hizo que el ingenio criollo crease el “estribo de botón pampa” y el “estribo de pichico”, los que se usaban calzándolos entre los dos dedos mayores del pie.
En los lomillos más antiguos se usó el llamado estribo de “piquería”, pieza de confeccionada en “fierro” para la punta del pie. También se usó el de “campana” o “brasero”, del que -a modo de disparate- se llegó a decir que era un hornillo al que se echaban algunas brasas para atemperar el frío en el pie. (¡quisiera ver al montado si el estribo caliente le rozaba la panza!!). Posteriormente apareció el estribo de “suncho o porteño”, el de “chalay”, el de “aspa”, “el surero” de suela claveteada  con clavos de bronce, y muchos más.

Ilustramos con unas décimas del poeta de Dolores, Roberto G. Morete: "Estribos de Aspa"
(Los versos se pueden leer en el blog "Antología de Versos Camperos")

domingo, 29 de octubre de 2017

MATE

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 48 – 29/10/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Aunque todos sabemos lo que es el mate y disfrutamos de él, no está demás que le dediquemos algunas palabras tratando de recordar su historia, y conocer por allí, alguna particularidad.
El uso y la costumbre ha hecho de que denominemos “mate” al recipiente en que lo tomamos y al acto de tomarlo, aunque realmente tal es la infusión, compuesta por la “yerba mate” secada y molida, la que tiene por nombre científico el de “ilex paraguayensis”.
En el primer intento de un Diccionario de Argentinismos conformado allá por 1877, se ve algo de lo que intentábamos explicar, ya que al abordar la palabra mate define: “bebida hecha de la infusión de las hojas de la Yerba Mate, con azúcar, y que se toma en una pequeña calabaza, por medio de un tubo llamado bombilla”, y como 2° acepción agrega: “La vasija o calabaza en que se dispone esta agradable bebida”. Acá se ve, como ya dijimos, que mate es el todo: la yerba, el recipiente y el acto de ingerirlo.
Siguiendo la línea de los diccionarios, en el que escribiera Daniel Granada allá por 1890, nos enteramos que “La voz mate es originaria del Perú. Su primitivo sentido fue el de la calabaza (…) usada como receptáculo, ya de líquidos, ya de otros objetos”, pero, aclaramos, esas calabazas no eran como las que estamos habituados a ver, pues por el contrario eran de gran tamaño, y el mismo Granada explica que crecían donde estaba la comunidad de los indios “paiconos”, a unas “veinte leguas de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra”, y que eran unos “calabazos o mates muy hermosos a la vista, y hacen algunos de ellos á botija y media y á dos botijas de agua; sirven para tener ropa en ellos.”. Aclaramos lo de botijo diciendo que es un nombre vernáculo dado a un variado grupo de vasijas de barro, por lo general de tamaño mediano, cuerpo esférico y de cuello estrecho y breve”. Por último, siguiendo al mismo escritor, repetimos con él: “Conservó en boca de los españoles, el propio nombre de mate, cuando sirvió de vasija para tomar mediante una bombilla la infusión de la yerba…”.
Al inicio del libro “El Mate – Bebida Nacional de los Argentinos” de Scutellá, uno de los prologuistas dice: “La vida del hombre de campo se ve reconfortada por el mate, compañero silencioso de todos sus buenos y malos momentos; durante el trabajo y el descanso, y también en sus vigilias”. Cabal definición. Y aunque el mate es el mate en el trabajo, el descanso y las vigilias, cuenta Scutellá que un viejo gaucho, en un anochecer  provinciano, le sentenció: “Siempre es el mismo mate, siempre… pero según los momentos tiene un sabor distinto”.
Tomamos unas interpretaciones del poético Artemio Arán: “Para mí, fue baluarte, poncho, daga, y hasta coraza contra la pobreza.  //  ¡Si te habré succionado en mis desesperanzas, hermanito mate!”

Ilustramos con unos versos de Evaristo Barrios: "El Mate"
(Las décimas de Barrios se pueden leer en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista")

domingo, 22 de octubre de 2017

PLATERO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 47 – 22/10/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.

