jueves, 20 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 5)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 5 – 19/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
Con las palabras de hoy le estamos poniendo punto final a ésta evocación sobre Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, poeta -como ya dije al inicio- que marcó mi destino con los versos.
Allá por 10/1999 tuve la suerte de ser recibido por Don Omar Menvielle (h) -“Moro” para la familia y los amigos-, y en las casi dos horas que estuvimos trenzando palabras cayó “Charrúa” al rodeo de la conversación.
Me contó que había sido amigo de su padre, y que visitaba frecuentemente su casa, al punto que cuando él era chico, pasaba algunas tardes a buscarlo y lo llevaba a una confitería céntrica  tomar el té.
Me informó también que su vida había estado ligada al campo, como administrador de establecimientos rurales, y en la atención de su propio campo sito por Gral. Las Heras.
En el ámbito ciudadano y cultural, participaba de las reuniones en el Centro Tradicionalista “El Ceibo”, que funcionaba en el subsuelo de la Confitería América, ubicada en Avda. Santa Fe y Pueyrredón, en la Capital Federal. Allí llegó a ser presidente de dicha agrupación cultural.
En provincia, estuvo muy vinculado desde la década del ‘30, al Círculo Tradicionalista “Leales y Pampeanos”, formado en 1932 cuando la unión de “Los Leales” y “Los Pampeanos”, ambas agrupaciones de principios del Siglo 20. Allí, Virginia Vera, era cantora mimada, y supo incorporar a su repertorio “Lo que quisiera tener” -que grabó en 1937- y también “Amanecer”. Con ella supo cultivar una franca amistad. En unas décimas que le escribiera al Círculo, le dedica a ella: “Del Círculo a la ‘patrona’, / le apreto fuerte la mano, / mientras le ofrezco del llano / alguna flor cimarrona;”.
Gracias a Julio Vera, hijo de Virginia, que un día facilitó una foto tomada en su casa en el año que cumplía con el servicio militar, en la que junto a su madre aparecían otros famosos como Ochoa y Fleury, ¡pudimos conocerle la cara a “Charrúa”!
Ya dijimos en la primera charla que el poeta falleció a los 86 años de edad en el Hospital Alemán, en las primeras horas del día 31/10/1962. Dos meses antes, en agosto, había aparecido su último libro, “Rastrilladas”, en él se dedica un verso al que titula “Dentrau en años”, y por allí dice: “Cargar años es haber / rejuntau mucha esperencia, / cosa que la mesma cencia / no duebla con su poder,…”.
Este “nativo uruguayo” por nacimiento, pero que era argentino hasta “el tutano” como el que más se precie, tuvo como héroes admirados a San Martín y Belgrano, y todas las proezas de las luchas por la independencia.
Y a los amantes del verso gauchos nos ha legado una cantidad de poesías, que a 55 años de su partida se encuentran más vivos que nunca, sazonados de saberes brindados por la experiencia de haber vivido las cosas que volcó en versos y adornó de armoniosas rimas.
 Don Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, esta ha sido nuestra evocación.
(Quienes quieran leer "Lo Que Soy", deben entrar al blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 16 de julio de 2017

TRANQUERA

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 35 – 16/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
La palabra “tranquera”, es para el Diccionario Español, un "americanismo" que designa a una puerta rústica hecha generalmente con trancas; y de esta palabra, “trancas”, devino en la antigüedad la voz “taranquera” que en realidad designaba a una valla o pared de defensa, y de esta palabra, simplificando su pronunciación, apareció la voz “tranquera”, que entre nosotros designa a la puerta de un corral o un alambrado.
A pesar de que en la campaña pampeana al alambrado se lo conoce recién después de 1845, Don Juan Manuel de Rosas, en su reconocido “Instrucciones a los mayordomos de estancias”, que según parece corresponde a 1825 -20 años antes del suceso señalado-, en la sección “El Campo, Las Poblaciones y El Personal”, recomienda que “Las puertas de las tranqueras  deben cerrarse de noche donde puedan entrarse animales”.
A medida que el campo, ganado -dicho así, entre comillas- por la “civilización”, comenzó a alambrarse a partir de 1855, empezó a difundirse el uso de las “tranqueras”, pero entonces, con su respectivo candado y “a llave muerta”, como se denominaba a aquellas que permanecían cerradas y cuya llave solo portaban el mayordomo y/o el capataz. Esto originó la indisposición de los gauchos acostumbrados a rumbear a campo a su gusto, quienes en muchas ocasiones procedieron a cortar los alambrados para seguir el camino que llevaban. Evoca Martín Castro esta situación en su verso “Hachando Alambrados”.
El “Tata” Hernández, en su meticuloso y didáctico “Instrucciones del Estanciero”, nos da algunas particulares e interesantes referencias, en aquellos años que los alambrados comenzaban a tenderse aceleradamente. Nos dice: “Las puertas tranqueras para caminos vecinales son en general de cadenas y varía su anchura de 6 hasta 15 varas (o sea 5 hasta 13 mts.), y de 60 varas (o sea 52 mts.) las de los caminos reales ”, y explica que “El número de cadenas que se coloca es de 4 o 5”. Queda claro que al hablar de cadenas, Hernández no se refiere a las “tranqueras” de madera y grampas de fierro que han llegado hasta nosotros. Lástima que no nos da otra explicación.
Una cosa sí queda bien definida, y es que en esas aberturas de 13 mts., posteriormente fue común cubrirlas con dos tranqueras que se unían al centro, abriendo una a derecha y la otra a izquierda, y eran muy útiles para salir con tropas de hacienda, y más tarde lo serían para el paso de las maquinarias agrícolas.
A la “tranquera” que está próxima a la casa principal o que da acceso a la misma, la llamamos habitualmente “portón”, palabra que es aumentativo de “puerta”, y que para el caso funciona como sinónimo de “tranquera”.
Curiosamente cuando hablamos del corral nunca se nombra la “tranquera”, porque si hay yerra y se va a volcar el lazo, la costumbre señala que ha de ser “puerta ajuera del corral”.
 Artemio Arán, ese escritor al que siempre recurrimos por una impresión distinta, poéticamente sentenció: “Si está cerrada parece, que la calumnia ha llegado o que la huella uno ha errado y que nada la enternece. / En cambio si está entreabierta, es espera de un ausente, anuncia que está presente, y un mate lo aguaita alerta”.
Las “tranqueras” de mayor tamaño necesitan, para no vencerse, de  una rienda sujeta en la parte superior del lado que lleva el cierre, sujeta al poste alto al que está engrampada la misma.
Hay también “tranqueras” confeccionadas de alambre y varillas, conocidas como “tranquera de cimbra”, “chacareras” o simplemente "tranqueras de alambre".

Con una composición de Berho dedicada a una de éstas, ilustraremos sobre este tema.
(En el blog "Antología del Verso Campero", se encuentran las décimas de "Tranquera de Alambre" de don Luis D. Berho)

miércoles, 12 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 4)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 4 – 12/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

Si bien a Menvielle se lo apodó “el poeta del caballo”, “Charrúa” escribió muchísimo sobre el noble animal, compañero imprescindible e inseparable en la vida del hombre de campo, a raíz de eso, escribí un trabajo que titulé “El caballo en los versos de Charrúa”, que está incluido en mi libro “Cinco Poetas Gauchos” que apareció en 2014.
Allí pude agruparlos por pelajes, cualidades, condiciones, trabajos, cuadreras y tropillas. De una manera u otra siempre estuvo el caballo presente en la poesía de “Charrúa”; por eso será que en los versos con que ilustramos las charlas de los dos miércoles anteriores, el caballo ocupó un lugar de privilegio, ellos fueron “Carta Gaucha” (hablaba de un caballo en amanse), y “Mis Pingos”.
Si bien en mi entender el poeta sobresale cuando el verso no solo es campero desde el tema sino también desde el lenguaje, supo “Charrúa” escribir en el estilo, que a veces para hacernos entender denominamos “culto” -porque en ellos se respetan las normas del lenguaje español, aquel que tiene que ver  con lo que se enseña en la escuela), pero sí respeta la precisión de la cuestión criolla que relata o describe; por ejemplo: “Quiero allí un pingo alazán / que galope alto y tendido / que trote bien recogido / y que sea un huracán. / Que tenga, por si le están / ponderando su lindeza, / suelto juego de cabeza / para que luzcan las prendas, / y que haga jugar las riendas / con elegancia y limpieza”. Habrá notado el oyente, que ni siquiera un “pa´” utilizó el poeta, y sin embargo el verso es gauchito.
De sus cuatro libros, el primero -“Pampa y Cielo”-, al igual que el último -“Rastrilladas”-, son prácticamente inhallables. El que suele aparecer, quizás porque originalmente se hizo una gran tirada, es “Sentir lo Argentino”, el más voluminoso de todos.