Cuando decimos platero, nos referimos al artesano que labra la plata, el que elabora con ese noble metal, variados objetos que pueden ser ornamentales, religiosos o de uso familiar, por ejemplo: relicarios, cruces, vasos, cálices, candelabros, bandejas, fuentes, mates, bombillas, etc. etc.
El de platero es un oficio que acompaña al hombre desde el fondo de los tiempos.
José Torre Revello, un especialista en este tema, nos cuenta que cuando Hernán Cortés, en la segunda década del 1500 conquista México, le informa a su Rey que se encontró con que “hay joyería de oro y plata y piedras, y otras joyas de plumaje, tan bien concertado, como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo”. O sea, que ese pueblo conquistado estaba muy adelantado en asuntos de platería y orfebrería.
Ahora bien, en nuestra campaña, cuando decimos platero nos estamos refiriendo a aquel artesano que confecciona, rastras, cuchillos, facones, cabos de arreadores y rebenques, estribos, juegos chapeados para la cabeza del pingo, cabezadas de lomillos y cabezas de bastos, etc., o sea, todas aquellas pilchas que tienen que ver con los lujos criollos.
Pero antes de llegar a este tipo de plateros, debemos remarcar, que en sus orígenes entre nosotros, los primitivos artesanos se abocaban fundamentalmente a trabajos de carácter religioso, y a piezas de uso diario en la vida de la sociedad más acomodada.
En cuanto a la platería criolla, aunque es odioso establecer fechas, podemos decir que es en el Siglo 19 -la centuria que comienza en el 1800, y marca el tiempo de apogeo del gaucho-, cuando comienza a aparecer y a definirse, marcando las características con que ha llegado hasta nosotros.
El ya citado Torre Rovello, refiriéndose a unos años antes del inicio de esta etapa, dice: “Consumados maestros engalanaban primorosamente los lujosos arreos y monturas que lucían ricos parroquianos, quienes, en las fiestas patronales, gustaban deslumbrar a sus convecinos con ‘pingos’ que ostentaban juguetonas cabezadas con labrados frontales, pretales, riendas y estriberas, en las que el cuero desparecía bajo el agobio y brillo de los metales, taleros, puños de facones y boleadoras, sin que dejemos en olvido las estrelladas nazarenas, ni otros pequeños artefactos que con presunción y orgullo lucían sus poseedores”.
Los primeros nombres de plateros que registra la primitiva Buenos Aires, son los de Melchor Migues (a quien se le manda confeccionar en plata el escudo de la ciudad), y Miguel Pérez, éste catalogado como ‘platero de oro’. Esto allá por el despuntar del 1600.
En el Siglo 19 quedaron catalogados como plateros de mucho mérito vinculados a la platería criolla, nombres como los de Cándido Silva, J. Pérego y Manuel Alais cuyas piezas hoy son buscadas y coleccionadas.

       Cerramos ahora con una poesía del puntano León Benarós, justamente titulada “El Platero”
(El poema se puede leer en el blog "Poesía gauchesca y nativista")

miércoles, 18 de octubre de 2017

ROMILDO RISSO (Charla 4)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 17 – 18/10/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
El miércoles pasado, tras la evocación, al hablar con Líneas, surgió el tema de cuántos libros había publicado el poeta, y posteriormente, al revisar el tema contamos 12 libros, 8 en vida, y 4 póstumos, y fue ahí cuando notamos que habíamos omitido mencionar al último de ellos, titulado “Raimundo” y publicado en Montevideo en 1964, por la Asociación Cultural Tradicionalista del Río de la Plata.
Salvado el error, digamos que lo que más conoce el público en general, son aquellas poesías que fueron grabadas llegando de esa manera a más gente. Por ejemplo: “¡Que no te pase lo mesmo!” (grabada como ‘Canción de los horneros’), “Senda del rancho a la cruz” o “Los ejes de mi carreta”, siendo éste quizás, el tema que más lo ha trascendido, incluso internacionalmente, pero… que si lo miramos detenidamente… no es de los mejores poemas de Risso, al punto que el personaje que no engrasa los ejes puede ser considerado un “dejado” que no piensa en sus animales. Entre nosotros, Evaristo Barrios, un poeta que hizo el camino inverso al de Risso, ya que se radicó y triunfó en Uruguay, le dedicó un tema crítico: “Los ejes de tu carreta”, que comienza diciendo, “Es más que gaucho haragán / el que no engrasa los ejes,”, y remata en la tercera y última décima, “¡Hacete un lao con tu cuento / que pa’ cantar desentona…!”. Por supuesto que mientras el otro es mundialmente conocido, éste es desconocido mayoritariamente.
En la segunda evocación hablamos de la amistad y la influencia que ejerció sobre el joven folclorista que por 1929 era Yupanqui; pero esa amistad no fue para toda la vida, ya que muy pocos años después Risso se sintió ofendido y defraudado. Ocurrió que 29/05/1937 Yupanqui ofreció una conferencia en la Institución Tradicionalista Argentina “El Ceibo” bajo el título de “El camino, elemento inspirador de la canción nativa”. Un año más tarde -más precisamente 6/1938-, indudablemente con algún problema conyugal de por medio, la entonces esposa de Yupanqui le muestra al poeta el texto de la conferencia que la agente de “El Ceibo” había hecho imprimir, en el que Risso descubre no solo copiado su pensamiento, sino también textos del libro “Hombres” como así también de otros papeles inéditos, que el maestro en afán formador, había facilitado al discípulo. Risso solicita a las autoridades de “El Ceibo” dos ejemplares del folleto impreso y los mismos le son entregados en mano, nada menos que por Don Gualberto Márquez (Charrúa). Parecería ser que nunca hubo una retractación, como sí hubo muchos “olvidos de autor” cuando las interpretaciones de “Los ejes de mi carreta”.
El texto con la historia completa de este entuerto, fue publicado por la Revista “La Carrreta” en su ejemplar N° 73 de 08/1938, con la firma de Romildo Risso.
Un mes antes de esta fecha, había asumido la presidencia de Uruguay el Gral. Baldomir, quien lo invitó a Risso a formar parte de su gobierno, motivo por el cual volvió a su tierra ocupando altos cargos hasta que lo sorprende la muerte el 29/03/1946, a los 63 años de edad.
Ese día, en una céntrica confitería de Montevideo se presentaba José Adolfo Gaillardou, “El Indio Apachaca”, con su repertorio de recitador, y al anunciar un tema de Risso, un asistente se puso de pie y le advierte: “Hoy ha muerto el poeta”, noticia que lo dejó de una pieza, para paso seguido improvisar una evocación laudatoria sobre el poeta.

Esto me lo contó el propio “Apachaca”.
(Se ilustró con "Ponchito'e Verano", poema que se puede leer en el blog "Antología de Versos Camperos")