En él hay una poesía que puede considerarse emblemática, pues su mensaje ejemplificador lo ha hecho propicio para dar un integral consejo criollo, y por eso fue tomado por muchos recitadores, para decirlo en ese momento en que se quieren gritar cuatro verdades. Su nombre? “Aprendan Muchachos”. Por supuesto vamos a dar la versión original tal cual apareció en el libro.
(El verso aludido se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")

domingo, 9 de julio de 2017

PONCHO

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 34 – 09/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Fundamentalmente para las culturas indígenas de esta parte de América, el “poncho”  (prenda de forma rectangular -aunque puede haber excepciones- y de medidas variables), es realizado por mujeres y para el uso exclusivo de los hombres. Es prenda masculina por excelencia,  con una abertura en el centro, la boca. Aquellos que no la tienen se denominan “manta”.
Graciela Suárez, investigadora y experta en textiles, dio esta explicación: “Entre las diferentes prendas hechas en un telar, el poncho resulta especial, ya que, al ser vestido, establece una frontera entre lo externo y lo interno: resguarda a quien lo lleva, manteniéndolo en íntimo contacto consigo mismo, y solo proyecta hacia afuera su representación”. Vale decir que Graciela Suárez, entre 1995 y 2000 realizó el estudio, la clasificación y el fichado de los tejidos del Dpto. Científico de Arqueología del Museo de La Plata.
Esta pilcha, tan criolla para todos nosotros, quizás viene siguiendo el devenir del hombre desde que el mismo necesitó vestirse. O sea que nos remitimos a los orígenes de la humanidad.
Pero entre nosotros, en lo que podemos definir como ambiente o cultura gaucha, el “poncho”, ha resultado una pilcha siempre presente en los atavíos criollos.
Como muchas otras veces, para conocer nuestro ayer, debemos hurgar en lo que escribieron los viajeros que visitaron el país en la centuria del 1800 a 1900; allí encontramos a Arsene Isabelle (famoso naturalista), quien testimonió: “El poncho es una prenda de vestir indispensable para viajar por estas llanuras, pues él proteje de las lluvias, del polvo, del calor y del frío”.
En aquellos años, los hombres de nuestra campaña, entonces llamados ‘gauchos porteños’, con mayor asiduidad gastaban ponchos “arribeños”, denominación que se daba a los “ponchos” tejidos en las provincias andinas de Catamarca y La Rioja, la más de las veces, listados, o bayos lisos o con un listón de un color más oscuro a cada costado; de los telares de santiagueños provenían unos “ponchos” más vastos, predominando los colores grises y azulinos, lisos y a veces también listados.
Mucho antes de la llegada del conquistador, para ser más preciso 3000 años atrás -con lo cual se demuestra que no es pilcha introducida por la nueva cultura dominante-, ya se conocía el “poncho” en el Imperio Incaico, lo único que en quechua la denominación era “unku”, y tenía además finalidad de manta fúnebre.
No está claro el origen de la palabra “poncho”, hay quienes sostienen que proviene del quechua “ponchu”, y otros dicen que del araucano “pontho o poncho”, pero en esa lengua el vocablo correcto es “macum”; aunque tampoco faltan quienes dicen que al igual que la voz “rancho”, “poncho” proviene del lenguaje de la marinería española; dejamos la duda…
 Después de 1820 y merced a la explosión industrial en Gran Bretaña, comenzaron a llegar a las pulperías de nuestra campaña “los ponchos de paño o ingleses”, a muy bajo precio, lo que jugó de manera perjudicial a los ponchos artesanales de nuestros telares criollos. Duele a veces cuando hoy, los coleccionistas pagan ‘fortunas’ por sumar un poncho inglés.
Hay un “poncho” que a diario todos usamos, puebleros y paisanos, y ese es el “poncho de los pobres”: ¡el sol!
(en el blog "Poesía Gauchesca y Nativista" se pueden leer las décimas de "Poncho" de José Juan Bianchi)

miércoles, 5 de julio de 2017

CHARRÚA (Charla 3)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 3 – 05/07/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.

A lo largo de su vida, Gualberto Gregorio Márquez, “Charrúa”, publicó cuatro libros: “Campo y Cielo” en 1938, “Sentir lo Argentino” en 1943, “Con Todo el Lazo” en 1948 y “Rastrilladas” en 1962. A excepción de “Sentir lo Argentino”, todos los demás estuvieron ilustrados por el pintor criollo Jorge Daniel Campos (primo hermano de Florencio), y, salvo el primero que contó con unas palabras introductorias del propio autor,  los tres libros restantes tuvieron prólogo, y el mismo siempre fue redactado por Amancio González Paz, quien solamente una vez lo llama por su nombre y apellido en “Sentir lo Argentino”, por lo que mayoritariamente siempre se habló de “Charrúa”, así a secas.
Es bueno enterarnos de cómo llegó a su primer libro, y para saberlo recurrimos a sus propias palabras y así nos dice que: “Jamás pensé en compilación alguna, pero debí ceder a las insistentes exigencias de mis buenos amigos Alejandro Lanús Montes de Oca y Pastor N. Lindquist (…) Éste último se entregó a la tarea de recopilar (…) y así mis versos tomaron forma escrita…”.
También habla de quien fuera la madrina de “Campo Cielo”, la poetisa Laura Piccinini de de la Cárcova, de quien dice recordar que le dijo: “Acérquese, Charrúa, a este fogón amigo desde ya, que la leña está bien seca y no ha de hacerle llorar la vista. A su calor pueden dorarse sus estrofas, que para mí son bellas y no deben quedar ignoradas”.
Y finalmente, concretando esa intención, “…un grupo de entusiastas amigos que me escuchaban siempre me transmitieron su propósito de obsequiarme con la edición de este libro, para que mis versos cumplieran su destino…”.
Ese primer trabajo -que apareció con el sello de “Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez”-, contenía tres de los versos que lo trascenderían porque fueron musicalizados y los cantores los llevaron por distintos caminos, me refiero a: “El Desafío”, “Temblando” y “Tata no quiere”.
Curiosamente, de ese libro -que se integraba con cuarenta y cinco composiciones poéticas-, veinticinco se repitieron en el segundo, que totalizó setenta y un temas.
Como siempre estas charlas la cerramos con un verso, tentado estoy ahora de ofrecerles los ocho cuartetos de “Temblando”, bello y delicado poema que nos habla del amor, de la pureza del mismo en un marco de total naturaleza.
Le rogamos a los oyentes que se olviden del vals, para escucharlo ahora como fue en un principio: un poema, y notarán también algunas diferencias con las versiones grabadas.

Dice entonces:
(el poema se puede leer en el blog "Antología del verso campero")

domingo, 2 de julio de 2017

BOLEADORAS

LR 11 – Radio Universidad – “CANTO EN AZUL Y BLANCO”
Micro Nº 33 – 02/07/2017
Con su licencia, paisano! Acomodado en la cocina grande, junto a la ventana para tener mejor luz, mientras gustamos un mate, vamos a ver si compartimos “Decires de la campaña”.
Para el aborigen de esta parte de América, la boleadora era un instrumento de caza y un arma de pelea. Así fue que Luis Ramírez, integrante de la expedición de Sebastián Gaboto, en una carta fechada en 1528 -hace 489 años-, testimonió: “Estos querandis son tan ligeros que alcanzan un venado por pies, pelean con arcos y flechas y con una pelotas de piedra redondas… y tan grandes como el puño, con unas cuerda atada que las guía, las cuales tiran tan certero que no hierran a cosa que tiran…”. Describe el elemento pero no lo nombra, porque era algo desconocido para el conquistador.
El gaucho hará de ellas una pilcha inseparable en su permanente vida de campo, útil -como se dijo al principio-, en el trabajo y la pelea, más bien imprescindible en las travesías por la inconmensurable llanura, donde (se ha dicho muchas veces), quedar de a pie, era estar en la antesala de la muerte. Así es que Don Justo P. Sáenz (h) ha testificado: “Las boleadoras de potro, llevábanlas nuestro antiguo hombre de campo ceñidas a la cintura con dos o tres tipos de nudos que permitían desatarlas al más leve tirón. Es así que he conocido criollos que en contados segundos las tenían en el aire, revoleando, casi con la rapidez con que se arranca un revolver de la pistolera. (…) y conjurábase con su oportuno empleo, el grave riesgo que suponía quedar a pie en una rodada”.
Existen dos tipos de boleadoras: “las potreras”, con bolas grandes de piedra o madera dura, retobadas en cuero, unidas por tres ramales confeccionados en cuero crudo torcido de una extensión no menor al metro ochenta.
El otro tipo se denomina “avestruceras o ñanduceras”, y acá la diferencia fundamental es que las bolas son de un tamaño bastante menor, también de piedra e incluso confeccionadas en plomo, pudiendo ser de dos o tres ramales. El mismo Sáenz ha afirmado que desde un caballo a la carrera “…circunstancia que les confiere un mayor alcance, que suele aproximarse, cuando son lanzadas por un brazo poderoso, a los cincuenta metros”.
En las “potreras” de 3 ramales, uno de estos lleva una bola un poco más chica y ese ramal es apenas más largo, más o menos el tamaño de una bola; a ese ramal se lo denomina “manija” y es la bola que se agarra para revolear; justamente, en 1845, Francisco Javier Muñiz describió: “Las usan tomando la más pequeña, que llaman manija; y haciendo girar sobre la cabeza las otras dos voladoras las despiden a las patas del caballo…” o animal que quieren apresar.
Antecesora fue la “bola loca o bola perdida”, arma arrojadiza formada por una piedra sujeta a una lonja de cuero de más o menos un metro, que el indígena tiraba con mucho acierto.
El siempre poético Artemio Arán la definió: “Serpiente de tres cabezas que se enrosca a las patas del bagual o el (cogote del) ñandú en gambeta”. En la actualidad, en nuestra campaña, se llevan más que nada conformando grupa en la cabeza de los bastos, armando el recado. 
(En el blog "Poesía Gauchesca y Nativista", se pueden leer los versos de "Las Boliadoras" de Martín Castro)

miércoles, 28 de junio de 2017

CHARRÚA (Charla 2)

AM 1520 Radio Chascomús – Audición “CAMPO AFUERA”
Micro Nº 2 – 28/06/2017

Antes de salir “campo afuera” pa’ poder tender la vista mirando lejos, dende’l banco chueco en el que estoy sentao, vamos a ver si le arrimamos unas “astillas” al “Fogón de los Poetas”.
En charlas entre amigos y muchas veces también cuando he hablado en público sobre poetas gauchos y literatura costumbrista, suelo hacer mención de que “Charrúa” ha sido ‘mi maestro’ en los versos. Y si bien no tuve la suerte de conocerlo ni recibir indicaciones de su experiencia, insisto, ha sido ‘mi maestro’. (Lo cual no significa que yo haya sido buen alumno).
¿Por qué mi maestro? Pues viene el cuento: en la ya lejana infancia, cuando tenía 3, 4 años, mi padre tenía la costumbre de decirme los versos que sabía de memoria, porque era muy aficionado a recitarlos en reuniones familiares o entre amigos. Por suerte tuvo el buen tino de nutrirse de claros autores como el aludido “Charrúa”, Evaristo Barrios, Martín Castro o Francisco Bianco. A poco de iniciada esa costumbre resultó que “el nene”, como un lorito repetía varias de aquellas composiciones, con la curiosidad que prevalecía la memorización de los versos de “Charrúa”, por qué?, porque supongo que con mucho de lo que él decía, estaba en contacto prácticamente a diario, porque su vocabulario me sonaba a conocido ya que a muchas palabras las escuchaba en boca de mis abuelos, de los tíos viejos, de los vecinos. Esta identificación me llevó distinguir esos versos como cosa auténtica, y en contraposición no entendía el “Martín Fierro”, al punto que al gran poema recién lo leí completo y lo interpreté, después que conocí determinados asuntos de la historia.
Ya que estamos  con el “Martín Fierro”, vale decir que después de su aparición, del éxito que representó, nada de lo que se seguía componiendo estaba a su altura, y por consiguiente se produjo un vacío que dura unos 30 años, en los que los poetas desarrollaron dramas tremebundo, el gaucho siempre era un matrero, con pulperías de escenario y peleas de por medio, situaciones muchas veces lúgubres… y esto dura -según mi ver- hasta que en el escenario de los versos aparecen, ¡justamente!, los versos de “Charrúa”.
Ya a inicios de la centuria de 1900 la situación y la vida de campo han cambiado dástricamente: el llamado ‘problema del indio’ está apaciguado sino, solucionado; los campos se han alambrado por lo menos en su contorno, la hacienda chúcara y cimarrona va siendo mejorada, ya no se puede recorrer distancias cortando campo (si no, se comete un delito), el hombre de campo, el personal de las estancias se ha mensualizado, y comienza a ganar terreno la vida de la chacra, se expande la agricultura, que no era justamente el escenario del gaucho.
Y allí corta grande “Charrúa”, comienza a cantarle al caballo, al domador, a la casa de la estancia, al galpón, al jagüel, a la tropilla, a sus caballos de andar, a la yerra, a la tropa, al cencerro, a la carreta que va cediendo terreno en su existir, al trabajo de recorrer, a la circunstancia de bolear un ñandú, al rancho, casualmente… a todos los temas que le siguieron cantando los poetas del Siglo 20, lo que a mi entender da nacimiento a la poesía campera, que no es lo mismo que lo que comúnmente llamamos -aunque mal- poesía gauchesca.

Un verso que mucho me llegó en la niñez, fue “Mis Pingos”.
("Mis Pingos" se puede leer en el blog "Antología del Verso Campero")